Publicado en Qué Leer, nº 170 (noviembre, 2011)
viernes, 4 de noviembre de 2011
SEAVIEW (TOBY OLSON)
viernes, 21 de enero de 2011
INTERREGNO (XI): UNA DE LENGUA
Ya se imaginarán que el susodicho panfleto abunda en la idea de que se hace necesario luchar contra la invisibilidad del género femenino y hacer presentes a las mujeres a base de recursos varios como la utilización de dobletes –os/-as, abstractos y términos genéricos en lugar del, dicen ellos, masculino. Les pondría por aquí una muestra pero tal panfleto tiene 14 carillas a todo color –calculen ahora el gasto del Gobierno del Principado de Asturias-, y estoy cansada. Sé, en cualquier caso, que se hacen una idea. Seguro que el bárbaro “miembros y miembras” de Bibiana Aído resuena aún en sus oídos.
Pues bien, al margen de que en el ya famoso panfleto se emplee repetidamente “lenguaje” donde debería utilizarse “lengua”, la mayor parte de sus recomendaciones están viciadas por un gravísimo error de principio, como es la confusión entre género gramatical y género léxico. Me explico. Este último viene motivado por el carácter inanimado o animado del referente y, en este último caso, por su sexo masculino o femenino. Para que nos entendamos, la palabra “mujer” tiene género léxico femenino porque su referente es del sexo femenino, en tanto que la palabra “varón” tiene género léxico masculino porque su referente es de dicho sexo. La palabra “mesa”, a su vez, tiene género léxico inanimado porque es un ente inerte. El género gramatical, por su parte, no tiene por qué coincidir con el léxico, como bien verán con un par de ejemplos. Porque, vamos a ver... ¿por qué la mesa y la silla y la pared y una piedra son femeninos, en tanto que el sillón, el sofá, el monte, etc., son masculinos, si son seres inanimados? O ¿por qué en alemán “la muchacha” –das Mädchen- es de género neutro, como atestigua su artículo y die Kätze, el gato, es femenino? Pues porque una cosa es el género léxico, coincidente con el sexo, o ausencia del mismo, de su referente y otra el género gramatical. Y este último, amigos míos, lo determina tan sólo la concordancia con el artículo o adjetivo. O sea, que “mesa” es femenino porque concuerda con la forma femenina del artículo y del adjetivo, al margen de que su referente sea inanimado y, llegando por fin al quid del asunto, “miembro” tiene género gramatical masculino porque concuerda con formas masculinas, pero puede aplicarse a referentes de sexo masculino o femenino. Lo mismo vale para otras palabras como “concejal” o incluso “profesor”, “niño”, etc. en determinados contextos. En una oración como “El gremio de los profesores está muy descontento”, “profesores” no se aplica tan sólo a los docentes de sexo masculino. Una cosa es que su género gramatical –el que determina la concordancia, insisto- sea masculino y otra que no pueda –que sí puede- aplicarse también a referentes de sexo femenino. Así que cuando decimos, a lo Ibarretxe, “ciudadanos y ciudadanas”, “vascos y vascas”, “trabajadores y trabajadoras”, gastamos saliva en vano y atentamos de paso contra uno de los primeros principios de la lengua: la economía lingüística.
Se va haciendo tarde y no quiero resultar pesada pero con todo lo anterior no estoy negando la existencia de usos sexistas de la lengua –que no del lenguaje-. Haberlos haylos, pero no están en la gramática sino en el léxico; y tan sólo porque este sirve para representar el mundo. Lo sexista no es que se diga “los políticos” sin especificar la existencia de mujeres entre los designados. Lo sexista es que hombre público signifique ‘político’ y mujer pública ‘prostituta’; y que Zapatero sea Zapatero, Rajoy sea Rajoy y, en cambio, la ministra de Exteriores sea Trini.
Así lo veo yo, al menos. Y lo que también veo yo es que resulta vergonzoso que un panfleto intitulado “Cuida tu lenguaje, lo dice todo”, presente en su primera página una falta de ortografía:
“Cuando el documento es abierto y no se sabe quien [sic] es la persona concreta a la que nos referimos conviene reflejar las dos posibilidades: El/La Jefe/Jefa del Servicio, La Directora/El Director.”
Lo dice todo, ciertamente. Para empezar, que el redactor de turno no ha detectado que “quién” introduce una oración sustantiva interrogativa indirecta y que, como tal, debe llevar tilde o acento gráfico. En fin... es el signo de los tiempos, supongo. Ahora les dejo. Espero haberles convencido. Volveré pronto, espero, para tratar de temas más agradables, menos densos pero no menos tormentosos. Pues si les tengo un tanto abandonados últimamente no es por mi labor de lingüista justiciera, sino porque ando más que entretenida por las borrascosas cumbres del páramo inglés de Emily Brontë.
