martes, 24 de febrero de 2009

LA VIRGEN EN EL JARDÍN (A. S. BYATT)

Hablaba por aquí hace ya un par de semanas de Lo que arraiga en el hueso de Robertson Davies como un ejemplo de novela en apariencia intelectual pero de hecho llena de vida y energía, de alma. Pues bien, he dedicado el cada vez menor tiempo libre de estas últimas semanas a leer La virgen en el jardín de A. S. Byatt y el contraste no puede ser mayor. Es cierto que, como Davies, se sirve Byatt para la construcción de la trama de abundantes ingredientes eruditos, pero hasta ahí alcanza la semejanza. Donde aquel divertía y conmovía, sorprendía y encantaba, esta aburre y cansa, deja indiferente. Pero mejor vayamos por partes.

La novela comprende unos pocos meses anteriores y posteriores a la coronación de Isabel II en el verano de 1953. Para celebrar tal ocasión un filántropo de Yorkshire ha decidido patrocinar la representación de una rancia y anacrónica obra teatral en verso de Alexander Wedderburn, dedicada a otra Isabel, Isabel I. Tiene un papel destacado en el elenco la insufrible Frederica Potter, adolescente sabihonda, brillante y obstinada, enamorada del mencionado Alexander, que también es objeto de los desvelos de la mayor de las Potter, Stephanie, que sorprendentemente y para la terrible cólera de su padre, el temible Bill Potter, acepta la proposición de matrimonio de Daniel Orton, un orondo, peculiar -por ateo- y enérgico vicario. El pequeño del clan, Marcus, es un adolescente timorato y huidizo, asmático y debilucho, que merced a su increíble talento matemático y a una peculiar capacidad de comprensión espacial, se convierte en el conejillo de indias de un experimento entre físico, místico y alquímico de un desquiciado profesor de física, Lucas Simmonds, de tendencias homosexuales soterradas.

Esta es básicamente la trama que ocupa las excesivas 642 páginas de
La Virgen en el jardín. ¿Y por el medio? Mucho teatro isabelino y pentámetro yámbico, mucho Shakespeare, Spenser, Donne y T. H. Lawrence, algo de Ovidio, Racine y Coleridge, mucha música de las esferas, muchos haces de luces convergentes y campos magnéticos de fuerzas ancestrales en el patio de la escuela.

Y hete aquí que lo que en Davies serviría a la trama y encajaría en ella como la maquinaria de un reloj suizo, aquí chirría y no consigue hacer despegar sino que más bien lastra una historia que tras más de 200 páginas aún no se sabe muy bien hacia dónde va; lo que no impide que el lector adivine a distancia cuál será el final de cada uno de los personajes de esta historia. Pues Alexander, Frederica, Stephanie & co. muy bien podrían haber protagonizado una de esas novelas de ambiente académico de David Lodge o, por qué no, de Zadie Smith, en las que el héroe fracasa una y otra vez para deleite de todos, que sabemos que acabará triunfando de una manera insospechada para él.

Por desgracia para ellos, les ha tocado protagonizar, en cambio, la novela de Byatt que, ante todo, se resiente de su exagerada extensión, un exceso de pretensiones y una falta de humor sorprendente para ser inglesa. Así que... pasemos a otra cosa.




lunes, 9 de febrero de 2009

LO QUE ARRAIGA EN EL HUESO (ROBERTSON DAVIES)

"¿Qué se va a vender? ¿Una gran obra del pasado? ¿Se deseaba por sí misma una obra verdaderamente hermosa o por el valor adquirido que le daba el paso de cuatro siglos?"
Lo que arraiga en el hueso
Robertson Davies

Hablábamos por aquí la semana pasada de la gastada y bizantina querella entre antiguos y modernos, con la que, por cierto, inicia W. H. Auden su magnífico ensayo "Los griegos y nosotros", incluido en Prólogos y epílogos (Península 2003), que ningún estudiante de Humanidades ni tecnócrata fariseo debería perderse. Hablábamos de la querella entre antiguos y modernos, digo, y casualmente dicha querella ocupa no pocas páginas de la recién publicada Lo que arraiga en el hueso de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 2009), segunda entrega de la Trilogía de Cornish. La oposición antiguo frente a moderno, clásico frente a contemporáneo, no se aplica aquí, sin embargo, a la letra escrita, sino a la pintura. Y el enfrentamiento no se produce en el ámbito público y académico -al menos, no hasta muy avanzada la novela- sino en el espíritu del talentoso Francis Cornish, que, atormentado por su incapacidad de expresarse en el lenguaje y estilo de su tiempo, las vanguardias del siglo XX, se ve "relegado" a la condición de artesano; eso sí, todo un maestro -y hasta aquí puedo leer...-.

