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domingo, 18 de junio de 2017

CONNERLAND (LAURA FERNÁNDEZ)



Es esta una novela improbable, no porque su protagonista sea un fantasma de pelo húmedo y toalla de microdelfines, electrocutado de forma absurda con un secador de pelo y enviado de vuelta desde “ahí arriba” para saldar alguna que otra cuenta pendiente con la única ayuda de una azafata que aborrece su -de ella- forma de vida. Conste que he dicho improbable, no inverosímil. Y es improbable porque Connerland, una delirante y divertidísima historia cuyo punto de partida es común al de Ghost (Jerry Zucker, 1990) -Laura Fernández dixit-, es también un homenaje a la ciencia ficción -tan injustamente menospreciada por el establishment-, a las revistas pulp, al malditismo literario y a ese icono y maestro de la contracultura que fue Kurt Vonnegut; es la crítica a la veleidad de la fama; es la actualización de una poética de la evasión; y es, por encima de todo, un monumento a un grupo de personajes tarados e imperfectos -como lo somos todos- que sobreviven en soledad a la crueldad y banalidad del mundo. ¿En soledad? No del todo, pues todos -o casi- comparten la devoción por el protagonista, Voss Van Conner, autor al que el éxito le ha sido esquivo hasta el momento de su electrocución con el ya citado secador. La literatura es evasión, sí, y consuelo. Reconforta también el cariño con el que la autora trata a sus pintorescos personajes, el mismo que el de su explícito modelo, el gran Vonnegut, a cuyo mundo remiten la dedicatoria y cita inicial y el título de un capítulo (God bless you, Mr. Water). La casi lisérgica trama de Connerland no responde en última instancia a un plan redondo de los trafalmadorianos ni encuentra su sentido considerada desde una perspectiva geológica como tantas de las de aquel, pero si son ustedes pacientes y llegan hasta el final de esta alocada aventura, encontrarán respuesta a muchas de sus preguntas; no en el viento, sino en el cuarto de baño en el que empezó todo.
Lean, lean y, como arenga Van Conner, ¡hagan el ganso!


jueves, 2 de octubre de 2014

QUE LEVANTE MI MANO QUIEN CREA EN LA TELEQUINESIS (KURT VONNEGUT)



“Lo más maravilloso y lo más valioso que podéis extraer de una educación es esto: el recuerdo de una persona en concreto que realmente sabía enseñar y cuyas lecciones hicieron de la vida y de vosotros mismos algo más interesante y cargado de posibilidades de lo que previamente habíais creído posible. Se lo pregunto a todos los presentes, incluidos los que estamos aquí, en el estrado: “¿Cuántos de nosotros, cuántos de vosotros, habéis disfrutado de un maestro semejante? La guardería también cuenta. Levantad la mano, por favor. ¡Vamos! Es útil recordar el nombre de ese gran profesor.”
Que levante mi mano quien crea en la telequinesis
Kurt Vonnegut


Aludía por aquí hace un par de meses a un supuesto club de optimistas incorregibles en el que por derecho propio figuraban nombres como los de Nicholson Baker en lo literario y Aaron Sorkin o Jenji Kohan en lo televisivo, merced a su capacidad para reconciliarnos con el mundo y el género humano por medio de entrañables, carismáticos y encantadores personajes. Sepan, por cierto, que el humor inteligente y los ágiles diálogos de OITNB, así como su mejor que bien engranada estructura narrativa, tienen más que enganchados a no pocos de mis estudiantes, lo cual, creo yo, dice mucho y muy bueno de esta serie, pero aun más y mejor de estos felices pocos que me han caído en suerte.
Aludía a tal club y no citaba entonces al que, sin duda, ha de ser su más ilustre socio honorario, si es que no fundador, el sin par Kurt Vonnegut, que desde Malpaso siguen recuperando para nosotros, y que hace ya años que acapara por aquí la sección de “Una de cosas bien dichas”. Sí, una sale más ligera y despreocupada de las historias de Vonnegut, ya sea porque la explícita comparación entre el tiempo humano y el geológico todo lo pone en perspectiva, ya porque, pese a la violencia, el absurdo y la entropía que todos enfrentamos en mayor o menor medida, al final, en último término y si permanecemos atentos, podemos detectar bondad en el género humano. Como rezan los títulos de la banda sonora de True Romance, “Amid the chaos of the day”, “you are so cool”. Discúlpenme tan peregrina asociación.
Sin embargo, no hemos de buscar esta bondad en las grandes victorias, ni en los hitos señalados por los libros de historia, sino en las pequeñas alegrías que nos brinda la vida cotidiana. No es de extrañar, así pues, el título original del volumen que aquí nos trae hoy: “If this isn’t nice, what is?”, que el amigo Milo Krmpotic’ reivindica con razón en su crítica para el Qué Leer, aun a costa del muy descacharrante y vonnegutiano seleccionado para la edición española. Y no es de extrañar, tampoco, en consecuencia, que lo que aquí se presenta sea una recopilación de discursos de graduación, donde abundan extraordinarias perlas dedicadas a los profesores y a la escuela pública y se leen también bromas ya leídas en algunas de sus novelas y en la extraordinaria y final Un hombre sin patria.
No les doy más la lata. Déjenme tan solo que, una vez más, les recomiende que se olviden de los Coelhos, Bucays y Byrnes que en el mundo están, que corran a la librería más cercana y que, por favor, lean a Vonnegut. De nada.


