sábado, 7 de julio de 2012

UNA MEZCLA DE FLAQUEZAS (ROBERTSON DAVIES)


Hace cosa de un año reseñaba por aquí la novela inaugural de la Trilogía de Salterton de Robertson Davies, A merced de la tempestad, y decía con una metáfora bastante lograda, creo, que, pese a la evidente inferioridad con respecto a la Trilogía de Deptford y, más aún, a la de Cornish, se vislumbraban ya en ella chispas del enorme talento que Davies acabaría demostrando; de su talento y de los rasgos definitorios de su escritura: intelectualismo, ironía, sentido del humor, leitmotiv...
Pues bien, completada hoy la trilogía tras la lectura de Levadura de malicia y Una mezcla de flaquezas, me atrevo a ir más allá y a apuntar que, puesta en perspectiva, esta última novela en particular, y la trilogía en la que se inscribe en general, puede considerarse una primera versión de la de Cornish: la administración de un legado, la educación formal y sentimental de una joven, la batalla entre la tradición heredada y los valores posteriormente asumidos... son temas comunes a este título y Ángeles rebeldes y La lira de Orfeo, si bien éstas son más profundas y sofisticadas y vuelan a mucha mayor altura que aquella. Se resiente Una mezcla de flaquezas, creo, de una protagonista un tanto plana -ipsa dixit- casi hasta el mismo desenlace de la historia, donde muestra una doblez y una sangre fría sorprendentes, dada su bisoñez. Y se resiente también, quizá, de cierto exceso en su extensión, hasta el punto de resultar un tanto tediosa en su parte central.
Vds., no obstante, lean. Lean y disfruten. Pues hablamos de Robertson Davies, y eso son, aun en sus comienzos, palabras mayores.


martes, 3 de julio de 2012

INTERREGNO (XV)


Frente a lo que pudiera parecer y Vds., mis suspicaces amigos, hayan podido imaginar, no les he abandonado. Sucede simplemente que este año el final de curso se ha presentado un poco más ajetreado de lo habitual y que los preparativos de una ceremonia de graduación para una promoción dorada se han llevado las escasas energías que a estas alturas de año me quedaban. Con todo, he leído, aunque no se lo haya contado.
He leído, por ejemplo, la más que lírica Una puerta que nunca encontré de Thomas Wolfe, de la que aquí les dejo una perla sobre el otoño como motor de la nostalgia:
“Todas las cosas en la tierra se dirigen a casa en octubre: los marineros al mar, los viajeros a sus trenes, los cazadores al campo y la hondonada, el amante al amor abandonado: todas las cosas vivientes sobre la faz de la tierra regresan, regresan.”
He leído también la un tanto decepcionante Un blues mestizo de Esi Edugyan, sobre la que habrán podido leer en el Qué Leer del pasado mes de junio, así como la estomagante Efecto noche de Reiken, sobre la que podrán informarse en el inminente número de verano de la misma publicación. Yo que Vds., sin embargo, dedicaría mejor mi tiempo al Wolfe más arriba citado o, por ejemplo, a la travesura que el infravalorado William Boyd pergeñó con Nat Tate hace ya unos cuantos años. En ella no sólo traza Boyd la enigmática y atormentada peripecia vital de un artista pictórico de los ’50 y primeros’60, sino que con su lanzamiento denunció la hipocresía y superficialidad del establishment artístico-cultural de nuestros días, pues no fueron pocos los que afirmaron haber conocido en persona a Nat Tate antes de que Boyd reconociera que era un producto exclusivo de su magín. Ejem...


En fin, lo dicho. Que estamos de vuelta y que tengan Vds. un más que feliz verano.

lunes, 21 de mayo de 2012

FIRST AND LAST (MICHAEL FRAYN)


No ando demasiado gárrula esta temporada. El final de curso se ha presentado este año de lo más borrascoso stricto latoque sensu y no consigo sacar todo el tiempo que me gustaría al negro sobre blanco. Ando ahora mismo enfrascada -y de momento, no demasiado emocionada- en Efecto noche de Reiken, que compagino estos días con el de nuevo tardío Qué Leer de mayo, donde todos Vds. pueden -¡y deben!- leer el entretenidísimo diario de viaje del siempre lúcido y certero Antonio Lozano a la muy académica ciudad de Ithaca. Por cierto que su introducción sobre la fiebre neoclásica que “afectó” a la zona en el siglo XIX me ha provisto de unos cuantos ejemplos más sobre la presencia de lo clásico en el mundo contemporáneo. Pero esa es otra historia. Si hoy abandono mi retiro, es para intentar hacerle justicia, una vez más, al siempre soberbio Michael Frayn, del que hace poco que leí First and Last