Pero me temo que, para variar, he corrido demasiado. Los lectores de la magnífica y divertidísima Ángeles rebeldes habrán reconocido ya el nombre del protagonista, Francis Cornish, filántropo canadiense recién fallecido al comienzo de la trilogía. Si entonces los tres albaceas luchaban por hacerse con un manuscrito inédito del genial Rabelais, ahora la trama se sitúa unos meses después. El bueno del padre Darcourt ha estado investigando con la intención de escribir la biografía de su amigo Cornish pero nada es lo que ha averiguado sobre su infancia y formación. Y ello supone un grave problema, no sólo por el afán de exhaustividad del bonachón profesor de griego, sino porque, como se insiste a lo largo de toda la novela, "lo que arraiga en el hueso no se desprende de la carne". Y la infancia de Frank Cornish en el remoto pueblo canadiense de Blairlogie (Ontario, Canadá) fue de todo menos convencional. Descuidado por sus padres, fue criado por sus benevolentes abuelos, enviado a las más brutales escuelas rurales, formado por mandato de su padre en el protestantismo pero reconvertido al catolicismo más ferviente por su beata tía abuela Mary Ben, mimado por la cocinera, iniciado en el dibujo por obra y gracia de un embalsamador e impresionado y conmovido por una figura omnipresente, la del "Loco", una figura estrechamente emparentada con el Paul Dempster de la Trilogía de Deptford.

Por cierto que no es este el único vínculo entre Lo que arraiga... y la mentada trilogía. No me refiero aquí al pequeño "cameo" de un viejo conocido, sino a algo más profundo y abstracto, a algo que podríamos llamar el tono. Es cierto que como en Ángeles rebeldes son innumerables los ingredientes eruditos combinados y ensamblados con pasmosa naturalidad en la trama pero es que además la historia y todos y cada uno de sus actores -desde el propio Cornish hasta el último figurante- parecen tener vida propia más allá del negro sobre blanco. Tienen alma. Y ello no es tarea fácil en una novela cuyos narradores son un daimon y el ángel de la biografía, Zadkiel el menor, y que dedica no poco espacio a disputas teológicas, a técnicas de restauración y a tratar, por volver al comienzo, de la frágil frontera entre el arte y la artesanía por un lado y el engaño por otro, de las veleidades de las modas y la crítica, la honraded y falsedad de los artistas y el farisaísmo de los políticos; en una novela que a primera vista podría parecer intelectual. Todo ello lo riega Robertson Davies con abundante ironía -ironía sin más e ironía dramática- para obtener como resultado una novela clásica en su construcción y brillante en su ejecución, todo un Clásico; otro más que añadir en el haber de Robertson Davies.
Así que ya saben... lean, lean.


sábado, 31 de enero de 2009

A PROPÓSITO DE LECTURAS DE MÍ MISMO DEL MAESTRO ROTH

Hoy he escrito para refutar una vez más la tan bárbara generalización de que muy poco o incluso ¡nada! de lo escrito a partir de 1900 merece ser leído, que en los últimos meses he escuchado en distintos y sorprendentes lugares. He escrito a propósito de la reciente muerte de Updike, de las anteriores de Bellow y Vonnegut y del genio que con ellos se va perdiendo. Lo he hecho porque frente a los que afirman la vacuidad del siglo XX en lo que a las Letras se refiere, es mucho lo que podría decir de las incontables horas que en la última década he dedicado a leer a Baroja, Borges, Chesterton, Kipling, Céline, Stefan Zweig, Thomas Mann, Virginia Woolf, Evelyn Waugh, Nancy Mitford, Henry James, Glenway Wescott, Scott Fitgerald, Mary McCarthy, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Truman Capote, Robertson Davies, J. D. Salinger, Saul Bellow, Philip Roth, Kurt Vonnegut, John Updike, DonDeLillo, Richard Ford o, por qué no, Crowley, Chabon, Lethem, McEwan o Ishiguro, entre otros. He escrito que ese tiempo no ha sido vacuo, ni banal, ni vulgar, ni aburrido, sino al revés... y he añadido una nómina extensísima de adjetivos del espectro contrario. Pero luego he releído lo que he escrito y me ha parecido obvio y pretencioso. Y he considerado más oportuno darle la palabra al Señor Roth, para que lo diga tan bien y tan claro como él sabe hacerlo y, de hecho, lo hace en sus Lecturas de mí mismo, que Vds. no deberían perderse. Así que... que hable el Maestro:

“Mire, el arte también es vida. La soledad es vida, la meditación es vida, el fingimiento es vida, la suposición es vida, la contemplación es vida, el lenguaje es vida. ¿Hay menos vida en dar vueltas a las frases que en fabricar automóviles? ¿Hay menos vida en leer Al faro que en ordeñar una vaca o lanzar una granada de mano? El aislamiento de una vocación literaria, el aislamiento que supone mucho más que sentarse a solas en una habitación durante la mayor parte de tu existencia consciente, tiene tanto que ver con la vida como la acumulación de sensaciones, o de empresas multinacionales ahí fuera, en el enorme tumulto. Me parece que en gran medida gracias al arte tengo una posibilidad de ir por lo menos al meollo de mi propia vida.”

Lecturas de mí mismo

Philip Roth


domingo, 18 de enero de 2009

EL SITIO DE KRISHNAPUR (J. G. FARRELL)

“Me acuerdo que una tarde en que hacía demasiado calor para trabajar en serio, uno de nuestros jefes, el Dr. Klee, nos dijo que había una lengua hablada en la India muy semejante al griego y al latín, al germánico y al ruso. Creímos que era una broma, justificada por el calor, pero cuando vimos cómo se alineaban sobre el encerado negro las formas paralelas de nombres de número, de pronombres y verbos sánscritos, griegos y latinos, nos sentimos en presencia de hechos ante los que nos debíamos inclinar. Todas nuestras ideas sobre Adán, Eva y el Paraíso, sobre la torre de Babel, sobre Sem, Cam y Jafet bailaban en torno a nosotros un baile alocado, en el que participaban Homero, Virgilio y el viejo Eneas. Nuestra tarea fue recoger los fragmentos, construir un nuevo mundo, rehacer sobre nuevas bases la historia de la Humanidad.”

M. Müller, apud J. Mansion, Esquisse d’une Histoire de la Langue Sanscrite, Paris, 1931
Hace ya unos cuantos meses que leí el Esbozo de una historia de la lengua sánscrita de Joseph Mansion (1931) más arriba citado para preparar una de las asignaturas que imparto de manera eventual, el Indio Antiguo. Por cierto que no sé cuánto tiempo más se enseñará esta asignatura en la Universidad de Oviedo -y esto, me temo, vale también para el latín y el griego- vistos los planes del Principado de Asturias y, lo que es peor, de la propia Universidad y su Vicerrectorado de Nuevas Titulaciones para los estudios que no suman más de 25 alumnos por curso -una vez más, ¡“benditos” sean el EEES y el Plan de Bolonia!-. Destaca del interesantísimo tratado de Mansion el tono colonialista que desprenden muchas de sus páginas, plagadas de anécdotas de porteadores indios y expedicionarios ingleses y de colonos que alivian los rigores de la estación seca aventurando innovadoras -y acertadas- teorías sobre el parentesco entre las lenguas clásicas y el sánscrito.

