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martes, 9 de septiembre de 2014

THE CHILD IN TIME (IAN MCEWAN)




“The written word can be the very means by which the self and the world connect, wich is why the very best writing for children has about it the quality of invisibility, of taking you right through to the thing it names, and through metaphors and imagery can evoke feelings, smells, impressions for which there are no words at all. A nine-year-old can experience this intensely. The written word is no less a part of what it names than the spoken word -think of the spells written round the rim of the necromaner’s bowl, the prayers chiselled on the tombs of the dead, the impulse some people have to write obscenities in public places, and that others have to ban books wich contain obscenities, of always spelling God with a capital G, of the special importance of a written signature. Why keep children from all this?”
The Child In Time
Ian McEwan

La vida de Stephen Lewis, escritor de una novela considerada infantil por accidente, se detuvo el día que Kate, su encantadora hija de cuatro años, desapareció de su lado ante la caja de un supermercado. Se separó de su esposa, dejó de escribir y empezó a beber más de la cuenta. En el momento en que se abre esta historia, arrastra su inercia vital por un Londres distópico donde los veranos son de lo más seco y caluroso y los inviernos acaban sin clemencia con la vida de los homeless que han visto legalizada la mendicidad por obra de un gobierno ultraconservador de lo más thatcheriano. Su única actividad son las reuniones totalmente estériles de “un comité de sabios” que, a petición del Primer Ministro, ha de elaborar un informe sobre la educación de los infantes. Stephen es, pues, un protagonista inerte. No actúa sino que reflexiona sobre los singulares efectos y paradojas de ese ente abstracto, complejo y contradictorio que es el tiempo.
Child in time es, en efecto, un título de lo más programático, pues esta singular y estupenda novela gira en torno a los dos ejes que enuncia: el tiempo y la niñez; no solo la de la desvanecida Kate, sino la del propio Stephen, la de aquellos que deberían beneficiarse de los hallazgos del comité -ejem- y la que por obra de la nostalgia funciona como Paraíso Perdido.
Lo concreto y lo abstracto caminan de la mano en esta novela de transición entre el McEwan más sórdido de Jardín de cemento y el más sutil, irónico y, sí, divertido, de Amor perdurable o Amsterdam, donde hay lugar para la devastación más absoluta, la distopía y el absurdo, por un lado, y el humor por otro. De hecho, el párrafo que abre esta entrada es parte de la alocución que un por fin apasionado Stephen le dirige a un pánfilo pedagogo -¡ay!- que cuestiona la conveniencia de que los escolares aprendan a leer antes de los doce años. A todo llegaremos. Entre tanto ustedes lean, lean The Child In Time de Ian McEwan.

jueves, 7 de noviembre de 2013

OPERACIÓN DULCE (IAN MCEWAN)



Nunca he sido gran defensora de aquello de “bien está lo que bien acaba”, quizá porque me parece tan solo una variante optimista y bienintencionada del muy expeditivo “el fin justifica los medios”. Sí estoy conforme, en cambio, al menos en lo que a literatura se refiere, con un posible corolario del primero, “mal está lo que mal acaba”. Y es que, como dijo ya hace más de dos milenios el maestro Aristóteles, un mal final es capaz de hundir en la miseria cualquier historia, por mucho que esta haya podido ofrecer. Viene esto a propósito de la última novela de McEwan, Operación Dulce, sobre la que, como mi buen amigo Milo Krmpotic’, llevo algunos días vacilando. 

El caso es que, como me suele suceder con las novelas de McEwan, disfruté de lo lindo; al menos con tres cuartos de la misma, una historia más o menos clásica de espionaje de segunda fila que participa de unos cuantos loci de la Bildungsroman y puede leerse también como una trama nupcial. ¡Ahí es nada! Está esta protagonizada por Serena Frome en los primeros ’70, cuando las traiciones de Burgess y MacLean -aprovecho, por cierto, para recomendarles la magnífica serie The Hour, cómo no, firmada por la BBC- sonaban ya un tanto lejanas y el país se paralizaba por las primeras huelgas mineras. La misión de Serena puede parecer y, de hecho, es, un tanto peregrina: reclutar para la Operación Dulce -claro está, sin que este lo sepa-, a Tom Haley, un escritor incipiente que colabore, junto con otros autores, en la campaña anticomunista del MI5. Lo pasé como los indios, es cierto, hasta su mismo final, donde el autor peca, creo, de ingenuo y comodón y se sirve de un cierre idéntico al de una novela previa. Y hasta aquí puedo leer... El caso es que, por repetido, el final se convierte en una ruptura de la ilusión poética y en un atentado en toda regla contra el pacto de ficción y el lector reacciona con enfado y, por bien que se lo haya pasado por el camino, se siente casi casi tan estafado como si todo hubiera sido un sueño... 

sábado, 7 de mayo de 2011

SOLAR (IAN McEWAN)

"Hacía años que me interesaba ese proyecto. Encarnaba una grandiosidad y un heroísmo pasados de moda, no servía para fines militares ni comerciales inmediatos y estaba movido por un sencillo y noble impulso: saber y entender más."

Amor perdurable, Ian McEwan

Ian McEwan es probablemente uno de los Granta’s más polivalentes. Se maneja con soltura en registros macabros (e. gr. Jardín de cemento y El inocente), líricos (e. gr. En las nubes), más o menos trascendentes (e. gr. Expiación, Sábado) y, por supuesto y, sobre todo, divertidos. Unas veces su humor es más fino y sutil, como el de Amsterdam, y otras más directo, como el de Amor perdurable o esta Solar, epígono de la anterior. Sea como fuere, el caso es que este humor es casi siempre negro, y, si de clasificar esta última novela se trata, no cabe otra etiqueta que la de comedia negra. Y es que donde los héroes y antihéroes de P. G. Wodehouse o de David Lodge sufren para nuestro inofensivo deleite reveses menores, si se contemplan con la debida perspectiva, Michael Beard, el antihéroe de Solar, nos proporciona un placer más culpable e inicuo, porque, cuando nos hace reír, lo hace con sus homicidios, encubrimientos, robos intelectuales y devaneos; aunque también, es cierto, con sus “accidentes” en la nieve y sus altercados en un vagón de tren. Pero ¡hey! esto sigue siendo comedia y las comedias nos dan bula para volvernos sádicos, al menos, mientras las tenemos entre las manos. Esta, además, es de las buenas. Si de poner un pero se trata, quizá el conflicto sea un tanto excesivo y disparatado. De hecho, se resuelve a la manera de Eurípides con un más que peculiar deus ex machina del que nada más voy a decir salvo que contribuye, pese a todo, a aumentar la diversión. En fin... lean, lean y rían, rían.