Es ésta una comedia sin pretensiones sobre la aventura de un jubilado, que decide abandonar su apocamiento y timidez vital para recorrer Inglaterra longitudinalmente, a pie y en solitario, con la única compañía de su úlcera y de los conductores, granjeros y sin-techo ocasionales que le van saliendo al paso; sobre su aventura y el efecto que en su más que escéptica y timorata familia tiene. El punto de partida es ciertamente prometedor, al menos, para esta lectora, igualmente apocada, a la que en un futuro no demasiado lejano le gustaría hacer algo parecido... Pero es que además todo ello viene envuelto en el estilo impecable de Michael Frayn, irónico, divertido y atento hasta al más mínimo detalle. Así que románticos y estilistas que en el mundo son, lean, lean First and Last.


sábado, 5 de mayo de 2012

ALGÚN DÍA ESTE DOLOR TE SERÁ ÚTIL (PETER CAMERON)


“Las pequeñas cosas, como usar correctamente el lenguaje, son lo que hace funcionar al mundo. Funcionar correctamente, quiero decir. Si no hacemos caso de esas pequeñas cosas, el caos se impondrá. Esa clase de errores son pequeñas grietas en la presa y usted cree que no importan, pero se acumulan, sus errores y los de todos los demás, y entonces sí que importan.”
Algún día este dolor te será útil
Peter Cameron
No por casualidad se cierra esta edición de Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron (Libros del Asteroide) con una cita de Salinger, pues su protagonista, James Sveck, es heredero directo del bueno de Holden Cauldfield. Sensible hasta decir basta, más papista que el Papa, solitario e inadaptado, James Sveck se mueve por el Nueva York estival tratando de evitar la senda más transitada y vulgar, la Universidad. Si Holden se rebelaba contra la falta de autenticidad del mundo circundante, James, un punto elitista, choca contra la vulgaridad y zafiedad de sus congéneres pero sufre, sobre todo, por el enorme desajuste existente entre el pensamiento y su formulación. Y si tal es la brecha existente entre la idea y las palabras, ¿por qué molestarse en hablar? Wittgenstein dixit. De modo que se resiste a abrirse a sus divorciados y disfuncionales padres, a su diletante hermana y a su exasperante psiquiatra y, como todos los introvertidos que en el mundo son, guarda sus angustias y temores para sí y, por suerte, también para nosotros. Por suerte, digo bien, pues como narrador James es inteligente, lúcido, brillante y, curiosamente, muy muy divertido.
Algún día este dolor te será útil es una pieza brillante en su forma y conmovedora en su fondo, si es que tal distinción –la de fondo y forma, digo- existe. Al fin y al cabo, el bueno de James tiene más razón que un santo en lo que se refiere a las palabras que presiden esta entrada: el uso correcto del lenguaje hace funcionar al mundo. Y novelas como esta hacen que la vida valga mucho más la pena. Así que, ya saben, lean lean.

jueves, 12 de abril de 2012

BOMBÁSTICA NATVRALIS (IBAN BARRENETXEA)

Una de las innumerables virtudes de la progenitora de quien desde aquí les escribe es su impecable gusto literario. A ella le debo el conocimiento de Philip Roth, merced a La mancha humana, y de Ian McEwan, merced a su Expiación, entre otros. ¡Ahí es nada! Con ella comparto mi devoción por los Glass de Salinger y el gusto por la refinada comedia inglesa de la primera mitad del s. XX y, si sigo leyendo casi todo el gótico sureño que cae en mis manos, es, sin duda, gracias a ella, que me dio a conocer a Tom Sawyer y que, siendo yo cría, vio conmigo cuantas películas se han hecho sobre el más profundo Sur. Lo dicho, ¡ahí es nada! La deuda se remonta incluso más atrás. Visito la sección de libros infantiles de grandes librerías y me da pena no encontrar en ellas rastro de los grandes y maravillosos álbumes de Richard Scarry -¡ay, la familia Marranga!- o joyas como Mamá cerda ya no está enfadada, que mi madre leyó una y otra vez con mi hermana y conmigo. Sirva, pues, este párrafo de sentido reconocimiento pero también de introducción a un nuevo hallazgo. Y es que ha vuelto a hacerlo.

