jueves, 7 de agosto de 2014

22/11/63 (STEPHEN KING)



En el relato epónimo de Washington Irving, Rip Van Winkle se duerme bajo un árbol en una de sus habituales caminatas por el monte para descubrir, al despertar, que su esposa ha muerto, que EEUU ya no es una colonia británica y que lo que para él fue un breve lapso de tiempo fueron veinte años para sus vecinos. Algo parecido le ocurre al David de El vuelo del navegante, clásico de aventuras de los ’80, que recupera la consciencia tras un golpe para comprobar que lo que él interpretó como un instante fueron, extraterrestres mediante, ocho años para sus vecinos. Y, ya que hablamos de clásicos de los ’80, en el Regreso al Futuro de Zemeckis, Marty McFly viaja por accidente al pasado y evita, sin quererlo, que sus padres se conozcan, generando así un mundo donde ¡horror! él no existe.

Ya hace tiempo que literatura y cine se ocupan de la posibilidad de que el hombre viaje en la cuarta dimensión, a saber, el tiempo, y de las paradojas que tales viajes pueden generar: discrepancias temporales, mundos paralelos... En la encrucijada entre novela de terror, histórica y de ciencia ficción se halla esta 22/11/63, cuyo protagonista, Jack Epping, un profesor de lengua de 2011, encuentra una falla temporal en una hamburguesería venida a menos que permite viajar a septiembre de 1958. Cada viaje, se le explica, supone un nuevo reinicio y, al margen del tiempo que transcurra en el pasado, la vuelta al presente supone tan solo un gasto de dos minutos. No hay, pues, pérdida posible -salvo la de la cordura, claro- y Epping no tarda en asumir el gran reto que se le plantea, evitar el asesinato de Kennedy y, de paso, que la vida del conserje de su instituto no se vea brutalmente truncada en una terrorífica noche de Halloween de 1958. El pasado, sin embargo, es pertinaz y no quiere ser modificado y, como el popular “efecto mariposa” se ha encargado de enunciar, el más leve cambio puede terminar generando la mayor de las distopías. 

Tal es la peripecia planteada por la ambiciosa 22/11/63, que, en opinión de quien les habla, funciona mucho mejor en su primer cuarto, como novela de terror, que cuando en la línea -salvando las enormes distancias- de Doctorow, Vidal o el DeLillo de Libra, su autor se dedica a hacer novela histórica del siglo xx y le sigue los pasos al infame Oswald. Un tanto repetitiva resulta también cuando King se entrega al costumbrismo local y no le hubiera venido mal un pulido que eliminara vicios bestsellerianos como las dichosas anticipaciones del tipo de “o eso creí entonces”, “si hubiera sabido que”... usadas a modo de cliffhanger. Por lo demás, 22/11/63 es una ágil y entretenidísima historia que leer y disfrutar en la playa. 


domingo, 3 de agosto de 2014

HISTORIAS DE MANHATTAN (LOUIS AUCHINCLOSS)



