sábado, 15 de agosto de 2009

GALÁPAGOS (KURT VONNEGUT)

"No era del todo una comedia, ni tampoco un asunto supuestamente serio"
Galápagos
Kurt Vonnegut

No ando muy sobrada de tiempo últimamente y estos días parecen acumulárseme las actividades, ya de ocio, ya de trabajo, pero no sería de recibo que no dedicara al menos unas líneas a glosar los muchísimos aciertos de una de las novelas leídas durante la semana pasada en ese vergel llamado Madeira: Galápagos de Kurt Vonnegut.

En esa magnífica colección de perlas que el genial hoosier reunió en Un hombre sin patria poco antes de su muerte son varias las alusiones al modo en que la euforia termodinámica del hombre ha conseguido cargarse el planeta Tierra en menos de dos siglos y a la irrefutable constatación de que al hombre no le gustaba estar aquí. No extraña, así pues, la línea argumental de Galápagos (1985), en la que Vonnegut narra la quasi destrucción de la Humanidad y su salvación in extremis por obra del Azar y de una singular y heterogénea partida de personajes enrolados en el "Crucero del siglo para el Conocimiento de la Naturaleza". Es precisamente el naufragio en las Galápagos de dicho crucero -significativamente llamado Bahía de Darwin- el que propiciará la supervivencia de la Humanidad, si bien a su manera. Pues las peculiaridades genéticas de ese grupo que el Azar se ha encargado de reunir, las condiciones ambientales de las islas y la Ley de Selección Natural, tal y como la formuló Darwin tras el viaje del Beagle, determinarán enormemente esa nueva Humanidad y la librarán en un millón de años de la que el narrador fantasma identifica con su mayor tara: nuestro cerebro.

"Ningún ser humano podía atribuirse él solo el mérito de haber creado ese cohete, que iba a funcionar con tanta perfección. Era el logro colectivo de todos los que habían concentrado los voluminosos cerebros en el problema de cómo capturar y comprimir la difusa violencia de que es capaz la naturaleza, y arrojarla en paquetes relativamente pequeños sobre el enemigo."

(ibidem)

El buen Vonnegut no se anduvo nunca con rodeos ni complejos. Y esta obra es una estupenda muestra de la originalidad, acidez, lucidez, humor y sorprendente ternura con los que diseccionó al Hombre, en cuya bondad, pese a todo, debió creer hasta el final; como el gran humanista que, sin duda, fue. Uno de los últimos.


domingo, 2 de agosto de 2009

SHANGRI-LA: DERIVAS Y FICCIONES APARTE

De nuevo acaba de llegar a puerto Shangri-La y lo ha hecho en esta ocasión cargada de reflexiones sobre una de las mejores literaturas posibles, la norteamericana, encarnada en las magníficas novelas y relatos de Richard Ford. Apenas he tenido tiempo de echar un vistazo al más que jugoso contenido de la bodega, donde, por cierto, se guarda un breve pero cariñoso retrato nuestro de ese antihéroe americano por excelencia que es Frank Bascombe (p. 227).

Lo que sí he leído con atención es el lúcido, perspicaz y, en fin, magnífico artículo que Juan Miguel Ariño dedica a desentrañar y explicitar las grandes virtudes de lo mejor de esa narrativa que a tantos nos ha enamorado: "Richard Ford y la literatura norteamericana" (p. 233). Me refiero, por supuesto, a Melville, Twain, Fitzgerald, Salinger, Roth, Bellow, Franzen, Chabon y tantos otros, entre los que con la luz propia de los grandes brilla Richard Ford; el Richard Ford, sobre todo, que, insisto, tuvo el valor de dedicarle más de 1700 páginas a un hombre tranquilo como Frank Bascombe.

Si Vds. son listos, harán lo mismo y tras acceder aquí mismo a la bodega, leerán también el artículo y, sobra decirlo, El periodista deportivo, El Día de la Independencia y Acción de Gracias del mejor Ford de los posibles.



miércoles, 29 de julio de 2009

CUENTOS REUNIDOS (SHERWOOD ANDERSON)

"Sunstreak llegó en primer lugar, claro, y pulverizó el récord mundial de la milla. Aunque nunca vea nada más, al menos habré visto aquello".

