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lunes, 7 de julio de 2014

EL UNICORNIO (IRIS MURDOCH)



En la encrucijada entre novela gótica, relato fantástico, parábola filosófica y cavernaria fábula platónica, se sitúa la desasosegante El unicornio de Iris Murdoch. Ambientada en un caserón aislado en la nada de un violento paisaje irlandés -aquí los acantilados de Moher, allí una ciénaga que más bien parece la laguna Estigia-, se relatan en ella las idas y venidas sentimentales, espirituales y metafísicas de un grupo más bien enfermizo, de elementos tan volubles como violentos y vampíricos reunidos en torno a Hannah, que, como la princesa maldita de los cuentos, lleva encerrada en su castillo nada menos que siete años cuando hasta allí llega la inocente Marian para ejercer -eso cree ella, al menos- de institutriz. 

Sí, hay en esta historia una princesa -dipsómana y consagrada a una enfermiza inercia vital-, malvados, duendes, sabios, doncellas y hasta un caballero andante con no una, sino tres damiselas a las que socorrer. No deben ustedes, sin embargo, llevarse a engaño. Aunque a veces cueste recordarlo, esta historia se sitúa en pleno siglo XX, como atestiguan las ocasionales y sorprendentes referencias a automóviles, trenes y hasta un aeropuerto. Sorprendentes, sí, porque la peripecia, la irrespirable atmósfera y la violencia del paisaje más bien nos invitan a remontarnos al Romanticismo de un Walter Scott, de las Brönte o de un cuento popular. Todo es, eso sí, mucho más denso, opresor y, por qué no, cargante, de lo que en tales tramas se suele encontrar, hasta el punto, de hecho, que una casi celebra el final digno de tragedia griega precipitado por la ineptitud de los que, en otras circunstancias, habrían sido los héroes de esta historia.


martes, 3 de junio de 2014

EL FRAGOR DEL DÍA (ELIZABETH BOWEN)



Elizabeth Bowen eligió el Blitz de Londres para ambientar la peripecia de Stella Rodney, una viuda poco común puesta en la difícil tesitura de elegir entre la confianza en su amante y el precio que le exige por su silencio aquel que lo ha acusado de vender secretos a los alemanes. Piensen mal y acertarán.
No deberían esperar ustedes, sin embargo, acción trepidante, carreras por el Londres del blackout, códigos secretos, malvados embozados ni demás aspavientos y florituras propios de la novela de espías -benditos sean, por cierto-. No, El fragor del día es una novela de caracteres y sorprendentemente prosaica, además, dados los ingredientes que maneja. Las muertes y confesiones podrán darse en circunstancias dignas de melodrama de guerra pero se asumen con naturalidad. Podría considerarse, quizá, la prima divertida de Los esclavos de la soledad de Patrick Hamilton, de la que por aquí hablamos hace ya casi ¡cuatro años! Divertida, sí, pues donde aquella volvía lo cotidiano en una realidad asfixiante, Elizabeth Bowen convierte lo costumbrista en una fuente de humor, como ese funeral del primo irlandés desconocido  al que unos cuantos pacientes de psiquiátrico acuden en calidad de extras o esas dos dicharacheras amigas obsesionadas por leer en la prensa el modo en el que deben sentirse.
Merece la pena, así que lean, lean...



domingo, 29 de enero de 2012

NETHERLAND: EL CLUB DE CRÍQUET DE NUEVA YORK (JOSEPH O’NEILL)

“Estoy demasiado cansado para explicarle que no estoy de acuerdo, para decirle que, por mucho que Chuck me haya decepcionado al final, hubo numerosos momentos antes en que no fue así, y que no veo ningún motivo por el que no podamos basar nuestro juicio definitivo en su conducta anterior, la mejor. Todos acabamos decepcionando a los demás”.
Netherland,
Joseph O’Neill
En un momento dado de esta soberbia novela, dice su protagonista y narrador, Hans van den Broek, que el trabajo contribuye a delimitar el vasto y caótico mundo. El deporte, cualquiera que sea, cumple también esta función. Con su bien delimitado compendio de reglas, técnicas, equipamiento y accesorios al uso, con su nómina de campeones y aspirantes a la gloria, sirve para aliviar la entropía y nos ofrece una parcela en que las cosas son, o solían ser, por lo general, más sencillas. Así lo veía, por ejemplo, el Frank Bascombe de la trilogía de Richard Ford y así parece entenderlo el mencionado Hans de Netherland.

Holandés emigrado a Londres y de Londres a la Gran Manzana, donde es abandonado por su mujer y su hijo poco después de los atentados contra el World Trade Center, Hans combate la soledad y, sobre todo, el desarraigo, aferrándose a una antigua afición de juventud, el muy europeo críquet, y al megalómano proyecto del carismático, expansivo y peligroso Chuck Ramkissoon.

No es ésta, sin embargo, una novela de deporte, sino que el críquet le sirve a O’Neill de correa de transmisión para componer una honda y compleja novela, muy rica en matices y colores, sobre la inmigración, la identidad y el desarraigo desde una perspectiva más que original; no la del pobre desesperado, sino la del aparente triunfador. Que todo ello vaya empaquetado, además, en una prosa modélica y brillante por su manejo de tropos varios en general y símiles en particular, me invita a cerrar esta entrada entonando uno de los mantras más repetidos en esta esquina: lean, lean.



domingo, 31 de octubre de 2010

BROOKLYN (COLM TÓIBÍN)

Es ésta una novela amable y hasta blanda en buena parte de su recorrido. Pese a que Eilis Lacey, su en principio inocente y cándida protagonista, es víctima primero de la ruindad y estrechez de miras de sus paisanos irlandeses y después, culminado el accidentado salto al otro lado del charco, del desarraigo en la urbe voraz de Nueva York, el relato de sus experiencias puede muy bien calificarse de plácido. Una abre sus páginas y lee con agilidad y sin demasiados sobresaltos casi hasta el final esta sencilla, bonita y triste historia de iniciación de una muchacha un tanto pánfila. Casi hasta el final, insisto. Pues justo entonces se produce un giro inesperado que hace de Eilis Lacey un personaje mucho más interesante, que va más allá del estereotipo de buena chica irlandesa. Sólo en razón de este giro puede volver una a los casi tres centenares de páginas previamente leídos para replantearse con fundamento si la aparente sencillez y placidez del conjunto no será sólo eso, mera apariencia, y si esta Brooklyn de Colm Tóibín no será algo más que una Bildungsroman, otra más, notablemente escrita.