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jueves, 20 de octubre de 2016

SUBSTITUTE (GOING TO SCHOOL WITH A THOUSAND KIDS) (NICHOLSON BAKER)



Sabrán ustedes que andamos preocupados e indignados en el gremio a cuenta de una ley de educación que se va a llevar por delante muchas y muy valiosas cosas y que nos pone muy, muy difícil aquello que, en principio, debería ser nuestra principal ocupación: enseñar. Y nos lo pone difícil porque han reconvertido el tradicional temario en una lista casi infinita de estándares de aprendizaje e indicadores que precisan -o no, algunos parecen diseñados por el más oblicuo oráculo de Delfos- los aprendizajes cuya adquisición deben acreditar nuestros sufridos alumnos en exámenes estandarizados y externos. Los resultados permitirán, al parecer, establecer ránkings y perfiles de centros, que, es posible, condicionarán la financiación de los mismos. Así las cosas, comprenderán ustedes que es muy poco el margen que se nos deja para detenernos en aquello que causa más dificultades o, incluso, que despierta más interés, pues siempre toca pasar al siguiente estándar. Además, es muchísimo el daño que se hará en centros como el mío, en el que más de la mitad del alumnado procede de familias con problemas económicos -que, obviamente, no siempre pueden dedicarles toda la atención a sus hijos- o en un bachillerato nocturno, cursado casi siempre por estudiantes desenganchados tiempo atrás y que, en consecuencia, traen en la mochila, entre otras cosas, carencias académicas significativas.
A ello se une, además, el espíritu competencial que todo lo ha terminado impregnando durante la última década, que ha convertido los contenidos en palabra tabú y que todo lo fía al cómo. Los gurús de la educación insisten en convencernos de que no importa tanto el qué como dotar de recursos y procedimientos, como si estos últimos fueran un constructo independiente que se pudiera adquirir sin contenidos. Para que me entiendan, ¿es posible redactar sin léxico? No. Sin embargo, desde la administración y ciertos sectores de la pedagogía se demonizan los contenidos y la memorización y se pretende convertir las clases en sesiones vacuas donde todo gire en torno a las nuevas tecnologías y los profesores ya no enseñemos sino orientemos. Y todos esos gurús ocultan por interés o ignorancia que el modelo competencial procede de un enfoque utilitarista de la enseñanza que, en mi opinión, resulta de lo más dañino.
Viene todo esto a cuenta de Substitute, el último título de Nicholson Baker, que interesado por el sistema público de educación de EE.UU, se inscribió como profesor sustituto y pasó cierto tiempo en las aulas de escuelas de primaria e institutos de secundaria de un distrito escolar de Maine. Resulta, cuando menos, llamativo, que en el país de las barras y estrellas, al que tanto nos empeñamos en mirar, baste con un título de secundaria y un curso de tres semanas de clases de nocturnas para ejercer como profesor. Dentro del aula, el panorama es desalentador. El sufrido Nicholson Baker, rebautizado para la ocasión como Mr. Baker -imagínenselo escribiendo su nombre en la pizarra, ya saben- se sirve del afecto, buen humor y bonhomía que acredita en títulos como The Anthologist, pero, con todo, la experiencia resulta de lo más desalentadora y las clases demuestran ser un páramo, por más que todos los alumnos tengan a su disposición un ipad, se realicen webquests y actividades varias en apps de lo más innovador y los estándares de referencia presidan las paredes del aula. Por cierto que da gusto leer, por fin, sobre cómo falla internet o cómo los alumnos se distraen y usan sus carísimos dispositivos electrónicos para ver vídeos en Youtube de dudoso contenido académico. Y no porque una servidora abomine de las nuevas tecnologías. De hecho, las empleo con frecuencia en clase, pero es importante entender, creo, que son solo un medio, nunca un fin. La pregunta que una y otra vez se realiza el sufrido Mr. Baker al final del día es “¿he enseñado algo hoy?” y la respuesta, invariablemente, es “no”. ¿Por qué? Pues, en opinión de quien desde aquí escribe, porque se han vaciado las sesiones de contenido y se han convertido en un fill in the blanks perpetuo, aunque ya no sobre papel. Y porque algún estándar maligno obliga al profesor de Lengua a insistirles a sus alumnos preadolescentes en que incluyan palabrería crítica en sus redacciones en lugar de que escriban claro, directo y sencillo. De vez en cuando, eso sí, se produce la conexión profesor-alumno -Nicholson Baker es un tipo optimista al final del día- y además los chavales aparecen como lo que son en general: cariñosos, divertidos e inteligentes.
Así que, aunque resulte descorazonador porque, no lo duden, la tempestad LOMCE que ya tenemos encima va a dejar un panorama muy similar en nuestras aulas al retratado por Baker, ustedes lean. Lean y entiendan que, cuando los profesores nos quejamos de la nueva ley y sus reválidas no es por miedo a la evaluación externa, sino porque es mucho el daño que van a producir.


