lunes, 10 de abril de 2017

ALFA, BRAVO, CHARLIE, DELTA (STEPHANIE VAUGHN)



El de “irregular” es, probablemente, uno de los calificativos que más se aplican a las colecciones de relatos. Sin embargo, resulta pasmosa la coherente uniformidad de todos los incluidos en Alfa, Bravo, Charlie, Delta de Stephanie Vaughn, que, en traducción de Ana Crespo, acaba de publicar Sajalín. Resulta pasmosa por la brillantez de las diez piezas que componen el volumen, todas ellas engarzadas por sobriedad, precisión, viveza y sentimiento en la mejor tradición narrativa estadounidense, esa misma encarnada por los Stegner y Tobias Wolff que, con razón, tanto la han elogiado.
No busca Vaughn epatar al lector con giros ni epifanías finales, ni deslumbrarle con tropos como Lorrie Moore -por otro lado, magnífica-, sino que se basta en cada ocasión de pequeñas anécdotas anidadas en lo familiar, en lo cotidiano y narradas con una prosa sencilla y sobria para emocionar, apelando, quizá, a uno de los mayores placeres que puede proporcionar la lectura: la identificación. He leído estos días El domingo de las madres de Swift, cimentada, como las Grandes Esperanzas de Dickens, en la idea de que nuestras vidas se desarrollan de una manera y no de otra en virtud de un gran acontecimiento decisivo y determinante. Sin embargo, más bien me identifico con la poética subyacente tras los relatos de Vaughn. La vida se compone, por lo general, de rutina y momentos anodinos, al menos en apariencia, y solo en virtud de cierto talento para la penetración se puede abstraer de ella una narrativa. Vaughn acredita dicho talento en todos sus relatos, ya se ocupen de familias nómadas, amigos de la infancia, parejas en crisis o de un terreno tan fértil como la mitología familiar.
Que Alfa, Bravo, Charlie, Delta sea hasta la fecha el único libro publicado de su autora solo acrecienta la admiración por esta, en tanto que modelo de exigencia, coherencia y compromiso al que siempre se debería aspirar. No se la pierdan y lean, lean.

viernes, 24 de marzo de 2017

TIENE QUE SER AQUÍ (MAGGIE O’FARRELL)



A priori, lo tenía todo esta novela de Maggie O’ Farrell para resultar fallida o, como mínimo, decepcionante. Su estructura es más que ambiciosa, pues cambia de foco en cada capítulo para centrarse en cada uno de los miembros de la/las muy desectructurada/s familia/s de Daniel Sullivan, su protagonista. El conjunto corría, pues, el riesgo de diluirse y resultar un corta y pega deslavazado, un poco a la manera de esas películas plagadas de estrellas que terminan haciendo aguas por todos lados. La trama, centrada en las idas y venidas de Daniel, sus parejas y sus hijos, podría, además, resultar un tanto banal.

Sin embargo, basta leer un par de capítulos para comprobar que Maggie O’Farrell, a quien no le había seguido la pista hasta ahora, es una maestra de su oficio, pues, pese a la variedad de personajes y, sobre todo, de cambios de foco, todas las piezas encajan a la perfección y componen una magnífica historia sobre el amor, la amistad, la soledad, el aislamiento -forzoso o elegido- y, sobre todo, la comunicación en un arco temporal que abarca unos setenta años. Ahí es nada. 

En cuanto a la aparente banalidad de la trama, es solo eso, aparente. No es casual y es un acierto que el protagonista sea lingüista, y resulta de lo más paradójico, dadas sus dificultades para comunicarse con sus parejas y sus hijos. Todo gira en esta historia en torno a los distintos elementos de la comunicación: código, contexto, emisión, recepción y, sobre todo, ruido. No es casual, tampoco, que el hijo mayor de Claudette, pareja de Alan en el momento de iniciarse la narración, sea tartamudo.

Si a todo lo anterior sumamos un apabullante manejo del tempo narrativo, que hace de esta novela una lectura adictiva, y la siempre magnífica labor en la traducción de Concha Cardeñoso, una no puede sino dar las gracias y felicitar a los amigos de Libros del Asteroide por esta nueva muestra de buen gusto y terminar estas líneas con el tan característico como sincero “lean, lean”. No se la pierdan.


sábado, 11 de marzo de 2017

UN POLICÍA EN LA LUNA (TOM GAULD)



Cada vez vengo por aquí más de tarde en tarde, ya lo ven, y no por falta de ganas. De hecho, he leído mucho y muy bueno desde que cambiamos de año, pero el trabajo y algún problemilla de salud me han tenido de lo más entretenida. Así las cosas, el responsable de devolverme a este lugar es, una vez más, Tom Gauld. Si hace unos meses les hablaba de su muy humana deconstrucción del Goliat del Antiguo Testamento, hoy es el turno del recién publicado Un policía en la luna (Salamandra). 