"Quiero saber por qué"

Cuentos reunidos, Sherwood Anderson

Cuenta Richard Ford en el prólogo de la magnífica Antología del cuento norteamericano (Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, 2002) que escribió su primer cuento a los 19 años justo después de leer "Quiero saber por qué" de Sherwood Anderson. El anecdotario literario anglosajón relata que este mismo cuento impresionó poderosamente al mismo Hemingway y que fue al conocer a Anderson cuando un joven llamado William Faulkner decidió hacerse escritor. Faulkner, Hemingway, Ford. Ahí es nada. Sobran las palabras. Y, sin embargo, poco es lo que suele decirse sobre aquel hombre de Ohio al que el periódico de su pueblo despidió con una escueta nota que rezaba tal que así: "Muere Sherwood Anderson, antiguo industrial de Elyria". Lo peor, sin embargo, no es que no triunfara en vida, sino que todavía hoy siga sin reconocerse como es de justicia el talento de un autor capaz de joyas como algunas de las que Lumen ha incluido en la antología recientemente editada (abril de 2009) que aquí me ocupa hoy. Me refiero, sobre todo, al ya citado "Quiero saber por qué", al "Soy un idiota" o a "El hombre que se convirtió en mujer", los tres ambientados en las carreras de caballos, o mejor, en el backstage de las mismas.

Los protagonistas de estos relatos son muchachos de pueblo, sencillos, humildes, que duermen en establos, pasan el rato con amigos como ellos y se ganan la vida cuidando de un caballo al que siguen de carrera en carrera y al que miman como si de su novia se tratase. Los personajes de Anderson viven por y para "su" caballo, en torno al cual gira todo lo que de veras consideran importante en la vida. Su pasión es envidiable, por más que el caos y la brutalidad circundantes acaben por lo general golpeándolos con fuerza, frustrando sus ilusiones y, en suma, poniendo fin a su inocencia.

Dice Ford en el ya mentado prólogo que los relatos de Anderson plasman a la perfección la insuficiencia de la vida. Es cierto. Una quisiera que todo en la vida fuera bienestar, placidez, pasión, revelación... y, sin embargo, mucho -siempre demasiado- es lo que hay que soportar de dolor, angustia, indolencia y brutalidad. Claro que si todo fueran luces y momentos de epifanía como los experimentados ocasionalmente por los "héroes" de Anderson, ¿cómo podríamos reconocer su valor? Las luces sólo lo son por oposición a las sombras. Lo excelente y lo singular sólo puede definirse por contraste y oposición con lo vulgar. El genio de Sherwood Anderson consiste precisamente en reunir en relatos concisos y, al menos en apariencia, poco sofisticados -es llamativa la, por supuesto, buscada dispersión de sus narradores- lo mejor y lo peor de los habitantes del Medio Oeste y también de todos nosotros.

Así que, por favor, lean. Lean y descubran de qué maravillas fue capaz aquel "antiguo industrial de Elyria".

domingo, 19 de julio de 2009

LOS DÍAS CONTADOS (MIKLÓS BÁNFFY)

"A ojos del infinito todo orgullo no es más que polvo y arena."
Lev Tolstoi

Hace ya casi tres años que me metí en esto de la blogosfera y la verdad es que sigue divirtiéndome tanto como el primer día. Para empezar, viene mejor que bien para aclarar las ideas después de cada lectura. Y, para seguir, gracias a este lugar y a mi tejado anterior he conocido a unos cuantos amigos que espero no me tachen de pedante o, aun peor, de cursi, si digo que me han convertido en mejor lectora. El caso es que el pasado mes de junio y durante la Feria del Libro de Madrid una de las habituales de este lugar -no sé quién exactamente, aunque tengo mis sospechas- visitó la caseta de Libros del Asteroide y de charla con Luis Miguel Solano le comentó que había sabido de algunos de los títulos de su catálogo por este lugar. Y el Sr. Solano, haciendo gala una vez más de ese cuidado exquisito por el detalle y por sus lectores me escribió para agradecerme la atención prestada desde aquí a sus títulos y para ofrecerme uno de los últimos de su catálogo, Los días contados de Miklós Bánffy.

