domingo, 26 de octubre de 2014

TODO LO QUE HAY (JAMES SALTER)



Todo lo que hay es un título tan ambicioso como programático, pues sugiere, desde un principio, afán de totalidad. Y eso es justo lo que ofrece, la suma total de momentos, más o menos trascendentes, que conforman la vida de Philip Bowman, oficial de la Marina en la Guerra del Pacífico y editor de renombre en los glamurosos años de la posguerra estadounidense. Que la peripecia vital de Bowman sea el hilo conductor de esta novela, no obsta, sin embargo, para que se conceda mucho, muchísimo espacio a anécdotas singulares protagonizadas por personajes con una vinculación mínima a la trama principal. Sería este un recurso peligroso en manos de un autor con menos talento o el resultado incluso de una evidente incapacidad de tomar decisiones drásticas -como deben serlo las decisiones- y de mantener el foco en su sitio. En manos de Salter, sin embargo, la acumulación de anécdotas marginales es del todo coherente con lo que promete y ofrece esta magnífica historia enraizada en la mejor tradición narrativa de las barras y estrellas: la vida de un hombre, modelada a partir de una pluralidad de experiencias y encuentros, ora trascendentales, ora insignificantes y dignos, casi, de ser condenados al olvido.
Lean, lean...

sábado, 11 de octubre de 2014

LA CHICA DEL VESTIDO DE TOPOS (BERYL BAINBRIDGE)



Entre cómica y desasosegante resulta esta novela de Beryl Bainbridge, una historia de carretera un tanto absurda protagonizada por la cándida e imprevisible Rose y el muy atormentado Harold, inglesa ella y americano él, con un objetivo común: encontrar al escurridizo y casi onírico Doctor Wheeler, mesías o némesis en función del alternante punto de vista, ora de ella, ora de él. Se percibe, no obstante, ese absurdo, como algo consciente y buscado, un elemento que contribuye a hacer aún más densa una atmósfera ya de por sí preñada de malos augurios. La violencia casual se multiplica, de hecho, conforme la singular pareja se va acercando a su destino, por más que Harold y Rose parezcan no advertirla o la asuman con toda naturalidad. Ejercen de fondo, los muy convulsos ’60, con los cadáveres aún calientes de John Fitzgerald Kennedy y Martin Luther King y la promesa, aún real, de otro Kennedy.
No es de extrañar, visto lo visto, que un paratexto de la contraportada, firmado por el siempre lúcido William Boyd, vincule esta novela a Esperando a Godot de Beckett. Poco más me queda que decir, salvo que lean, lean, pues merece la pena. Háganlo, eso sí, dotados de lapicero y dispuestos a añadir la docena aproximada de tildes sobre adverbios interrogativos -en interrogativas indirectas- que el traductor se ha dejado por el camino. ¡Ay!


jueves, 2 de octubre de 2014

QUE LEVANTE MI MANO QUIEN CREA EN LA TELEQUINESIS (KURT VONNEGUT)



“Lo más maravilloso y lo más valioso que podéis extraer de una educación es esto: el recuerdo de una persona en concreto que realmente sabía enseñar y cuyas lecciones hicieron de la vida y de vosotros mismos algo más interesante y cargado de posibilidades de lo que previamente habíais creído posible. Se lo pregunto a todos los presentes, incluidos los que estamos aquí, en el estrado: “¿Cuántos de nosotros, cuántos de vosotros, habéis disfrutado de un maestro semejante? La guardería también cuenta. Levantad la mano, por favor. ¡Vamos! Es útil recordar el nombre de ese gran profesor.”
Que levante mi mano quien crea en la telequinesis
Kurt Vonnegut


Aludía por aquí hace un par de meses a un supuesto club de optimistas incorregibles en el que por derecho propio figuraban nombres como los de Nicholson Baker en lo literario y Aaron Sorkin o Jenji Kohan en lo televisivo, merced a su capacidad para reconciliarnos con el mundo y el género humano por medio de entrañables, carismáticos y encantadores personajes. Sepan, por cierto, que el humor inteligente y los ágiles diálogos de OITNB, así como su mejor que bien engranada estructura narrativa, tienen más que enganchados a no pocos de mis estudiantes, lo cual, creo yo, dice mucho y muy bueno de esta serie, pero aun más y mejor de estos felices pocos que me han caído en suerte.
Aludía a tal club y no citaba entonces al que, sin duda, ha de ser su más ilustre socio honorario, si es que no fundador, el sin par Kurt Vonnegut, que desde Malpaso siguen recuperando para nosotros, y que hace ya años que acapara por aquí la sección de “Una de cosas bien dichas”. Sí, una sale más ligera y despreocupada de las historias de Vonnegut, ya sea porque la explícita comparación entre el tiempo humano y el geológico todo lo pone en perspectiva, ya porque, pese a la violencia, el absurdo y la entropía que todos enfrentamos en mayor o menor medida, al final, en último término y si permanecemos atentos, podemos detectar bondad en el género humano. Como rezan los títulos de la banda sonora de True Romance, “Amid the chaos of the day”, “you are so cool”. Discúlpenme tan peregrina asociación.
Sin embargo, no hemos de buscar esta bondad en las grandes victorias, ni en los hitos señalados por los libros de historia, sino en las pequeñas alegrías que nos brinda la vida cotidiana. No es de extrañar, así pues, el título original del volumen que aquí nos trae hoy: “If this isn’t nice, what is?”, que el amigo Milo Krmpotic’ reivindica con razón en su crítica para el Qué Leer, aun a costa del muy descacharrante y vonnegutiano seleccionado para la edición española. Y no es de extrañar, tampoco, en consecuencia, que lo que aquí se presenta sea una recopilación de discursos de graduación, donde abundan extraordinarias perlas dedicadas a los profesores y a la escuela pública y se leen también bromas ya leídas en algunas de sus novelas y en la extraordinaria y final Un hombre sin patria.
No les doy más la lata. Déjenme tan solo que, una vez más, les recomiende que se olviden de los Coelhos, Bucays y Byrnes que en el mundo están, que corran a la librería más cercana y que, por favor, lean a Vonnegut. De nada.