De nuevo elige Gauld un escenario propio para alardes épicos, allí el valle de Elah, aquí una luna colonizada por pioneros espaciales. Y de nuevo nos regala Gauld a un héroe de lo cotidiano, allí un administrativo bonachón, aquí un tipo que entretiene sus monótonos días bebiendo café, comiendo donuts -también los policías lunares cumplen el estereotipo-, reconduciendo a díscolas adolescentes, buscando a perros perdidos y ayudando a encantadoras ancianas. Lejos quedan los tiempos en que la luna se presentaba como un Nuevo Mundo repleto de posibilidades. Ahora es un páramo yermo cada vez más solitario en el que nuestro héroe pasa sus solitarios días, víctima de innumerables servidumbres tecnológicas de lo más reconocibles. Hete aquí, sin embargo, que un expendedor automático de café es sustituido por una cafetería con una camarera de carne y hueso y un rayo de esperanza, la que ofrecen la solidaridad  y la amistad -aun la casual-, compensan el tono melancólico y crepuscular del volumen, hasta entonces solo aliviado por el humor.
Como no podía ser de otra manera, esta deliciosa historia viene revestida del sencillo, sobrio y elegante trazo de Gauld, cuya narrativa gráfica se basa en la repetición con leves variaciones -atiendan a ese edificio de apartamentos que va perdiendo módulos según se vacía el satélite-, y referencias sutiles a otros “cronistas” de la soledad como Edward Hopper.
Una maravilla, ya ven, así que lean, lean y vean, vean. 

martes, 22 de noviembre de 2016

BENICIO Y EL PRODIGIOSO NÁUFRAGO (IBAN BARRENETXEA)



Hace ya unos cuantos años que subrayo, siempre que tengo ocasión, el talento de Iban Barrenetxea como ilustrador y narrador; en las distancias cortas, sobre todo. Benicio y el Prodigioso Náufrago, recientemente editada con el gusto característico por A buen paso, está emparentada por género y referencias con la brillante El único y verdadero rey del bosque, de la que traté aquí hace ya algún tiempo. Como aquella, bebe esta historia del cuento popular, aunque los ecos sean más orientales en esta ocasión. No en vano, la historia de Benicio, pobre de solemnidad, que por caña de pescar tiene un palo de escoba, un cordón de bota y un oxidado clavo, es la de Aladino, aunque el genio de la lámpara se asemeje más a Mefistófeles. No me reprochen ustedes el exceso de información. Basta ver la portada del álbum para reconocer la identidad del “prodigioso náufrago” del título. El propio narrador alude de forma velada a sus fuentes:

“Benicio se preguntó si entre tanto viraje y zarandeo, o tal vez por culpa de alguna corriente traviesa, habría ido a parar a un cuento de viejas. A uno de aquellos cuentos de monstruos marinos, de náufragos y sirenas que habían pasado de la bisabuela a la abuela y de esta, a la madre de Benicio. ¡Qué cuentos contaban aquellas ancianas tristes! Aquellas ancianas que un día se vestían de negro, se ataban el pañuelo a la cabeza y se sentaban a ver pasar las mareas hasta que las llevaban al cementerio.”

Y triste como las ancianas es la historia de Benicio, pues, en la línea de los mejores narradores -no solo de historias para niños-, Barrenetxea demuestra que para contar una buena historia es preciso despojarse de reparos y de pelos en la lengua; que es necesario el conflicto y que hay cabida para cierta crueldad, siempre que esta, por supuesto, venga aderezada, como es el caso, con el elegante y certero sentido del humor de todos sus títulos.
Así que Vds. ya saben, vean, vean y lean, lean la historia de Benicio y el Prodigioso Náufrago del genial Barrenetxea.


sábado, 5 de noviembre de 2016

GOLIAT (TOM GAULD)



Me encanta la épica, uno de los géneros más populares y que de manera más inmediata satisface el hambre de historias. No es casualidad, en efecto, que buena parte de las tradiciones literarias se hayan inaugurado con el género épico: la Ilíada de Homero, el Mahabharata indio, el Cantar de Roldán francés, nuestro Cantar del Mío Cid... Es cierto que las grandes gestas heroicas han perdido su espacio en la literatura contemporánea pero perviven en la memoria de todos como parte de la cultura popular y, además, sus tropos característicos alimentan el fantástico de Tolkien, C. S. Lewis y, por qué no, J. K. Rowling. No se indignen los puristas. El olifante que Boromir hace sonar in extremis en La comunidad del anillo es tanto o más célebre que el del Cantar de Roldán. De hecho, en mis clases de literatura griega proyecto fragmentos de El señor de los anillos de Peter Jackson para que mis cada vez más abúlicos alumnos se pongan en situación. Es una versión edulcorada del grado de violencia que una puede encontrar en la Ilíada o el Mahabharata, es cierto, pero menos da una piedra.
De un tiempo a esta parte, además, algunos autores se han colado por estrechísimos, casi invisibles, resquicios de las grandiosas historias para construir versiones más sentidas, no sé si más humanas, sí más contemporáneas, de grandes gestas. Lo hizo hace algunos años David Malouf con Príamo y Aquiles en Rescate. Lo hizo Irene Vallejo con Dido y Eneas en El silbido del arquero y, en cierta manera, lo ha hecho el genial dibujante Tom Gauld con su Goliat, que, ya es hora de decirlo, es el motivo que aquí me trae hoy.


Sé que en puridad el episodio de David y Goliat no es propiamente épica, sino un relato del Antiguo Testamento, pero estarán conmigo en que relata grandes gestas de varones y, además, con intervención de aparato divino. El caso es que con su trazo mínimo y sutil -los personajes más parecen esbozos- y su habitual talento para el humor, Tom Gauld nos regala una maravillosa reconstrucción -quizá debería utilizar aquí el término deconstrucción- del enfrentamiento entre David y el filisteo Goliat, donde el protagonista ya no es el improbable vencedor, sino el derrotado Goliat, un pobre administrativo, tranquilo y bonachón, víctima del absurdo burocrático y del egoísmo de un capitán deseoso de medrar. Suena estrambótico y no lo es, sino que la versión de Gauld resulta tierna, hermosa y también devastadora. Así que ustedes, anden atentos y, si consiguen encontrar el precioso volumen editado por la desaparecida Sins-Entido, lean, lean y vean, vean.