Es de justicia, así pues, que dedique hoy esta entrada a glosar esta gran y ambiciosa novela que, pese a estar escrita en 1934, muy bien podría remontarse unas cuantas décadas más atrás. Ambientada en los primeros años del XX,
Los días contados es la crónica del final del Imperio Austro-Húngaro y de una manera de gobernar, de pensar y, en suma, de vivir a la que dio carpetazo la Gran Guerra, como muy bien augura Thomas Mann al final de La montaña mágica al despedir a "nuestro hijo mimado de la vida", Hans Castorp. Por cierto que esta mención al Meister alemán no es casual, pues leyendo a Bánffy, una reconoce lo mejor de una tradición literaria, la centroeuropea, liderada por el propio Mann y encarnada por otros como Stefan Zweig: los escenarios aristocráticos, la rigidez de las convenciones, los lances de honor, los amores torturados e imposibles, el spleen, el ritmo pausado, la prodigalidad de las descripciones, cierta morosidad de la trama...

Dicha trama reposa en las figuras de Bálint Abády, joven conde, que acaba de regresar a Hungría para asumir nuevas responsabilidades en el Parlamento; su primo László Gyeróffy, músico en ciernes y eterno desarraigado; y Adrienne Miloth, vieja amiga y enamorada del conde Bálint, infelizmente casada y atormentada por su brutal marido. Mientras Bálint y Adrienne luchan en vano por consumar u olvidar su pasión, según el caso, el buen László se deja llevar por los placeres mundanos y engañosos del triunfo social y es absorbido en una vorágine de alcohol y juego. Y entre tanto, como telón de fondo, la mecha nacionalista prende en Hungría y desafía a la autoridad austríaca, numerosas voces claman por el sufragio universal, los rumanos reclaman el derecho a la autodeterminación -¿por qué este término parece aquí fuera de lugar?-, el ejército imperial toma el Parlamento por la fuerza, etc.

Toda una forma de vida se viene abajo, como ya he dicho. El título de
Los días contados no puede ser, pues, más significativo y programático. También otros autores como Evelyn Waugh o, aun mejor, Nancy Mitford, fueron cronistas de la extinción, pero donde estos privilegiaron el humor y la ironía, Bánffy, como buen centroeuropeo, adopta otra perspectiva más seria, melancólica y rotundamente fatalista, en la que el Destino hace y deshace como "el mejor de los dramaturgos".

Poco más me queda por decir, salvo que lean y disfruten y, por supuesto, que gracias: a Luis Miguel Solano en particular y Libros del Asteroide en general, a la lectora anónima que propició el regalo, y a todos Vds. por seguir viniendo por aquí.



domingo, 12 de julio de 2009

OMEGA EL DESCONOCIDO REVISITED (JONATHAN LETHEM)

"Sí. Has estado aquí antes por mucho que quieras fingir lo contrario. Estas formas te resultan muy familiares. De hecho, si no supieras que no es así, sospecharías que las habías generado desde tu interior. Pero echar las culpas a la víctima no sirve para nada. Es mejor empujar a las formas que te atormentan de regreso a los bordes de esta pequeña franja de terreno que es tu casa hoy en día. Al fin y al cabo, si esta va a ser tu compañía, mejor estar solo. Lo malo es que las formas en los límites de tu mundo tienen sus propias prioridades. Incluso pudiera ser que creyeran que están soñando contigo y no al revés."

Omega el desconocido

Jonatham Lethem

A comienzos de los años '70 del pasado siglo Marvel publicó diez números, tan sólo diez, de un nuevo cómic protagonizado por un adolescente huérfano superdotado recién llegado a Hell's Kitchen y un hermético alienígena. Omega el Desconocido, que así se llamaba la nueva serie, obra de Steve Gerber, Mary Skrenes y Jim Mooney, recibió pronto el carpetazo de Marvel. No encajaba con el espíritu popular de la marca, ni siquiera tras el añadido con calzador de héroes más populares y típicos.

Para el momento del final de la serie, el primer número de Omega ya había pulsado "todos los botones" de Jonatham Lethem, por entonces adolescente. Así que cuando hace unos pocos años Marvel invitó al autor de las magníficas Huérfanos de Brooklyn o La fortaleza de la soledad -que Vds. no deberían perderse, por cierto- "a plasmar en el papel su amor por el medio", Lethem no dudó en homenajear a Omega demostrando una vez más, por un lado, que las lecturas de la infancia y adolescencia nos determinan como pocas; por otro, que la nostalgia es uno de los más potentes motores narrativos que en el mundo están.