¡Ya he acabado, papá!
lunes, 12 de abril de 2010
TORMENTAS COTIDIANAS (WILLIAM BOYD)
Una entiende que corren tiempos difíciles y que poner en funcionamiento una nueva editorial no supone pocos riesgos. Pero si de ahorrar se trata, no sé si hacerlo a costa de los revisores o los traductores supone un buen negocio. Viene esto a cuenta de las ¡45! -ahí es nada- faltas de ortografía que presenta esta su primera edición. Al margen de un bricolage a la francesa -que debiera haber aparecido en cursiva o en la más castiza forma de bricolaje-, que casi es lo de menos, se derivan todas ellas del sorprendente desconocimiento por parte del traductor de que los pronombres y, sobre todo, los adverbios interrogativos, llevan tilde aunque la interrogación sea indirecta. A ello se suman además alguna que otra traducción un tanto chirriante como “la risa que le hacía su propio chiste” y una errata disculpable en que se lee “Jonjo” en lugar de “Juan”.
No sé a Vds., pero cuando yo estaba en el colegio a mí me sobraban los dedos de una mano para contar las faltas de ortografía que se nos toleraban, así que me parece indignante que un traductor profesional se permita tales “descuidos” y, aún más, que no hayan sido detectados por nadie en la editorial. Así que, aunque sea ya tarde, escribiré a Duomo con una nómina de las faltas que deben corregir con vistas a una eventual segunda edición que, espero, haga justicia en lo formal a la entretenidísima novela de William Boyd.
domingo, 7 de marzo de 2010
INTERREGNO (VII): UNA DE RESPONSABILIDAD E IRRESPONSABILIDAD

¿A qué todo esto? Al artículo de Bernard-Henri Lévy que con el título de “Cuando Hollywood pierde la cabeza” puede leerse hoy en el suplemento dominical de El País y que retoma la inevitable cuestión de la responsabilidad del artista, si bien referida en este caso, como debe ser, a la misma obra.
En él achaca el autor cierta irresponsabilidad a Tarantino y a Scorsese en sus respectivas Malditos bastardos y Shutter Island. Alaba el talento de ambos pero advierte contra la versión del asunto del Nazismo que una y otra dan y que podría confundir, dice, a un espectador típico no demasiado informado. ¿Murió Hitler realmente en un búnker de Berlín o, más bien, en un cine incendiado por los bárbaros héroes de Tarantino? ¿Recicló el gobierno estadounidense a científicos nazis como da a entender, o no, la última película de Scorsese? El Nazismo, dice, se ha convertido en un self-service,
“ni más ni menos tabú que otro, del que se nutren quienes han elegido pensar que, como la fábula rige el mundo, la realidad no debería ser más que una de las modalidades de la ficción”.Vayamos por partes, pues no es poca la tela que aquí hay que cortar. Digamos, para empezar, que el papel que el Nazismo pueda tener en Shutter Island es totalmente marginal y que no le veo problema alguno a la versión del asunto dada por Scorsese, confusiones entre Auschwitz y Dachau al margen. Por supuesto que la Inteligencia estadounidense reutilizó a científicos que previamente habían colaborado con la locura nacionalsocialista. ¿Quién se cree Lévy que llevó a la NASA la tecnología de los V2? Se llamaba Werner Von Braun y fue miembro de las SS.
Pero, en realidad, es Tarantino el peor parado y no veo por qué. Tachar a Tarantino de irresponsable y revisionista por hacer morir a Hitler en un cine y por su historia de vengadores de cómic es como criticar a Spielberg y a George Lucas por contarnos en la primera y tercera entrega de Indiana Jones que los Nazis aspiraron a dominar el mundo y a la inmortalidad sirviéndose del Arca de la Alianza y del Santo Grial. ¡Por favor! No creo que los Malditos bastardos de Tarantino supongan una banalización mayor que la que durante décadas se alimentó desde Hollywood con títulos como Los cañones de Navarone, Los héroes de Telemark, El desafío de las águilas, Los doce del patíbulo o Salvar al soldado Ryan. Por lo pronto, los 15 min. iniciales de Malditos bastardos resumen con devastadora y conmovedora precisión el drama de la Shoah. Pero además si el espectador “medianamente informado” de su película se confunde, ello no es culpa de Tarantino, que no tiene responsabilidad alguna para con la educación de los adolescentes californianos o de Minessotta, como Lévy parece sugerir. Si el chaval en cuestión se forma una idea equivocada es cosa suya y del eventual profesor al que se le pueda ocurrir servirse de los Bastardos para ilustrar a sus alumnos sobre el Nacionalsocialismo; como aquella profesora mía de Historia de Roma que pretendió sustituir las clases sobre la decadencia del Imperio Romano no por una lectura de Mommsenn o de Gibbon, no, sino por un visionado del Gladiator de Ridley Scott; o como el estudiante que cree que la intragable Troya de Wolfang Petersen equivale a la Ilíada de Homero.