viernes, 2 de mayo de 2014

DESAYUNO DE CAMPEONES (KURT VONNEGUT)



Casi al final de esta lisérgica e inverosímil novela, afirma el Vonnegut  personaje-narrador de la historia que la vida imita al arte, o, al menos, intenta hacerlo y que ese es precisamente uno de los motivos de la infelicidad humana: expectativas demasiado elevadas. Una se espera que su vida tenga un planteamiento, un nudo y un desenlace, cierta lógica interna, y lo único que recibe a cambio es caos.
El Vonnegut personaje-narrador ofrece, en cambio, una historia caótica, rebosante de locura y violencia, donde nada es marginal ni secundario y lo mismo se nos habla de la Guerra Civil Americana, de los genitales masculinos y femeninos, de diversos procesos fisiológicos, la fórmula de la relatividad o iconografía. Y esto, parece deducirse como corolario, es la vida.
Por planteamiento inicial y desarrollo entroncaría, quizá, esta novela con Pynchon o Foster Wallace. El argumento, un vendedor de coches convencido merced a una novela pulp de ciencia ficción que es el único ser vivo del planeta dotado de conciencia y libre albedrío, abunda en la misma línea. Pero donde aquellos se dan -o daban- al exceso verbal, Vonnegut se mantiene fiel a su estilo parco y sencillo, casi simplón, como las ilustraciones minimalistas y un tanto burdas pero más que efectivas que planean por el libro, muchas de las cuales, como el confetti que por aquí tanto nos gusta, piden a gritos ser estampadas en una camiseta.

sábado, 18 de enero de 2014

MISCELÁNEA



Me estoy echando a perder. Las telarañas se me acumulan por esta esquina y no he encontrado hasta hoy ni un momento para poner un poco de orden por aquí. Y no será por falta de lectura. Dediqué el mes diciembre a la lectura de la inverosímil La torre del homenaje de Jennifer Egan, sobre la que, sintiéndolo mucho por los amigos de Minúscula, les advierto en el número del Qué Leer del corriente mes. Aquí mismo les dejo la crítica.



Pasé las Navidades embebida en la biografía que Shields y Salerno han perpetrado sobre Salinger, cuya traducción publicará en unos días en España Seix-Barral. Permítanme que les prevenga también sobre esta -sobre la biografía, digo; la traducción, como todas las de Javier Calvo, es impecable-, concebida como está como complemento al documental homónimo y de autoría idéntica. No hay en ella una voz conductora, sino una multitud de fuentes de lo más heterogéneo -de Mary McCarthy y William Maxwell a, agárrense, Edward Norton y John Cusack- cuyos testimonios se organizan en un copia y pega estructurado con el objetivo de demostrar que 1. El guardián entre el centeno es una novela de violencia soterrada generada por la fatiga de guerra de su autor; 2. La religión vedántica es la responsable de que Salinger se retirara del mundanal ruido en la década de los ’60 y de que dejara de publicar. Ayudó a lo anterior, según los autores, el complejo que le generó al autor su supuesto testículo ectópico. En fin... Leí también, cómo no, los tres relatos del maestro filtrados a la red el pasado mes de diciembre y, si tienen tan pocos reparos éticos como yo he tenido en este caso, no deberían Vds. perderse “An Ocean full of Bowling Balls”. ¡Es tan tan conmovedor!