En esta ocasión me ha descubierto a un maravilloso dibujante y escritor vasco, de nombre Iban Barrenetxea, autor, entre otros álbumes, de una maravilla llamada Bombástica Naturalis, que nadie con un mínimo de gusto debería perderse. Se trata de un delicado y divertidísimo álbum que recopila una pléyade de imposibles e increíbles especies vegetales, todas ellas convenientemente bautizadas con su nombre latino perfectamente declinado y magistralmente ilustradas y glosadas con una prosa brillante.

Así que háganme caso y miren, miren y lean, lean.

miércoles, 11 de abril de 2012

QUE EL VASTO MUNDO SIGA GIRANDO (COLUM MCCANN)

El mismo día que El País publica un interesante artículo sobre la densidad del genio literario irlandés termino de leer Que el vasto mundo siga girando de Colum McCann, justa vencedora del National Book Award de 2009. Leído lo leído en esta espléndida novela, bien puede decirse que McCann hace justicia a sus orígenes y a sus célebres y talentosos predecesores, por más que por temática, ambición, emoción y nervio, entronque más bien con la tradición estadounidense.

Es ésta, ciertamente, una novela total, otra más de esas grandes novelas americanas, que reúne bajo sus tapas a un puñado de personajes de diversa condición, vinculados entre sí por haber sido testigos de una hazaña excepcional: cómo Philippe Petit caminó sobre un cable tendido entre las ya extintas torres del World Trade Center el 7 de agosto de 1974. Desconfío por sistema de las novelas corales. Con frecuencia me da la impresión de que los vínculos son forzados y de que más le habría valido a su autor mostrarse más drástico en la toma de decisiones. Ésta, sin embargo, funciona como un reloj suizo. Todas y cada una de las partes están perfectamente engranadas y las pistolas y teléfonos que por aquí y por allá se asoman sutilmente, terminan por dispararse y sonar sin anunciarse apenas. Con elegancia y discreción, vaya. Como debe ser. Y además, emociona. Así que háganme caso y lean, lean.


Cuando lo hagan, eso sí, tengan a mano un lápiz para restituir todas las tildes que sobre los adverbios interrogativos ha omitido en construcción indirecta Jordi Fibla en su por otra parte impecable traducción. ¡Ay!

sábado, 7 de abril de 2012

LA MÁSCARA DEL MONO (DOROTHY PORTER)

El arte es ciertamente forma. Estructuralistas como Propp probaron ya a comienzos del XX que, despojadas de adornos y reducidas a su mínima expresión, las múltiples tramas que en apariencia son pueden reducirse a unas pocas, formadas siempre a partir de las mismas piezas. Sin embargo, seguimos leyendo, suspendiendo nuestro juicio, dejándonos sorprender por la peripecia de esta o aquella historia y, sobre todo, apreciando más o menos los modos en que el autor ha elegido adherirse a o apartarse de un género.

Pocos géneros hay tan firmemente prefijados como la novela negra, donde una espera encontrar siempre su detective de hábitos poco saludables y prácticas autodestructivas, de vuelta de todo, su femme fatale y un caso en apariencia intranscendente cuyas implicaciones no acertó a calcular en un primer momento el un tanto cínico protagonista. La máscara del mono de Dorothy Porter no es una excepción, por más que su protagonista no sea un avejentado expolicía fondón dado al bourbon, sino Jill, una treintañera lesbiana que investiga eventuales fraudes para una compañía de seguros y complementa sus ingresos como detective freelance.

Y, sin embargo, la obra de Porter sorprende por su originalidad. Para empezar, por la intensidad del elemento erótico, que prácticamente relega la previsible trama detectivesca a mero macguffin. Para seguir, porque, pese a su innegable carácter narrativo, ¡está escrita en verso! Sus capítulos son breves y potentes poemas con entidad propia pero se leen como la más absorbente de las prosas. De hecho, como advierte uno de los paratextos de la edición de La otra orilla y el propio traductor, Enrique de Hériz, en su inteligente y generoso prólogo, cuesta no leerla de un tirón.

Así que háganme caso, no se dejen amilanar por el formato y lean. Lean la magnífica La máscara del mono de Dorothy Porter.