Es en ese mismo ambiente de romántico y elegante, a la par que déspota, voraz y condescendiente colonialismo inglés en el que se ambienta El sitio de Krishnapur de J. G. Farrell (1973), señalada por la crítica como una de las cinco mejores novelas galardonadas con el Booker. Más en concreto, El sitio de Krishnapur se desarrolla en 1856 durante la rebelión de los así llamados cipayos, soldados indígenas del ejército británico. Dicha rebelión estuvo motivada por los reiterados abusos de los británicos para con sus tradiciones religiosas y de casta, las labores de conversión de los misioneros cristianos y la obligación de participar en guerras ajenas a la India. El detonante final, sin embargo, fue la distribución por parte de la Compañía de las Indias Orientales de los nuevos fusiles Enfield. La carga de dichos fusiles obligaba a los cipayos a morder cartuchos engrasados, según se rumoreaba, con grasa de cerdo y vaca. Desde nuestro punto de vista podría parecer una reacción exagerada pero el hinduísmo reposa en la integración en lo religioso de todos los actos de la vida. El contacto de un europeo con una bolsa de arroz, por ejemplo, obligaba al porteador a deshacerse de dicho fardo, ya impuro.


He hablado hasta ahora de cipayos e hindúes, aunque los protagonistas absolutos de la novela de Farrell son los ingleses, que se ven obligados a refugiarse en la Residencia de Krishnapur ante el asedio cipayo. Y entre los ingleses, dos figuras son caracterizadas con especial maestría por Farrell: Mr. Hopkins, el Recaudador, entusiasta del progreso científico y la civilización, y Fleury, joven poeta, romántico y decadente. Ellos son los verdaderos protagonistas de una novela coral donde brillan con luz propia numerosos secundarios como el Padre, empeñado en entender las penalidades del asedio como un castigo divino y, en consecuencia, como prueba de la existencia de Dios; el Dr. Dunstaple, que ha iniciado una campaña contra los novedosos -y hoy sabemos que acertados- métodos del Dr. McNab; sus hijos Harry, oficial aventurero y Louis, bella y recatada; Lucy, que una vez perdida su honra busca un motivo para seguir viviendo; el Magistrado, ateo, cínico y entusiasta de la Frenología y del poder absoluto de la Razón; Hari, el hijo del maharajá, convencido de la superioridad inglesa y algunos más.

Los cipayos, en cambio, no son más que una masa informe -por lo indefinido; no me malinterpreten- y amenazante situada a las puertas de Krishnapur y la excusa narrativa de la que Farrell se sirve para llevar a extremos inconcebibles y un punto de no retorno -o casi- a ese grupo de frívolos, condescendientes, hipócritas y vanidosos, a los que, con todo, no deja de tratar con cariño.

Decía más arriba que El sitio de Krishnapur de Farrell ha sido considerada como uno de los mejores Booker de todos los tiempos y no es de extrañar, no sólo por su innegable calidad, sino porque si algo se puede decir de ella es que, se mire por donde se mire, es a todas luces inglesa. Que ¿cuáles son las cualidades que definen lo que podría llamarse “el estilo inglés”? La elegancia, la fina ironía, el ingenio... y un punto de distancia y frialdad.

sábado, 3 de enero de 2009

LA CENA DE LOS NOTABLES (CONSTANTINO BÉRTOLO)

“El tribuno que no existe, mientras llega al ágora, piensa que con estas condiciones objetivas poco espacio parece quedar para el criterio y las libertades individuales del crítico. Poco, muy poco, pero sin duda el suficiente para que unos pierdan su dignidad y otros la defiendan y mantengan. Y nos recuerda que frente al pesimismo de la razón permanece el non serviam de la voluntad. Se trata de organizarla.”

La cena de los notables

Constantino Bértolo

Pónganse a cubierto, porque vuelan los cuchillos por encima de los manteles del mundillo literario. El primer Qué Leer del 2009 se abre con un artículo de Javier Marías en el que este se explaya sobre los riesgos y represalias que han de arrostrar los escritores a cuenta de aquello que escriben. No da nombres pero no son necesarios. El Babelia de hoy sábado 3 de enero contiene una breve nota de Jordi Gracia dedicada conjuntamente a Una Venus mutilada. La crítica literaria en la España actual de Germán Gullón, que pone de vuelta y media, y a La cena de los notables de Constantino Bértolo, que recomienda tan sólo por comparación con la anterior. “Ya que el ensayo de Gullón es tan malo... habrá que leer el de Bértolo”, se desprende de su crítica. El propio Bértolo no se queda atrás en la referida La cena de los notables, concretamente en el capítulo titulado “La muerte del crítico”, en el que da cuenta del “despido” sufrido en 2004 de parte del Babelia y El País por su amigo Ignacio Echevarría, como consecuencia de la dura crítica que este había hecho de una novela de Atxaga, publicada por Alfaguara -del mismo grupo que El País-.