sábado, 27 de septiembre de 2014

LOS PÁJAROS AMARILLOS (KEVIN POWERS)



Tres semanas de sangre, sudor y lágrimas es lo que me ha llevado transitar por los desolados páramos de Los pájaros amarillos, roman à clef de Kevin Powers, pese a su brevedad; no por falta de talento de su autor, ¡al contrario!, ni porque las exigencias de comienzo de curso se hayan llevado casi todo mi tiempo, que también. Sucede, más bien, que la brutalidad de los hechos narrados, el descenso a los infiernos de la guerra de Irak del soldado Bartle, y las exigencias de una prosa preñada de metáforas tan audaces como hermosas no conceden ni una pequeña tregua. La guerra, ciertamente, nada tiene que ver con el juego de niños que prefiguran los soldaditos de la elegante portada de la edición de Sexto Piso y que, no hay duda, es el erróneo punto de partida de muchos reclutas, sino que se cobra muy elevados peajes: la libertad, la cordura, la vida... Los pájaros amarillos es el honesto y sincero relato del caos, el azar, la culpa sin redención y poco más es lo que puedo decir para invitarles a que, si se atreven, lean, lean...


martes, 9 de septiembre de 2014

THE CHILD IN TIME (IAN MCEWAN)




“The written word can be the very means by which the self and the world connect, wich is why the very best writing for children has about it the quality of invisibility, of taking you right through to the thing it names, and through metaphors and imagery can evoke feelings, smells, impressions for which there are no words at all. A nine-year-old can experience this intensely. The written word is no less a part of what it names than the spoken word -think of the spells written round the rim of the necromaner’s bowl, the prayers chiselled on the tombs of the dead, the impulse some people have to write obscenities in public places, and that others have to ban books wich contain obscenities, of always spelling God with a capital G, of the special importance of a written signature. Why keep children from all this?”
The Child In Time
Ian McEwan

La vida de Stephen Lewis, escritor de una novela considerada infantil por accidente, se detuvo el día que Kate, su encantadora hija de cuatro años, desapareció de su lado ante la caja de un supermercado. Se separó de su esposa, dejó de escribir y empezó a beber más de la cuenta. En el momento en que se abre esta historia, arrastra su inercia vital por un Londres distópico donde los veranos son de lo más seco y caluroso y los inviernos acaban sin clemencia con la vida de los homeless que han visto legalizada la mendicidad por obra de un gobierno ultraconservador de lo más thatcheriano. Su única actividad son las reuniones totalmente estériles de “un comité de sabios” que, a petición del Primer Ministro, ha de elaborar un informe sobre la educación de los infantes. Stephen es, pues, un protagonista inerte. No actúa sino que reflexiona sobre los singulares efectos y paradojas de ese ente abstracto, complejo y contradictorio que es el tiempo.
Child in time es, en efecto, un título de lo más programático, pues esta singular y estupenda novela gira en torno a los dos ejes que enuncia: el tiempo y la niñez; no solo la de la desvanecida Kate, sino la del propio Stephen, la de aquellos que deberían beneficiarse de los hallazgos del comité -ejem- y la que por obra de la nostalgia funciona como Paraíso Perdido.
Lo concreto y lo abstracto caminan de la mano en esta novela de transición entre el McEwan más sórdido de Jardín de cemento y el más sutil, irónico y, sí, divertido, de Amor perdurable o Amsterdam, donde hay lugar para la devastación más absoluta, la distopía y el absurdo, por un lado, y el humor por otro. De hecho, el párrafo que abre esta entrada es parte de la alocución que un por fin apasionado Stephen le dirige a un pánfilo pedagogo -¡ay!- que cuestiona la conveniencia de que los escolares aprendan a leer antes de los doce años. A todo llegaremos. Entre tanto ustedes lean, lean The Child In Time de Ian McEwan.