sábado, 9 de agosto de 2014

LOS FAVORES DE LA FORTUNA (FREDERIC MANNING)



“Los hombres establecen un vínculo más fuerte por las experiencias triviales que comparten que por los compromisos más sagrados”
Los favores de la Fortuna
Frederic Manning


Lejos de estridencias sentimentales y alardes épicos, Los favores de la Fortuna de Frederic Manning, señalada por la crítica como una de las novelas más sinceras sobre la guerra en general y la Gran Guerra en particular, puede parecer en principio un diario de campaña. Narrada en una ¿aséptica? tercera persona, hay lugar en ella para innumerables referencias a las absurdas y tediosas rutinas en los acantonamientos, a la mayor o menor confraternización con los civiles franceses, a los entresijos de la jerarquía castrense, a simulacros de batalla y, ya casi cerca el final, a la violencia de la acción directa, cuyo éxito o fracaso parece depender tan solo de unos pocos centímetros y segundos, los que separan la silenciosa bala de la zona desprotegida de la cabeza; parece depender, pues, de los epónimos favores de la Fortuna, a quien en uno de los programáticos epígrafes shakespereanos que abren cada capítulo se identifica significativamente con una ramera.
El tono prosaico y la crudeza ocasional se ven compensados, eso sí, con el magistral y democrático retrato de los caracteres, una pandilla de soldados rasos y unos cuantos suboficiales, que aceptan con resignada naturalidad la inevitabilidad de la guerra, reafirman su individualidad con una voluntad manifiesta de sobrevivir y se rigen antes por el código de camaradería que por el de la amistad. La amistad supone elección y no hay tiempo en el frente para tales frivolidades, sino para la aceptación como un igual del compañero de trinchera. Tales son, al menos, las impresiones, del carismático soldado Bourne, urbanita entre pueblerinos, docto entre iletrados, que, pese a todo, se siente más a gusto en la uniformidad de la tropa que entre el cuerpo de oficiales y rechaza obstinadamente todas las ofertas de promoción.
Si a todo ello añadimos la singular belleza de determinados pasajes, referidos, sobre todo, a cierta cualidad onírica de la noche en el fragor de la batalla (e. gr. “El mundo le parecía extraordinariamente desprovisto de hombres, aunque sabía que el suelo estaba plagado de ellos”), una no puede sino comprender a Hemingway, que, según los paratextos de la edición de Sajalín, afirmaba leerla todos los años “para recordar cómo fueron realmente las cosas, de manera que nunca tenga que mentirme ni a mí ni a nadie sobre esto”.
Lean, lean.


1 comentario:

Bea Mendes dijo...

Siempre me han atraído las historias que hablan sobre guerras pasadas -que no la guerra en sí-. Y si encima tienen tan buena pinta como la que comentas, no puedo hacer otra cosa que apuntármela. Ya caerá...ya.