Lo que ofrecen Lethem & co. no es, sin embargo, una secuela del Omega original, sino una revisión del mismo, fiel al espíritu del número inaugural y libre de las imposiciones que lo "contaminaron" en su día, pero también una historia nueva y con entidad propia:

"Una vez se ha satisfecho el respeto al texto original, se abre un mundo nuevo que es adecuado a aquel, repleto de referencias e incluso apropiaciones, pero completo por sí mismo e ignorante de cualquier tipo de continuidad"

dice Celes J. López en el prólogo de la edición española.

Y lo que ofrecen Lethem & co. es la historia de Titus Alexander Island, un misterioso adolescente de catorce años, huérfano, inteligente y extremadamente racional pero poco ducho en eso que los psicólogos han dado en llamar "relaciones interpersonales", carne de cañón para los matones de su nuevo instituto. Y no sólo para ellos, pues lo que, sobre todo, hace singular a Alex es que es el objetivo de un sinfín de robots, que lo persiguen para matarlo y que se expanden geométricamente merced a una sofisticada biotecnología sufragada y distribuida por una cadena de comida rápida. ¿Extraño? Pues aún hay más. En su particular aventura contará con la ayuda de un alienígena de pertinaz silencio con el que se haya extrañamente vinculado, Omega, no un superhéroe al uso, sino un ser tan frágil como resistente; como Alex.

Todo esto y mucho más nos es relatado por un narrador omnisciente encarnado en escultura y autoproclamado "yonki narrativo" en una de las abundantes rupturas de la ilusión poética que interrumpen la historia para regalarnos hermosas reflexiones como la que abre esta entrada o perlas concentradas de sabiduría como la que sigue:

"Un estado básico. Vives en los desastres creados por otros. Pero ser aseado importa."

Omega, el desconocido, que tiene la cualidad misteriosa, inquietante, sugerente y ambigua de los sueños, es una hermosa historia sobre los peligros de la alienación y de ciertos avances de la ciencia frente a la individualidad y la originalidad de cada cual, además de ser, por supuesto, más que divertida.



martes, 30 de junio de 2009

MAPS & LEGENDS (MICHAEL CHABON)

"A detective novelist or a horror writer who made claims to artistry sat in the same chair at the table of literature as did a transvestite cousin at a family Thansgiving. He was something to be allowed for, indulged, pardoned, excused, his faboulous hat studiously ignored."
Maps & Legends
Michael Chabon
El otro día mencionaba de pasada el nombre de Michael Chabon y lo llamaba "amable campeón de la nostalgia". No era tan pedante hace unos meses cuando a propósito de Gentlemen of the road reconocía con la contraportada de la preciosa edición de Ballantine Books que Chabon es hoy por hoy el escritor más cool de América. Y que no sólo es cool, sino también lúcido, inteligente y, sobre todo, divertido lo demuestra la magnífica colección de artículos titulada Maps and Legends, que viene envuelta además en otra preciosa edición, en este caso de McSweeney's Books. Tenía Vd. razón, Sr. Krmpotic'.

En ella reivindica Chabon para la Literatura con mayúsculas las historias de aventuras y de terror, las entretenidísimas historias "con historia", por así decirlo, que a todos los lectores que en el mundo somos nos ganaron para esto y que de unas décadas a esta parte sufren la mirada condescendiente de otros relatos en los que no ocurre nada, salvo quizás -sólo quizás- la revelación epifánica del final.
I read for entertainment, and I write to entertain,
afirma, sin que ello redunde en perjuicio de su altura como escritor. O no debiera hacerlo, vaya. Lo entretenido no es necesariamente menos serio ni literatura de menor calado que lo aburrido. Eso sí, convendría ensanchar el alcance del término, pues la etiqueta de "entretenimiento" abarca para Chabon todo placer resultante del encuentro de una mente despierta con una página de literatura.

Y como muestra de lo anterior, dedica páginas y páginas a reflexionar sobre las virtudes y defectos -pocos, muy pocos- de las historias d
e Sherlock Holmes, de cómics como los de Will Eisner o las más que sorprendentes fuentes de donde uno puede tomar la inspiración: los relatos de Conan Doyle, un libro de mitología nórdica, los espacios en blanco del mapa de una ciudad en proyecto, las historias familiares, o la baqueteada leyenda del Golem de Praga. De tan heterogéneos lugares extrae Chabon material para su obra, sobre la que escribe en los capítulos finales de estos Maps and Legends haciendo frecuente burla de sí mismo, sobre todo, de sus comienzos como escritor. Y al tiempo que trata, a su original manera, de sus Misterios de Pittsburgh, de sus divertidísimos Chicos prodigiosos, de Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay o El sindicato de Policía Yiddish, reflexiona sobre el tan traído y llevado pacto de ficción, los difusos límites entre la verdad y la mentira y la sorprendente y maravillosa facilidad con que los lectores -ingenuos y avezados- caen en la trampa de creerse la mistificación ideada por ese embustero y estafador que es todo buen escritor.