Pero hemos empezado por el final y La cena de los notables es en realidad un conjunto de interesantes -aunque muchas no las comparta- reflexiones sobre la escritura y, sobre todo, la lectura y la crítica, tres vertientes de un acto, el literario, vertebrado en torno a la noción de responsabilidad. ¿De quién? La responsabilidad de quien escribe, con el tácito acuerdo de la comunidad, sirviéndose de ese patrimonio común que es la lengua de todos; la responsabilidad de quien lee, que ofrece su silencio y su atención a quien escribe; y, por último, la responsabilidad del crítico, convertido ya hoy en publicista, pero que sería en origen el encargado de velar por lo adecuado o beneficioso para la comunidad -no necesariamente desde un punto de vista moral- de la edición de un texto determinado.

Bértolo traza lo que llama una geología de la lectura, en la que cabe hablar de 1. lo textual; 2. lo autobiográfico; 3. lo metaliterario; 4. lo ideológico. En la lectura ideal, cuya posibilidad él mismo se cuestiona, estos cuatro componentes se combinarán con la intensidad adecuada y se evitarán lecturas sesgadas, parciales y, sobre todo, inmaduras, como las que resultan de un exceso de proyección del yo sobre lo leído -la lectura adolescente-.

Digamos para empezar que soy más que escéptica cuando de aplicar tan cartesianas plantillas al arte se trata, pues, mal que nos pese, el arte sí tiene algo de inefable. Por más que racionalicemos e inventariemos los logros artísticos de una obra, si esta de verdad conmueve e impresiona, suele ser en virtud de algo que está más allá de la razón y apela a lo visceral y primario, como el otro día discutíamos por aquí unos cuantos amigos y yo a propósito de En lugar seguro de Stegner -de la que, por cierto, dice Fresán en su reseña para el Qué leer que no sabe muy bien qué decir sin degradar su grandeza-. ¿Por qué digo esto? Porque no veo modo de que el lector calcule la intensidad o atención que debe prestar a cada componente.

Y creo, para seguir, que Bértolo se excede en sus críticas para con la llamada lectura adolescente. Por supuesto que la identificación con lo leído no lo es todo en el disfrute de la obra literaria, pero es muchísimo; casi todo, de hecho. ¿No hemos oído hasta la saciedad que el poder de los clásicos se halla en su vocación de universalidad? ¿Que el bueno de Edipo produce tanta empatía en el lector o espectador de hoy en día como lo debió hacer en el del siglo V a. C? ¿Y qué es la empatía sino una forma de identificación? ¿Por qué renunciar a uno de los mayores placeres que la literatura puede proporcionar?

Tampoco considero mucho más útil que su geología de la lectura la conclusión a la que llega respecto al tan traído y llevado pacto de ficción. Por supuesto que el pacto de ficción no consiste en la suspensión absoluta del juicio -¿alguien lo ha definido así alguna vez?-. Se trata de leer, no de dormir, por favor. Pero tampoco creo que, como él señala, se trate de recordar que lo que se lee es ficción. No sé... ¿por qué romper el hechizo? Más bien se trata, según creo, de que por el mismo hecho de estar contenida entre las páginas de un libro que se nos presenta como novela, damos por buena, por ejemplo, la contagiosa ceguera blanca de Saramago, aunque fuera de las tapas del Ensayo sobre la ceguera la sepamos -¡y esperemos que así sea!- imposible desde el punto de vista biológico. Como el mismo Bértolo señala posteriormente, se trata de adaptar el juicio al contexto literario en que debe actuar. Eso sí.

Y ya que hablamos de ejemplos, tampoco creo que la génesis de la narración se halle en la necesidad de ejemplificar lo que se quiere dar a conocer. La narración, la buena al menos, parte de lo concreto. Así lo defendieron, entre otros, C. S. Lewis y el recientemente fallecido Harold Pinter, por más que luego sus obras se prestaran fácilmente a interpretaciones simbólicas. La postura de Bértolo supone que los autores parten de abstracciones que intentan actualizar posteriormente. En mi opinión, en cambio, de tal génesis lo que surgen son pesadas alegorías de azucarada moralina. Y el ejemplo que a Bértolo se le ocurre no es otro que Don Juan Manuel y su colección de exempla, El Conde Lucanor. Representativo, ¿no?

