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miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL VERANO DEL PEQUEÑO SAN JOHN (JOHN CROWLEY)

Aunque ello le valiera la etiqueta de “autor facilón”, tenía más razón que un santo el bueno de Vonnegut cuando decía aquello de que “el lector está haciendo algo bastante difícil para él” y de que “la razón de ser de tu párrafo es que sus ojos [los del lector] no se cansen demasiado [...] para que, sin conocerlo, puedas llegar al lector facilitándole el trabajo”. Como muy bien saben Vds., en mi poética particular me inclino antes por la austeridad estilística que por el barroquismo. Me gusta la prosa que no llama la atención sobre sí misma. Hago, no obstante, alguna que otra excepción y hace ya unos cuantos años que canto por aquí las excelencias de ese autor atípico y tan poco de nuestro tiempo que es John Crowley. No son pocos los adjetivos que se le pueden aplicar a su prosa: preciosista, críptica, condensada, poética... pero nunca fácil. De hecho, leer a Crowley puede resultar agotador, aunque la experiencia merece la pena. Casi siempre. Lo había hecho hasta ahora –merecer la pena, digo- pero he pasado parte de estas dos últimas semanas peleándome con El verano del pequeño San John -¿por qué no San Juan, por cierto?- y no he obtenido recompensa alguna. El problema no es tanto el lirismo y el manierismo –esta va por ti, abuelo- reconcentrado del conjunto, que también, sino que se priva al lector de todo marco referencial y no hay por dónde atacar esta historia de fantasía y ciencia ficción ambientada en un mundo postapocalíptico –creo- que combina motivos extraídos del folklore nativo americano con otros de tipo hagiográfico. Algo parecido sucede en pasajes relativamente extensos de Aegypto y de Pequeño, Grande, es cierto, pero había en estas una segunda o tercera línea argumental que servía de contrapunto y dotaba al conjunto de perspectiva, proporcionándole de paso al lector un asidero. En esta ocasión, sin embargo, Crowley parece haberse olvidado de que, cuando uno plantea una historia, ha de establecer, de manera tácita, por supuesto, unas cláusulas por las que se rige el tan traído y llevado pacto de ficción. Y como el lector no recibe ningún tipo de orientación –la única, un tanto vaga, no llega hasta la página 40-, no sabe qué hacer con esa farragosa sucesión de éxtasis místicos que experimenta Junco que Habla, de los del habla con Verdad, en su camino a la Santidad, sea ello lo que fuere. Así que... mejor pasamos a otra cosa.

domingo, 21 de junio de 2009

PEQUEÑO, GRANDE (JOHN CROWLEY)

"Comoquiera que sea, todo esto aconteció hace mucho, mucho tiempo: el mundo, ahora lo sabemos, es como es y no de otra manera; si hubo alguna vez un tiempo en el que existieron pasillos y puertas, y fronteras abiertas y encrucijadas numerosas, ese tiempo no es el ahora. El mundo se ha vuelto más viejo. Ni siquiera el clima es hoy como el que recordamos de otras épocas: nunca en los nuevos tiempos hay un día de estío como los que rememoramos, nunca nubes tan blancas, nunca hierbas tan fragantes ni sombra tan frondosa y tan llena de promesas como recordamos que pueden estarlo, como lo fueron en aquellos tiempos."

Pequeño, grande

John Crowley

Los bravos y esforzados capitanes de esa intrépida nave que con el nombre de Shangri-La surca los mares ajena o no, según le plazca, a los vaivenes de corrientes y mareas, preparan para dentro de unos meses un número dedicado a la Memoria. Esta grumete que desde aquí les habla ha decidido enrolarse de nuevo en su tripulación para recoger las otoñales hojas que de aquí y allá se desprendan y tratar de la nostalgia, prima encantadora y un tanto tornadiza de la memoria. Y como estoy firmemente convencida de que hasta para frotar con agua y jabón la cubierta de madera de un buque hay que estar bien preparada, llevo ya un tiempo haciendo eso que un tanto pretenciosamente algunos han dado en llamar labor de documentación y he dedicado las tres últimas semanas a leer la enorme Pequeño, grande, de John Crowley.

Muchos no habrán leído nada de John Crowley. Algunos ni lo habrán oído mentar siquiera. Y no es de extrañar, pues sus relatos y novelas tienden de manera casi endémica y sorprendentemente coherente con su poética a desaparecer de catálogo. Y digo esto porque más que un autor de fantasía, más que un esteta, más que un brillante escritor, Crowley es, ante todo, el rapsoda -¡o mejor!- el aedo de un mundo perdido, quizás soñado, sin duda sublimado, pero mucho mejor que el presente. Crowley es hoy por hoy uno de los dos grandes campeones -al estilo homérico, ya que de aedos va la cosa- de la nostalgia. El otro, a su manera más amable y menos trágica, es Michael Chabon. Pero de estos asuntos les hablaré, creo, en unos meses. Centrémonos hoy en Crowley y en su Pequeño, grande.

¿Nostalgia de qué? preguntarán Vds. con razón. Pues de muchas y variadas cosas: del hogar, de la niñez, de la inocencia, del verano, de esos tiempos pasados que, como dijo Jorge Manrique, siempre fueron mejores... Y en el caso de Pequeño, grande, de todo ello y aún más en la forma de enorme, inmenso, eterno cuento de hadas sobre la ineluctabilidad del Destino, la ajmecaniva o incapacidad del hombre, su impotencia e incomprensión del papel a cumplir en un Plan mayor ideado para salvar, o no, un mundo en extinción o ya perdido, donde el sol era más cálido, el invierno menos riguroso y todos éramos más felices.

Más de lo mismo, me dirán Vds. Esta vez se equivocan. Y es que si una virtud tiene Pequeño, Grande, es su originalidad. De historias sobre las diferencias y conflictos entre el hombre y los seres feéricos -llamémoslos así- está llena la literatura tradicional. Piensen si no en los cuentos de nuestra infancia. Pero pocos o ninguno de ellos se sirven como elementos de la trama del Arte de la Memoria de Giordano Bruno, de un culebrón de la televisión, o de la resurrección de Federico Barbarroja, por ejemplo. El resultado podrá ser en ocasiones desconcertante y excesivo, por momentos moroso, pero lo cierto es que Pequeño, grande, también sorprende y maravilla y abunda en botones de genialidad como el que abre esta entrada.

No me atrevo a decirles en esta ocasión que lean; pero si lo hacen, tengan paciencia.