Louis Auchincloss es a los knickerbockers lo que Nancy Mitford a la aristocracia inglesa en vías de extinción del período de entreguerras. Cronista lúcido e incisivo de una élite social amenazada acá por los nuevos ricos, allá por el crack del 29, acullá por el “diabólico” New Deal impulsado por Roosevelt, los conflictos que en esta magnífica colección de relatos se plantean apenas le son familiares al común de los lectores. Las casas de listones blancos en la que los wasps veranean, las fusiones entre empresas gestionadas por despachos de rancio abolengo y las tentativas de emparejamiento inspiradas por principios eugenésicos sin escrúpulos constituyen para él, para el lector digo, un mundo tan exótico como la más lejana de las islas, elementos extraídos de una tradición que hunde sus raíces quizá en Austen, en Henry James con más seguridad. Y ello a pesar de la relativa cercanía cronológica de la ambientación de alguno de sus relatos, como “La edad traicionera”. Auchincloss, como Mitford, retrata un mundo hoy extinto. Sin embargo, allí donde la aristócrata inglesa se mostraba exquisitamente frívola y desenfadada y mantenía cierta distancia incluso cuando trataba de su propia familia, Auchincloss es más grave y formal y también más hondo. Su compromiso para con sus personajes parece mayor y también su cercanía. No en vano, nueve de los diez relatos aquí editados están narrados en primera persona y el autor se muestra como un extraordinario ventrílocuo. Solo en “Las letras escarlatas” abandona este recurso y opta por la más clásica narración en tercera persona, complementada, eso sí, con un eficaz y soberbio juego de perspectivas en el que los tres agentes principales de un conflicto tan antiguo como el hombre, el adulterio, van descubriendo sus cartas para revelarnos, al final, que las cosas no eran como parecían; o sí, según se mire.
Si a todo ello añadimos una prosa exquisita -estupenda la traducción de Ignacio Peyró, por cierto-, rica y florida pero sin caer en los excesos del maestro James, entenderán nuestro entusiasmo y adivinarán que lo próximo que les voy a decir es que lean, lean. Lean Historias de Manhattan de Louis Auchincloss.


miércoles, 30 de julio de 2014

TRAVELLING SPRINKLER (NICHOLSON BAKER)



Damas y caballeros, bienvenidos de nuevo al show de Paul Chowder. ¿Recuerdan a aquel poeta entrañable que hace unos años intentaba a un tiempo escribir el prólogo de una antología significativamente intitulada Only Rhyme, superar el bloqueo creativo, recuperar a su exnovia Roz y dejar de golpearse una y otra vez su mano derecha? Está de vuelta, de la mano, cómo no, de Nicholson Baker, de cuyo optimismo y buen hacer hablamos por aquí hace tan solo un par de semanas.
Han pasado los años, Only Rhyme sigue siendo texto de referencia en los primeros cursos de unas cuantas universidades anónimas, Roz se ha emparejado con un ambicioso periodista dedicado a poner en jaque ciertas prácticas abusivas de la medicina tradicional y nuestro querido Paul ha sustituido la poesía por la composición digital. Hay mil maneras, afirma, de decir “hola” pero solo una de imprimirla sobre el papel. Todo lo demás es inferencia y proyección de parte del lector. La música, en cambio, ofrece más posibilidades de emitir la propia voz, de modo que ha llenado hasta los topes su ya célebre granero de teclados, altavoces, micrófonos...
No se lleven a engaño. Paul Chowder sigue siendo el mismo y mientras lucha en vano por componer una canción de amor para Roz y lee aburridos manuales de sintetizadores, habla, habla y habla sin parar, como el charlatán que es, sobre Debussy, Stravinsky, las reuniones cuáqueras, las gallinas de su vecina, el recién descubierto mundo de los puros habanos, los drones, la timidez política de Obama o la belleza de los aspersores de su jardín.
El afán de caracterización, eso sí, se vuelve esta vez manierismo y a mitad de camino, justo cuando Travelling Sprinkler se hace autorreferencial y se convierte en el libro que el propio Paul intenta escribir sobre cómo escribir canciones, Nicholson Baker se tambalea un poco y corre el riesgo de que su protagonista nos resulte cargante. Por suerte, Paul Chowder es tan entrañable y encantador, que consigue salir airoso -y hasta triunfante- del envite.
Desde aquí, por supuesto, solo podemos invitarles a conocer a este maravilloso gárrulo. Lean, lean... pero empiecen por aquí.


lunes, 28 de julio de 2014

BARK (LORRIE MOORE)



“Bye! Thank you for sharing my birthday with me!” Ira called out. Where affection fell on its ass, politeness could step up. But then there was the heat and sorrow again just filling his face.”
“Debarking”,
Lorrie Moore