miércoles, 30 de julio de 2014

TRAVELLING SPRINKLER (NICHOLSON BAKER)



Damas y caballeros, bienvenidos de nuevo al show de Paul Chowder. ¿Recuerdan a aquel poeta entrañable que hace unos años intentaba a un tiempo escribir el prólogo de una antología significativamente intitulada Only Rhyme, superar el bloqueo creativo, recuperar a su exnovia Roz y dejar de golpearse una y otra vez su mano derecha? Está de vuelta, de la mano, cómo no, de Nicholson Baker, de cuyo optimismo y buen hacer hablamos por aquí hace tan solo un par de semanas.
Han pasado los años, Only Rhyme sigue siendo texto de referencia en los primeros cursos de unas cuantas universidades anónimas, Roz se ha emparejado con un ambicioso periodista dedicado a poner en jaque ciertas prácticas abusivas de la medicina tradicional y nuestro querido Paul ha sustituido la poesía por la composición digital. Hay mil maneras, afirma, de decir “hola” pero solo una de imprimirla sobre el papel. Todo lo demás es inferencia y proyección de parte del lector. La música, en cambio, ofrece más posibilidades de emitir la propia voz, de modo que ha llenado hasta los topes su ya célebre granero de teclados, altavoces, micrófonos...
No se lleven a engaño. Paul Chowder sigue siendo el mismo y mientras lucha en vano por componer una canción de amor para Roz y lee aburridos manuales de sintetizadores, habla, habla y habla sin parar, como el charlatán que es, sobre Debussy, Stravinsky, las reuniones cuáqueras, las gallinas de su vecina, el recién descubierto mundo de los puros habanos, los drones, la timidez política de Obama o la belleza de los aspersores de su jardín.
El afán de caracterización, eso sí, se vuelve esta vez manierismo y a mitad de camino, justo cuando Travelling Sprinkler se hace autorreferencial y se convierte en el libro que el propio Paul intenta escribir sobre cómo escribir canciones, Nicholson Baker se tambalea un poco y corre el riesgo de que su protagonista nos resulte cargante. Por suerte, Paul Chowder es tan entrañable y encantador, que consigue salir airoso -y hasta triunfante- del envite.
Desde aquí, por supuesto, solo podemos invitarles a conocer a este maravilloso gárrulo. Lean, lean... pero empiecen por aquí.


miércoles, 9 de julio de 2014

VOX (NICHOLSON BAKER)