He utilizado más arriba la expresión “un libro que se nos presenta como novela”. ¿Qué es lo que convierte en novela a un texto? Según creía yo hasta ahora, la adecuación a unos moldes concretos, a unos criterios preestablecidos y consolidados por la tradición previa. Para Bértolo, en cambio, un texto no se convierte en novela hasta que su autor no firma un contrato editorial para su publicación. Aquí mismo pueden leerlo:

“¿Qué ha pasado a partir de este momento? Pues que Fulanito de Tal se ha convertido -y no por un acto de magia- en productor de novelas, mientras que Fulanito de Cual permanece como simple productor de textos.”

Podría decirse quizás que por el hecho de que el texto de Fulanito de Tal va a ser publicado y leído por otros dicho texto puede considerarse literario -siempre que haya nacido con voluntad estética, claro-, puesto que el lector es un actor imprescindible del acto literario, pero el texto era novela tanto antes como después de la firma con la editorial. Y la novela, por cierto, sigue siendo un texto, a saber, una producción lingüística fijada.

Y ya para terminar, diré que así como Bértolo se ha esforzado en describir al lector ideal y ha dicho que su responsabilidad consiste en prestar su silencio e interés a lo que el autor le ofrece, en mi opinión la responsabilidad última del lector es la de ser crítico con lo que lee. El buen lector ha de ser también crítico. De hecho, no creo que la figura del crítico hubiera debido comparecer en pie de igualdad con la del autor y el lector en este ensayo. ¿Qué diferencia a los críticos de muchos otros lectores anónimos, tan preparados como ellos -a veces mejor- para juzgar un texto? Tan sólo el megáfono que los medios les conceden. Y la blogosfera está en condiciones de alterar tal estado de cosas, no del todo, pero sí en parte. De hecho, no descubro nada nuevo al decir que ya hay muchos lectores que para informarse sobre posibles lecturas recurren a “esta región ocultamente furibunda” -y me refiero, por supuesto, a blogs y foros culturales en general- antes que a los suplementos y revistas literarias al uso. Por más que le pese a Javier Marías.

martes, 30 de diciembre de 2008

UN ÁRBOL CRECE EN BROOKLYN (BETTY SMITH)


“Un árbol crece en Brooklyn. Algunos lo llaman el árbol del cielo. Caiga donde caiga su semilla, de ella surge un árbol que lucha por alcanzar el cielo. Crece en solares delimitados por tablas entre montones de basura amontonada. Es el único árbol que crece en el cemento. Crece exuberante... sobrevive sin sol, sin agua, hasta sin tierra, en apariencia. Podríamos decir que es bello, si no fuera porque hay tantos de su misma especie.”

Aunque estas palabras ocupan el lugar habitualmente destinado a la dedicatoria del autor o a una inspiradora cita, son de facto el comienzo mismo de Un árbol crece en Brooklyn de Betty Smith. Resultan, al menos, de lo más programático y oportuno, pues “el árbol del cielo” del párrafo recién citado no es sino un símbolo -evidente y predecible, pero no por ello menos lírico y pertinente- de la pequeña Francie Nolan, que como la Mick Kelly de Carson McCullers o la Scout Finch de Harper Lee se merece formar parte del elenco de grandes personajes que en la Historia de la Narrativa Norteamericana han sido.

La pequeña Francie y su hermano Nellie son hijos de Johnny Nolan, marido enamorado y padre cariñoso pero demasiado dado a la botella, y de Katie Rommery, ingeniosa, correosa y pertinaz. Ellos son los Nolan, pobres de solemnidad, que sobreviven a duras penas en el Brooklyn de comienzos del siglo XX. A duras penas y gracias al tesón y al ingenio de Katie, capaz de crear innumerables platos a base de pan duro, de ingeniar una ficción con que entretener a sus famélicos hijos -convertidos cuando no hay comida que llevarse a la boca en exploradores del Polo Norte a los que no termina de llegar el auxilio- y de obligarlos a leer cada noche antes de acostarse una página de la Biblia y otra de las Obras Completas de Shakespeare. Katie no acabó la escuela elemental, sus hermanas y su madre ni siquieran saben leer y escribir pero si algo tienen claro las Rommery es que la educación es el único modo de salir de pobre y de tener acceso a una vida mejor.

