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miércoles, 9 de diciembre de 2015

EL CHICO DE LA TROMPETA (DOROTHY BAKER)



Se inicia El chico de la trompeta de Dorothy Baker con un prólogo que muy bien podría emplearse en las clases de Teoría de la Literatura que por el mundo queden para ilustrar las teorías del formalismo ruso; ya saben, aquello de que en su estructura profunda todas las obras narrativas pueden reducirse a un esquema articulado en unidades menores del tipo de planteamiento inicial, conflicto, auxiliar mágico, búsqueda, etc. En efecto, en un puñado de páginas resume la peripecia un narrador casi anónimo, que más adelante se identificará de manera un tanto casual como el pianista de una de las orquestas del protagonista: origen humilde, hallazgo casual de una pasión -la música, para más señas-, aprendizaje, auge y caída:

“No hay gran cosa que contar, si atendemos al esquema general. Rick nació en Georgia cinco o diez minutos antes de que su madre muriera y unos diez días antes de que su padre se largara y lo dejara con su tía [...] Dado que llevaba en la sangre un don misterioso para la música, llegó a convertirse en pianista consumado cuando aún era un chaval [...] Y entonces aprendió a tocar un instrumento de viento, la trompeta [...] Causó furor, sobre todo entre los músicos. [...] Se forzó demasiado [...] y su vida se consumió antes de que cumpliera los treinta.”
El chico de la trompeta
Dorothy Baker (traducción de Ismael Attrache)


Otro genio torturado, otro artista consumido por su pasión y la mala vida en la misma flor de la vida. O eso podría parecer. Pero el arte es, ante todo, forma, detalle, concreción. Y tras el prólogo, que podría funcionar a modo de reticencia, se inicia la historia propiamente dicha, en la que, aún con la misma perspectiva, la de un narrador omnisciente en tercera persona -ese pianista al que antes mencionábamos-, se relata pormenorizadamente la historia del ficticio Rick Martin, que triunfó como músico de jazz en el Los Ángeles y el Nueva York de la Ley Seca. Hay ahora lugar para más conflictos, para plasmar la amistad, una relación amorosa -torturada, por supuesto-, para una espiral de alcohol y nocturnidad, para retratar mejor que bien el auge del jazz a finales de los ’20 y principios de los ’30 y, sobre todo, para retratar cómo una pasión, una obsesión, puede regir y destruir una vida.
Es esta la primera novela de Dorothy Baker, de la que hace unos meses leímos por aquí maravillados Cassandra en la boda y, aunque no hay aquí la sofisticación y profundidad psicológica de aquella, quizá por la perspectiva adoptada, no hay duda de que es esta otra magnífica novela que ustedes, por supuesto, no deberían dejar de leer. Lean, lean.


sábado, 25 de julio de 2015

CASSANDRA EN LA BODA (DOROTHY BAKER)



Una abre, incauta, Cassandra en la boda de Dorothy Baker (contraseña editorial, 2015), con la equivocada expectativa de que será una comedia ligera y frívola dedicada a los desvelos de la Cassandra del título por evitar la boda de su inseparable hermana gemela con un anodino estudiante de Medicina de Nueva York. Como tal parece confirmarse en sus primeros compases, por obra y gracia, sobre todo, de una voz, la de la epónima protagonista, que se revela desde el comienzo como ingeniosa a más no poder, y de unos diálogos ágiles y vivos, muy vivos, que a quien desde aquí les escribe le recordaron por momentos a los de Levantad, carpinteros, la viga del tejado de Salinger. Ahí es nada.
Sin embargo, algo parece estar tensándose demasiado desde esos mismos comienzos, algo chirría en esa apariencia de frivolidad, y que conste que no hablo aquí de demérito literario -¡nada más lejos!- sino de lo equivocado de mis prejuicios. Pues Cassandra en la boda poco o nada tiene que ver con una comedia de enredo, sino que más pronto que tarde se vuelve una historia inquietante sobre la búsqueda y la pérdida de la identidad y de un lugar en el mundo, y del papel que los demás juegan en el proceso. La escena casi inicial en que Cassandra se mira al espejo y cree estar viendo a su hermana Judith es ya indicadora de que, como el Aristófanes de El Banquete de Platón, se considera la mitad fracturada de una esfera primigenia. Judith es, ciertamente, su media naranja. En este contexto la boda de su otra mitad no puede sino ser una tragedia, una fractura, y no extrañan, por tanto, los tonos sombríos que el relato adquiere según avanza. El lector asiste, con la ironía y ocasionales pinceladas de humor como único escudo, al cataclismo de la protagonista, que solo durante un breve lapso calla para dejar hablar a su hermana, más asentada en el siglo.
Si a todo ello sumamos un elenco de personajes dibujado con maestría y una prosa de lo más elegante, el resultado es una pieza redonda, magnífico ejemplo de que la verdadera Literatura no necesita de grandes hazañas y que una anécdota banal como un simple compromiso sirve para desarrollar cuestiones universales. No se la pierdan y lean, lean...