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sábado, 11 de marzo de 2017

UN POLICÍA EN LA LUNA (TOM GAULD)



Cada vez vengo por aquí más de tarde en tarde, ya lo ven, y no por falta de ganas. De hecho, he leído mucho y muy bueno desde que cambiamos de año, pero el trabajo y algún problemilla de salud me han tenido de lo más entretenida. Así las cosas, el responsable de devolverme a este lugar es, una vez más, Tom Gauld. Si hace unos meses les hablaba de su muy humana deconstrucción del Goliat del Antiguo Testamento, hoy es el turno del recién publicado Un policía en la luna (Salamandra). 

De nuevo elige Gauld un escenario propio para alardes épicos, allí el valle de Elah, aquí una luna colonizada por pioneros espaciales. Y de nuevo nos regala Gauld a un héroe de lo cotidiano, allí un administrativo bonachón, aquí un tipo que entretiene sus monótonos días bebiendo café, comiendo donuts -también los policías lunares cumplen el estereotipo-, reconduciendo a díscolas adolescentes, buscando a perros perdidos y ayudando a encantadoras ancianas. Lejos quedan los tiempos en que la luna se presentaba como un Nuevo Mundo repleto de posibilidades. Ahora es un páramo yermo cada vez más solitario en el que nuestro héroe pasa sus solitarios días, víctima de innumerables servidumbres tecnológicas de lo más reconocibles. Hete aquí, sin embargo, que un expendedor automático de café es sustituido por una cafetería con una camarera de carne y hueso y un rayo de esperanza, la que ofrecen la solidaridad  y la amistad -aun la casual-, compensan el tono melancólico y crepuscular del volumen, hasta entonces solo aliviado por el humor.
Como no podía ser de otra manera, esta deliciosa historia viene revestida del sencillo, sobrio y elegante trazo de Gauld, cuya narrativa gráfica se basa en la repetición con leves variaciones -atiendan a ese edificio de apartamentos que va perdiendo módulos según se vacía el satélite-, y referencias sutiles a otros “cronistas” de la soledad como Edward Hopper.
Una maravilla, ya ven, así que lean, lean y vean, vean. 

sábado, 5 de noviembre de 2016

GOLIAT (TOM GAULD)



Me encanta la épica, uno de los géneros más populares y que de manera más inmediata satisface el hambre de historias. No es casualidad, en efecto, que buena parte de las tradiciones literarias se hayan inaugurado con el género épico: la Ilíada de Homero, el Mahabharata indio, el Cantar de Roldán francés, nuestro Cantar del Mío Cid... Es cierto que las grandes gestas heroicas han perdido su espacio en la literatura contemporánea pero perviven en la memoria de todos como parte de la cultura popular y, además, sus tropos característicos alimentan el fantástico de Tolkien, C. S. Lewis y, por qué no, J. K. Rowling. No se indignen los puristas. El olifante que Boromir hace sonar in extremis en La comunidad del anillo es tanto o más célebre que el del Cantar de Roldán. De hecho, en mis clases de literatura griega proyecto fragmentos de El señor de los anillos de Peter Jackson para que mis cada vez más abúlicos alumnos se pongan en situación. Es una versión edulcorada del grado de violencia que una puede encontrar en la Ilíada o el Mahabharata, es cierto, pero menos da una piedra.
De un tiempo a esta parte, además, algunos autores se han colado por estrechísimos, casi invisibles, resquicios de las grandiosas historias para construir versiones más sentidas, no sé si más humanas, sí más contemporáneas, de grandes gestas. Lo hizo hace algunos años David Malouf con Príamo y Aquiles en Rescate. Lo hizo Irene Vallejo con Dido y Eneas en El silbido del arquero y, en cierta manera, lo ha hecho el genial dibujante Tom Gauld con su Goliat, que, ya es hora de decirlo, es el motivo que aquí me trae hoy.


Sé que en puridad el episodio de David y Goliat no es propiamente épica, sino un relato del Antiguo Testamento, pero estarán conmigo en que relata grandes gestas de varones y, además, con intervención de aparato divino. El caso es que con su trazo mínimo y sutil -los personajes más parecen esbozos- y su habitual talento para el humor, Tom Gauld nos regala una maravillosa reconstrucción -quizá debería utilizar aquí el término deconstrucción- del enfrentamiento entre David y el filisteo Goliat, donde el protagonista ya no es el improbable vencedor, sino el derrotado Goliat, un pobre administrativo, tranquilo y bonachón, víctima del absurdo burocrático y del egoísmo de un capitán deseoso de medrar. Suena estrambótico y no lo es, sino que la versión de Gauld resulta tierna, hermosa y también devastadora. Así que ustedes, anden atentos y, si consiguen encontrar el precioso volumen editado por la desaparecida Sins-Entido, lean, lean y vean, vean. 


miércoles, 31 de agosto de 2016

LA HERMANDAD DE HISTORIETISTAS DEL GRAN NORTE (SETH)



¡Qué no habré dicho ya por aquí acerca de la nostalgia como motor narrativo! ¡De las virtudes de adalides como Evelyn Waugh, Mary McCarthy, Truman Capote, Harper Lee, Salinger o, por supuesto, Michael Chabon! Resulta, pues, una feliz casualidad que el objeto de esta entrada, con la que alcanzamos la mareante cifra de trescientas entradas, al tiempo que cumplimos el octavo año de andadura, sea La Hermandad de Historietistas del Gran Norte, del dibujante Seth. Y resulta una feliz casualidad porque, a tenor de lo visto y leído en esta historia gráfica, Seth merece pasar a formar parte de la nómina antes citada.
En este precioso tomo, magníficamente editado por sins entido, propone Seth una visita guiada a la sede principal de la hermandad epónima, sita en Dominion (Canadá). Con la excusa de dicha visita, traza un recorrido por la historia -a veces real, a veces fingida- del cómic canadiense de buena parte del s. XX, que, como la sede misma, ha conocido tiempos mejores, aunque nunca tan buenos como se nos hace creer en un principio. Conocemos así, por ejemplo, al astronauta esquimal de Bartley Munn, la tira Nipper de Wright y tantos otros nombres, tan entrañables algunos, fascinantes otros, que una no se atreve a comprobar cuáles existieron realmente y cuáles son producto exclusivo del magín de Seth. Todo ello viene envuelto en páginas sobrias, todas ellas -cómo no- en blanco y negro y estructuradas en nueve viñetas. Solo ocasionalmente se rompe la unidad de la viñeta para transmitir impresión de movimiento. Sin embargo, pese al tono claramente descriptivo del conjunto, y a la práctica ausencia de acción y, casi diría, peripecia, una no se aburre durante la visita y casi querría poder viajar a Dominion a ver in situ ese salón plagado de árboles o las “celdas” en las que tantos nombres insignes pergeñaron sus tiras. Casi. Solo casi, no vaya a ser que todo lo visto y leído sea, como parece apuntarse en el emotivo y enternecedor final, un delirio nostálgico de Seth, pues la nostalgia, como señaló el Chabon de Los misterios de Pittsburgh, “tiende a exagerarlo todo”.
Quien desde aquí les escribe se limita, pues, a recomendarles que lean y vean y también que, si tienen ocasión, visiten esa maravilla escondida en el centro de Gijón que es la Librería Amarcord, cuyo entusiasta capitán ha puesto en mis manos esta joya y tantas otras durante este último año.
Y, por supuesto, ¡gracias por seguir visitando este lugar! ¡Seguimos!