Cerré el año con la lectura de Espíritu festivo de Robertson Davies, cuya colección de fantasmales piezas navideñas amenaza con resultar repetitiva pero es, la mayor parte del tiempo, descacharrante a más no poder, ya se ocupe de un inagotable aspirante a doctor, de una deconstrucción de Frankenstein de Mary Shelley, o de qué hacer con una procesión de santos que se le presentan a uno a la puerta del college. Por cierto que Robertson Davies fue afortunado de no llegar a vivir para ver esto en lo que se han convertido escuelas, institutos y universidades merced a la instrumentalización del aprendizaje, la defenestración de la memoria y la banalización del discurso pedagógico. A tenor de las perlas dedicadas a orientadores y psicólogos varios en no pocos cuentos de esta colección, no le habría hecho ninguna gracia. Los demás, me temo, no hemos tenido tanta suerte.

Siguió después un curioso juego lingüístico de James Thuber, La maravillosa O, ingeniosa, hábil y divertida y con un corolario tan cierto como alarmante: si desaparece la palabra, desaparece el concepto. 

Poco más que una curiosidad ha resultado ser La cartera del cretino, de otro de los gurús de esta esquina, Kurt Vonnegut. Por cierto que ya son unos cuantos los títulos inéditos que los editores del más famoso hoosier han publicado tras su muerte, allá por el 2007. Hay en esta colección, sobre todo, en el ensayo, algún que otro chispazo característico del autor pero, cuando el listón está tan alto con obras como Matadero 5, Madre noche, Galápagos o Sirenas de Titán, entre otras, los relatos aquí contenidos saben a decepción.

He leído, ya lo ven, y sigo haciéndolo. La tan divertida como documentada Madre latín y sus hijas, de Carl Vossen (KRK), me espera ya sobre la mesa. Y bien que podía adornar también las estanterías de los plutócratas del ministerio llamado de Educación y de las consejerías homónimas de este nuestro país, en que la LOMCE y las órdenes de racionalización del gasto emitidas han convertido la presencia de las lenguas clásicas en Secundaria en algo residual y de inminente extinción. 

¡A las trincheras!

domingo, 6 de octubre de 2013

EL LIBRO DE LOS PEQUEÑOS MILAGROS (JUAN JACINTO MUÑOZ RENGEL)



Por más que la distinción entre fondo y forma resulte de lo más práctico en el ámbito escolar -¿quién no ha hecho un comentario de texto intentando responder a las cuestiones “¿qué dice?” y “¿cómo lo dice?”- quien desde aquí les habla lleva ya unos años convencida, desde que leyó Contra la interpretación de Susan Sontag, para más señas, de que tal distinción no es del todo real. Según lo veo yo, no solo el estilo sino también el formato, el continente, condicionan la recepción y la interpretación de lo leído. No en vano, no son pocas las veces que he visto cómo una anotación marginal, una mala puntuación o la falta de una cursiva han generado interpretaciones fallidas sobre el contenido de este o aquel manuscrito medieval.
Viene esto a propósito de la preciosa e impecable edición que Páginas de Espuma ha hecho de El libro de los pequeños milagros de Juan Jacinto Muñoz Rengel, con guardas volantes de color verde, a juego con la portada y un par de ilustraciones del interior; con un índice de lo más prolijo que juega a ser analítico y a presentar el volumen como un texto de consulta; y con un título y un subtítulo de lo más descriptivos, plasmados en forma de triángulo invertido que, al margen de la ligereza de este librito, vienen claramente inspirados por los de aquellos magníficos volúmenes in folio y encuadernados en piel presentes en las bibliotecas más venerables de los sabios más reputados. 
¡Forma, forma, forma...! protestarán Vds. ¿Y el contenido qué? Y yo les digo que la forma, amigos míos, encaja a la perfección con esta colección de piezas presentadas con acierto como bestiario y colección de prodigios, que trascienden las pocas líneas en que están narrados y enfrentan al lector con un mundo de realidades subvertidas donde tienen cabida la metaficción, una insuperable y minimalista historia de la escritura, el terror, las más irresolubles paradojas, la gran falacia del antropocentrismo, la sátira teológica, la nostalgia y, no es sorprendente en el autor de la descacharrante El asesino hipocondríaco, la ironía y el humor.
Es cierto que, como es habitual en colecciones tan heterogéneas, algunas piezas no están a la altura del resto -“Razones” resulta de lo más simplón y “Love doll” parece demasiado inspirada por un chiste leído en Huérfanos de Brooklyn de Jonathan Lethem- pero El libro de los pequeños milagros es una obra singular y original que, salvando las distancias, hace justicia en espíritu y ejecución a los Vonnegut o Perucho que la inspiran. Ahí es nada.

Lean, lean...