“Conocí” a Nicholson Baker hace cuatro años merced a la magnífica El antólogo, que reseñé para los amigos de Qué Leer. Me hice tiempo después en una estupenda librería de Zamora con un ejemplar de Vox, que quedó olvidado entre los títulos pendientes, relegado una y otra vez por parecer tan solo, en principio, una gamberrada lúbrica. Y de repente, en un margen de tres o cuatro días, averiguo que Paul Chowder, el encantador antihéroe de El antólogo, está de vuelta en Traveling Sprinkler y escucho una sorprendente, por inesperada, referencia al tono picante de su obra -la de Nicholson Baker- en Orange is the new black (OITNB).
Así que, mientras me hago con la secuela protagonizada por aquel maravilloso antihéroe e intento superar el síndrome de abstinencia provocado por el final de la segunda temporada de OITNB, leo compulsivamente Vox y descubro que sí, es una novela erótica con pasajes realmente lúbricos, pero también sofisticada, divertida, tierna e inteligente y que la referencia en OITNB no es tan sorprendente, pese a todo. No lo es porque, a tenor de lo visto y leído, tanto Nicholson Baker como Jenji Kohan, creadora de la serie, pertenecen a eso que podríamos llamar el club de los optimistas y filántropos. Olvídense de Zapatero y su, al parecer, incorregible optimismo antropológico y céntrense en un guionista como Aaron Sorkin, capaz de pergeñar para la pequeña pantalla políticos carismáticos, inteligentes, honrados y divertidos como los de The West Wing o periodistas osados y coherentes como los de The Newsroom y empezarán a hacerse una idea de a qué me refiero. Y es que la prisión de Litchfield de OITNB a la que va a parar Piper Chapman puede estar dirigida por corruptos y homófobos, sus cañerías podrán expulsar aguas fecales y las gachas del comedor saber a moco, pero entre sus internas hay, además de muestras variadas de sociopatía, brutalidad e ignorancia, otras tantas de carisma, lealtad, amistad, diversión e inteligencia. Y así, las referencias a la cultura popular -y no tan popular- campan a sus anchas sin resultar pedantes ni llamar demasiado la atención. Además de la ya citada referencia a Nicholson Baker, se menta a Christopher Hitchens para rechazar una propuesta de baptismo, se alude a los cuentos de O’Henry en una conversación de gran relevancia, se critica veladamente la Perdida de Gillian Flynn o se responde a la injusta amonestación de un guardián con una referencia a Minority Report.
Pues bien, el mismo optimismo trasluce Vox de Baker. Pocos contextos puedo imaginar más apropiados para la sordidez que una lína erótica y, sin embargo, pese a la crudeza de ciertas fantasías y encuentros sexuales descritos por Jim y Abby, pese al porno duro, las revistas de desnudos y las odas a la masturbación, hay también lugar en Vox para la sutilidad, la elegancia y hasta ciertos pasajes líricos y emotivos. Así que lean, lean a Nicholson Baker y reconcíliense con el mundo.


domingo, 10 de octubre de 2010

EL ANTÓLOGO (NICHOLSON BAKER)

De entre las muchas bondades que les podría decir de Qué Leer no es la menos importante el hecho de que, por lo general, trabajan con plazos de tiempo relativamente amplios. Una prepara en noviembre la crítica que aparecerá en febrero, en febrero la de abril y en agosto, por ejemplo, la de octubre, de manera que, cual la industriosa hormiga de la fábula, puede ir guardándose textos en la cartera que alimenten este lugar en momentos en que una no lee ni escribe todo lo que quisiera. Como botón de muestra, aquí les dejo la reseña de una sorprendente y estupenda lectura estival, El antólogo de Nicholson Baker, publicada –la reseña, digo- en el Qué Leer del corriente mes de octubre.

Publicado en Qué Leer 158 (octubre de 2010)

Lo dicho, lean, lean y no se la pierdan.

miércoles, 18 de agosto de 2010

OTRA DE COSAS BIEN DICHAS

He pasado esta última semana leyendo por encargo The anthologist de Nicholson Baker. Y encantada de ello, por cierto, por motivos que averiguarán en el Qué Leer del, por desgracia, cada vez más próximo mes de octubre. Entretanto, aprovecho para saludarles y dejarles por aquí una sabrosa y abundante ración de cosas bien dichas. Que Vds. las disfruten:

“Poe said that there was a raven tapping at his chamber door. Was there? We don’t care. Why don’t we care? I don’t know. I don’t have an answer for you today on that important question.”

The anthologist

Nicholson Baker

“At some point you have to set aside snobbery and what you think is culture and recognize that any random episode of Friends is probably better, more uplifting for the human spirit, than ninety-nine per cent of of the poetry or drama or fiction or history ever published. Think of that. Of course yes Tolstoy and of course yes Keats and blah blah and yes indeed of course yes. But we’re living in an age that has a tremendous richness of invention. And some of the most inventive people get no recognition at all. They get tons of money but no recognition as artists. Which is probably much healthier for them and better for their art.”

(ibidem)

“Dryden is one of those poets who wrote many thousand of lines of poetry and left very little of himself behind. His biographers have a hard time figuring out what he was up to in any given year. He lived through revolution, restoration, plague and fire, and all we have is his published writing and a few letter to go on. But it’s enough.”

(ibidem)

“She [Elizabeth Bishop] wrote May Swenson: ‘I think one of the worst things I know about modern education is this Creative Writing business’.”

(ibidem)

“In fact the letter may be better than any poem she wrote, though she wrote some good ones. But we wouldn’t be interested in reading the letters unless she’d written the poems. So once again, it’s terribly confusing. You need the art in order to love the life.”

(ibidem)