Y pese al hambre, al frío, la obligación de trabajar después de la escuela, el orgullo constantemente herido por la brutalidad y la ignorancia de sus vecinos, la pequeña Francie es aún capaz de disfrutar de la vida y de apreciar los pequeños detalles que hacen que esta sea digna de ser vivida. Pues como señala cerca del final de la novela, la felicidad no es algo lejano y abstracto, sino que se consigue mediante cosas concretas y sencillas como un zaguán en el que guarecerse de un aguacero en la compañía adecuada, una taza de café bien amargo o un buen libro que leer en la escalera interior con algunos caramelos al alcance de la mano. Como “el árbol del cielo” atestigua, también hay lugar para la belleza entre la mugre y la pobreza. Así lo siente Francie, lúcida, despierta y orgullosa, y así lo defiende ante un arrogante médico o una profesora de lengua bienintencionada pero terriblemente corta de miras, incapaz de apreciar el verdadero talento:

“- Pero la pobreza, el hambre y la embriaguez son temas desagradables. Todos admitimos que estas cosas existen, pero no se escribe sobre ellas.

- Entonces, ¿sobre qué se escribe? [...]

- Hay que sondear la imaginación en busca de belleza. El escritor, como el artista, debe procurar siempre alcanzar la belleza.

- ¿Qué es la belleza? -preguntó la niña.

- No puedo sugerir una mejor definición que la de Keats: “Belleza es verdad, verdad es belleza”.

[...]

- Esos cuentos son la verdad.

- ¡Qué disparate! -estalló la señorita Garnder. Luego, suavizando su tono, continuó-: Por verdad entendemos cosas como las estrellas que están siempre en el cielo, el esplendor del sol naciente, la nobleza de la humanidad, el amor materno y el amor a nuestra patria -terminó con descendente convicción.

-Ya veo -dijo Francie.”

He aludido más arriba a El corazón es un cazador solitario de McCullers y a Matar un ruiseñor de Harper Lee. Betty Smith nació en el mismo Brooklyn y no pertenece al gótico sureño, pero Un árbol crece en Brooklyn es pariente directo de historias como estas, así como también de las de Eudora Welty e incluso del primer Truman Capote. Pues no sólo está protagonizada por una niña lista, sensible y despierta y tiene una indudable altura literaria, sino que se incardinan en ella de modo indisoluble lo trágico y lo cómico para confirmarnos una vez más que, como en su día concluyera el bueno de Edmundo Dantés, no hay ventura ni desgracia en el mundo sino comparación de un estado con otro y podemos y debemos en esta dura vida “confiar y esperar”.

viernes, 26 de diciembre de 2008

LA INTERPRETACIÓN DEL ASESINATO (JED RUBENFELD): ¿MALA...? NO, PEOR


He dedicado los primeros días de las vacaciones navideñas a la lectura de La interpretación del asesinato de Jed Rubenfeld, que el año pasado fue bastante leída y recibió, al parecer, entusiastas críticas en el ámbito anglosajón. En ella parte el debutante Rubenfeld del viaje que en agosto de 1909, y junto a sus seguidores Jung y Ferenczi, realizó Freud a los Estados Unidos de América y desarrolla a continuación una historia de inquietantes y terribles crímenes que el narrador de la historia, Stratham Younger -o no; luego volveré sobre esto- intentará resolver psicoanalizando a una de las víctimas, la joven y seductora Nora Acton.

