"No me gustaría ir dando tumbos por la vida, desde luego, pero soy lo bastante joven para buscar durante un tiempo algo que sepa hacer bien."
Lo mejor de la vida
Rona Jaffe
"Pensé que si era capaz de ayudar aunque fuera a una sola muchacha que, encerrada en su minúsculo apartamento, sintiera que estaba completamente sola y que era una chica mala, entonces el libro habría valido la pena. No tenía ni idea de que llegaría a tocar la fibra sensible de tantos millones de mujeres."
Saben bien que suelo defender la identificación con lo leído como uno de los mayores placeres que puede ofrecer la Literatura, que, como dijo Saul Bellow, es un maravilloso antídoto contra la vulgaridad que nos rodea. O como dijo C. S. Lewis -o, al menos, el Anthony Hopkins de Tierras de Penumbra-, "leemos para saber que no estamos solos". Me parece estupendo que un lector busque consuelo en un libro; todos lo hacemos de un modo u otro, aunque no debiéramos tampoco rechazar las lecturas que desafían nuestra visión del mundo ni, por supuesto, nuestros principios y valores -sean estos cuales sean-.
No creo, sin embargo, que un escritor deba tener el consuelo del lector entre sus objetivos cuando de contar una historia se trata. ¿Por qué? Porque el resultado no será sincero ni fresco, sonará quizá a impostado y forzado y más que probablemente rezumará moralina de principio a fin. La propia Rona Jaffe habla de la moraleja de su novela en el mentado epílogo, aunque me estoy adelantando, creo. El caso es que cuando de literatura se trata, elijo siempre al escritor caprichoso, maligno, obsesivo... del que habla Philip Roth en Engaño -le tomo prestada la cita, Sr. Krmpotic'-:
"Como si fuese pureza lo que hay en el fondo de la naturaleza de un escritor. ¡Que el cielo proteja a semejante escritor! Como si Joyce no hubiera husmeado inmundamente en las bragas de Nora, como si Svidrigailov nunca susurrara en el alma de Dostoievski. El capricho es lo que hay en el fondo de la naturaleza de un escritor, exploraciones, fijaciones, aislamiento, malignidad, fetichismo, austeridad, frivolidad, perplejidad, infantilismo, etcétera. La nariz en la costura de la prenda interior... ésa es la naturaleza de la vida del escritor. Impureza."
¿A qué viene todo esto? Pues a cuento de la lectura de Lo mejor de la vida de Rona Jaffe, que esta semana creí compartir con nuestra particular Reina de las Nieves, aunque recientemente me ha confesado llegar tarde por obra y gracia de Frank Bascombe, por lo que no puedo sino perdonarla y envidiarla, claro está. En cualquier caso, aquí te espero, Angéline.
Lo mejor de la vida es la historia de un grupo de cándidas e inocentes veinteañeras que trabajan de mecanógrafas, lectoras y editoras en una gran editorial -por el volumen; que no por la calidad de sus publicaciones- en el ajetreado Nueva York de los '50 de oficinistas industriosos y de pocos escrúpulos que tan bien retrató Billy Wilder en la genial El apartamento. Y estas cándidas e inocentes veinteañeras no hacen sino estrellarse una y otra vez en su afán de hallar un príncipe azul en esos ejecutivos, más que previsibles lobos con piel de cordero, que en el mejor de los casos buscan a una matrona que críe a su prole y les lleve las zapatillas al llegar a casa. Y no es de extrañar tal aspiración, pues la misma parecen tener todas y cada una de las protagonistas de la historia, hasta las que en apariencia son más independientes, como Caroline Bender. En principio, no tengo excesivos problemas con ello. Como acabo de decir, no deberíamos desdeñar una novela porque contradiga o simplemente no refrende nuestra visión del mundo. Pero lo cierto es que Caroline, April, Barbara y Gregg son convencionales hasta decir basta, incluso demasiado para los '50. Son estereotipos, o mejor dicho, un solo estereotipo, de modo que Lo mejor de la vida resulta un tanto típica y tópica y bastante previsible, además de un tanto reiterativa y edulcorada.
Y es una pena, porque a tenor de la ironía que derrocha el párrafo final de la novela, ironía dramática e ironía a secas, Lo mejor de la vida podría haber sido mucho mejor. De hecho, con materiales semejantes escribió nuestra muy admirada Mary McCarthy El grupo, una novela infinitamente superior, con más nervio, mejor estilo, menos almíbar, personajes más reales y, sobre todo, muchísima más mala leche.