Están hartos de oírme decir que desconfío de símiles y tropos, porque, utilizados en exceso, conducen a una prosa demasiado consciente de sí misma y por aquí, ya lo saben, apreciamos, sobre todo, la economía y sencillez, aun aparente, de un Salinger, un Vonnegut, un Roth o una Mary McCarthy. Hace ya tiempo, sin embargo, que señalo a Lorrie Moore como a una de mis prosistas preferidas alegando en su favor la brillantez de sus metáforas, osadas e imaginativas, sí, pero que se leen con absoluta naturalidad.
Es cierto que Bark no es la muestra más sobresaliente del genio de Moore pero igualmente hay en ella destellos brillantes no solo en lo que se refiere a los tropos sino también, y sobre todo, en sus diálogos. No en vano “Debarking” y “Foes”, acerca de una pareja sin esperanza y una discusión política de lo más acerada respectivamente, son, en opinión de quien les habla, los mejores relatos de esta colección. Nada parece impostado, todo encaja y los personajes son, en consecuencia, más reales y humanos.
¿Andan a la caza y captura de Literatura con mayúscula? Lorrie Moore no necesita peripecias ambiciosas ni epatantes epifanías. Toma una situación banal y cotidiana cualquiera y la vuelve extraordinaria a base de pequeños detalles concretos y dos armas fundamentales que todo escritor debería emplear: precisión y concreción.
Lean, lean. 


viernes, 18 de julio de 2014

DIOS NO ES BUENO (CHRISTOPHER HITCHENS)



Leía estos días Dios no es bueno de Christopher Hitchens y comparto en gran medida su apasionada defensa de la razón frente a la fe, la Ilustración frente al oscurantismo, la evolución frente al diseño -pretendidamente- inteligente, o, para ser más exactos, su valiente aunque violenta invectiva contra las religiones en general y los tres grandes monoteísmos en particular. Encuentro, de hecho, que, como él, bien podría definirme como humanista secular, confiando como confío en la existencia de un ius naturale, previo o ajeno a cualquier tipo de fe, por el que el común de los mortales se comporta “bien” con sus semejantes, lamentando que el Cristianismo se haya arrogado tradicionalmente, entre otras muchas cosas, el monopolio de determinados valores, y defendiendo, con la ayuda de Ockham y su navaja, que el mundo material ofrece maravillas suficientes para admirarnos, sin que haya necesidad de acudir a entidad metafísica alguna. Miren a su derecha y recréense, una vez más, con las más que lúcidas palabras al respecto del Woody Allen de Hannah y sus hermanas. Somos mera contingencia, fruto de mutaciones casuales que triunfaron o no en virtud del contexto en que se produjeron y, qué quieren que les diga, esto no deja de ser tranquilizador. Ayuda a poner en perspectiva nuestros desvelos. Lean, si no, Galápagos o Sirenas de Titán de Kurt Vonnegut y díganme si no salen reconfortados.
Son muchos los excesos cometidos en nombre de la religión, como los terribles atentados del 11S, de un lado, y la perversa interpretación que de ellos hicieron ciertos desaprensivos en clave de castigo bíblico por la claudicación ante la homosexualidad (¡¡¡!!!), de otro, y en esta línea el ensayo de Hitchens proporciona una nutrida batería de sólidos argumentos de índole diversa: mutilación genital, trabas a innumerables avances de la Ciencia que reportaron o reportarán enormes beneficios a la Humanidad, hipocresía -¡atención a sus palabras sobre santa Teresa y Gandhi!-, zafia manipulación en la factura de milagros, inmoralidad manifiesta... Sí es cierto, sin embargo, que llevado por el apasionamiento, a veces resulta un tanto tramposo -cuando Gandhi se equivoca, lo hace merced a su religiosidad, cuando el reverendo Martin Luther King es digno de encomio, se comporta de modo distinto a como dicta su confesión- y que a propósito del carácter sacro de las vacas de la India, Marvin Harris resulta mucho más convincente, pero, por lo demás, Dios no es bueno de Hitchens es de lo más recomendable. Así que ustedes, ya saben. Lean, lean.