A simple vista la trama prometía suspense y entretenimiento fácil pero desde ya digo que si por algo destaca esta novela es por lo mala que es; mala con avaricia. Para empezar, los personajes se multiplican sin orden ni concierto y sin que muchos de ellos cumplan papel alguno en el desarrollo de la trama; tan sólo le restan espacio a aquellos que habrían merecido una mayor dedicación de parte del autor: el de Freud, sin ir más lejos. Las tramas se superponen y se interrumpen unas a otras sin ningún tipo de ilación entre ellas y sin que las secundarias sirvan al desarrollo de la principal. En esta última además el autor juega continuamente al despiste, como en las malas películas de suspense, y multiplica los giros de la historia -cada vez más rocambolescos- para acabar con un final imposible en que se descubren pasadizos secretos, agresiones fingidas, pruebas manipuladas, inversos complejos de Edipo, pederastia, sádicos locos huidos de manicomios de mínima seguridad y, cómo no, una sociedad secreta autodenominada el Triunvirato. Y en esa multiplicidad de tramas hay lugar también para discursos varios con vueltas y revueltas sobre el To be or not to be de Hamlet, envidias intelectuales, o policías y psiquiatras protagonizando en el Hudson una escena al más puro estilo de Silvester Stallone -en Daylight para más señas-.

El autor cambia continuamente el punto de vista sin que ello parezca fruto de una decisión consciente y si bien parece que la narración corre a cargo de Stratham Younger, uno de los protagonistas, este es sustituido en no pocas ocasiones por un narrador omnisciente que saber lo sabrá todo, pero decir dice más bien poco -y mal- y se hace del todo insoportable y sabihondo con sus intentos de dejarnos en suspense cada vez que cambia el foco de su atención. Todos los capítulos se cierran con algo del estilo de “si el policía apostado a la entrada principal hubiera mirado entonces hacia el parque, habría visto al hombre que en aquel momento saltaba la verja...” Y por si todo esto fuera poco, todo ello viene envuelto en una prosa vulgar y prefabricada con lindezas como las que siguen:

1. “Sólo un gentil puede llevar el psicoanálisis a la tierra prometida. Tenemos que lograr que Jung no ceje en su defensa de die Sache. Todas nuestras esperanzas dependen de él.
Lo que Freud dijo en alemán significa la causa. No sé por qué empleó esas palabras Freud, en lugar de las inglesas. Durante varios minutos nadie habló. Empezamos a desayunar. Brill, sin embargo, no comió nada. Se mordía las uñas. Di por supuesto que la conversación sobre Jung había terminado, pero volvía a equivocarme.”
2. “A las diez de aquel viernes por la mañana, un mayordomo recibió el correo de Banwell en el vestíbulo. En un sobre se veía la bonita y curvilínea letra de Nora Acton. Estaba dirigida a la señora Clara Banwell. Por desgracia para Nora, George Banwell estaba aún en casa. Por fortuna, el mayordomo tenía por costumbre llevarle el correo a la señora Banwell en primer lugar, y es lo que hizo aquella mañana. Por desgracia, Clara aún tenía en la mano la carta de Nora cuando entró en el dormitorio su marido.”

Creo que los ejemplos hablan por sí mismos. No me resisto, sin embargo, a comentarlos. El pobre Sigmund no sabrá por qué le han hecho decir die Sache en lugar de la Causa pero a mí se me ocurre una explicación más que plausible y es que el señor Rubenfeld ha querido dejar patente que es un tipo documentado que ha estudiado a base de bien para escribir esta novela. De hecho, insiste sobre su labor de documentación en la pretenciosa nota final, dedicada a separar ficción y realidad y en la que con falsa modestia da las gracias a sus hijas por haber detectado “errores que nadie más supo ver (ya desde la primera página)”. Estoy segura de que así fue, así como de que se dejaron unos cuantos más, quizás por miedo a provocar un drama familiar y a herir la autoestima de su padre. Por cierto que el propio Rubenfeld invita a sus lectores a dejar constancia en la web de la novela de cuantos errores aprecien.

En cuanto a la segunda perla, o Rubenfeld se cree un tipo divertidísimo o no relee lo que escribe, o quizás un poco de cada. Uno de tantos.

Leía ayer en el prólogo de Constantino Bértolo a La cena de los notables (Periférica) que en su opinión lo que vertebra el hecho literario es la responsabilidad, ya se trate de la del autor, del lector, del crítico o del editor. Estoy de acuerdo. Y aunque autor y editor no han cumplido con la suya, yo intentaré cumplir con la mía. Así que por primera vez, no lean, no lean, por favor.