Como siempre, un pla
cer.


domingo, 21 de junio de 2009

PEQUEÑO, GRANDE (JOHN CROWLEY)

"Comoquiera que sea, todo esto aconteció hace mucho, mucho tiempo: el mundo, ahora lo sabemos, es como es y no de otra manera; si hubo alguna vez un tiempo en el que existieron pasillos y puertas, y fronteras abiertas y encrucijadas numerosas, ese tiempo no es el ahora. El mundo se ha vuelto más viejo. Ni siquiera el clima es hoy como el que recordamos de otras épocas: nunca en los nuevos tiempos hay un día de estío como los que rememoramos, nunca nubes tan blancas, nunca hierbas tan fragantes ni sombra tan frondosa y tan llena de promesas como recordamos que pueden estarlo, como lo fueron en aquellos tiempos."

Pequeño, grande

John Crowley

Los bravos y esforzados capitanes de esa intrépida nave que con el nombre de Shangri-La surca los mares ajena o no, según le plazca, a los vaivenes de corrientes y mareas, preparan para dentro de unos meses un número dedicado a la Memoria. Esta grumete que desde aquí les habla ha decidido enrolarse de nuevo en su tripulación para recoger las otoñales hojas que de aquí y allá se desprendan y tratar de la nostalgia, prima encantadora y un tanto tornadiza de la memoria. Y como estoy firmemente convencida de que hasta para frotar con agua y jabón la cubierta de madera de un buque hay que estar bien preparada, llevo ya un tiempo haciendo eso que un tanto pretenciosamente algunos han dado en llamar labor de documentación y he dedicado las tres últimas semanas a leer la enorme Pequeño, grande, de John Crowley.

Muchos no habrán leído nada de John Crowley. Algunos ni lo habrán oído mentar siquiera. Y no es de extrañar, pues sus relatos y novelas tienden de manera casi endémica y sorprendentemente coherente con su poética a desaparecer de catálogo. Y digo esto porque más que un autor de fantasía, más que un esteta, más que un brillante escritor, Crowley es, ante todo, el rapsoda -¡o mejor!- el aedo de un mundo perdido, quizás soñado, sin duda sublimado, pero mucho mejor que el presente. Crowley es hoy por hoy uno de los dos grandes campeones -al estilo homérico, ya que de aedos va la cosa- de la nostalgia. El otro, a su manera más amable y menos trágica, es Michael Chabon. Pero de estos asuntos les hablaré, creo, en unos meses. Centrémonos hoy en Crowley y en su Pequeño, grande.

¿Nostalgia de qué? preguntarán Vds. con razón. Pues de muchas y variadas cosas: del hogar, de la niñez, de la inocencia, del verano, de esos tiempos pasados que, como dijo Jorge Manrique, siempre fueron mejores... Y en el caso de Pequeño, grande, de todo ello y aún más en la forma de enorme, inmenso, eterno cuento de hadas sobre la ineluctabilidad del Destino, la ajmecaniva o incapacidad del hombre, su impotencia e incomprensión del papel a cumplir en un Plan mayor ideado para salvar, o no, un mundo en extinción o ya perdido, donde el sol era más cálido, el invierno menos riguroso y todos éramos más felices.

Más de lo mismo, me dirán Vds. Esta vez se equivocan. Y es que si una virtud tiene Pequeño, Grande, es su originalidad. De historias sobre las diferencias y conflictos entre el hombre y los seres feéricos -llamémoslos así- está llena la literatura tradicional. Piensen si no en los cuentos de nuestra infancia. Pero pocos o ninguno de ellos se sirven como elementos de la trama del Arte de la Memoria de Giordano Bruno, de un culebrón de la televisión, o de la resurrección de Federico Barbarroja, por ejemplo. El resultado podrá ser en ocasiones desconcertante y excesivo, por momentos moroso, pero lo cierto es que Pequeño, grande, también sorprende y maravilla y abunda en botones de genialidad como el que abre esta entrada.

No me atrevo a decirles en esta ocasión que lean; pero si lo hacen, tengan paciencia.