¿Qué debería haber hecho Tarantino en opinión de Lévy? ¿Acaso suponer la imbecilidad de su público y considerarlo incapaz de discernir entre ficción y realidad? ¿Ahorrarse su historia? ¿Grabar un documental más sobre el Holocausto? Todos hemos oído aquella historia, real o no, del chaval que se creyó Superman y saltó por la ventana haciendo de su sayo una capa. ¿Debemos culpar a Siegel y a Shuster? Vds. dirán. Yo creo que no, pues en virtud del pacto de ficción el juicio se adapta al contexto en el que debe actuar. No es que la fábula rija el mundo ni que la realidad sea una modalidad más de la ficción, sino que por más que la vida imite al arte y viceversa, el espectador y el lector medio –ahora apelo yo a la medianía- son capaces de discernir entre la una y el otro en virtud de lo que ha dado en llamarse sentido común. Al fin y al cabo, no somos tontos. ¿O sí?
viernes, 22 de enero de 2010
EL FACTOR HUMANO (JOHN CARLIN)
“Los deportes son una buena distracción en la vida cuando todo se vuelve melancólico”
El periodista deportivo
Richard Ford
Vayamos por partes y digamos, para empezar, que adoro el deporte. No es que corra, ni que nade, ni que monte en bicicleta, ni que practique juego alguno desde que dejé atrás la edad escolar. Mi ídolo de la infancia, sin embargo, no fue otro que un tal Pedro Delgado, capaz de ganar un Tour de Francia con autoridad (1988) y de perder otros dos, al menos, con característica originalidad (1987 y, por supuesto, 1989). La vez que más próxima he estado en mi vida de un ataque de ansiedad fue en el ya lejano 1992, con ocasión de la final de la Euroliga que enfrentó al Joventut de Badalona con el Partizan de Belgrado y que la Penya perdió en el último segundo merced a un triple del Sr. Djordjevic. Ese mismo año lloré, cómo no, el día de la clausura de los archiañorados Juegos Olímpicos de Barcelona y hace dos veranos volví a llorar tras la final olímpica de baloncesto que en Pekín enfrentó a nuestra selección con la de Estados Unidos; no por la frustración de ver cómo se escapaba una oportunidad única, sino por la emoción de haber visto, sin duda, el mejor partido de los posibles. Aunque de una forma vicaria, pues, adoro el deporte. ¿Por qué? Por los motivos que aporta el bueno de Frank Bascombe en El periodista deportivo de Richard Ford (uid. supra), porque emociona y porque, aunque cada vez menor, aún hay lugar en él para una grandeza y una épica de otros tiempos. Así que cuando leí hace unos meses en El País que John Carlin había escrito un libro titulado El factor humano acerca del papel que el rugby y la Copa del Mundo de 1995 habían desempeñado en la consolidación de la democracia post-apartheid surafricana, y que además este había servido de base para la nueva película del maestro Eastwood, no lo dudé.
Error. El factor humano de Carlin defrauda. Defrauda porque decepciona y defrauda porque engaña. Se nos presenta, como digo, como el análisis del papel jugado por el rugby, deporte nacional afrikaner, en la reconciliación entre afrikaners y negros. Sin embargo, al rugby y la Copa del Mundo les dedica tan sólo Carlin el último tercio de este ¿ensayo? Con anterioridad lo menciona tan sólo de manera tangencial y sorprendentemente forzada, como queriendo recordarnos a cada momento cuál es la tesis del libro que tenemos entre manos. Los dos primeros tercios los dedica Carlin por entero a Nelson Mandela y a sus negociaciones con Botha, De Klerk y otros muchos desde su cárcel en Robben Island y ya fuera de ella. No es que Mandela no merezca tal atención ni sea digno de admiración –que lo es y mucho- pero la historia del gran líder del Congreso Nacional Africano ya ha sido contada en muchas y mejores ocasiones y habría interesado más aquí el punto de vista de los Springboks, que acaban tipificados como una pandilla de grandullones, torpones pero de buen fondo, que lloran como críos y en su momento fueron racistas y cómplices silentes del apartheid porque no podían ser otra cosa. ¡Ja! Lo típico y lo tópico son dos de los m
ás grandes enemigos de la Literatura. Otro es la impostación. Y el Mandela de Carlin es, sobre todo, forzado, porque ha sido privado de su humanidad –frente a lo que diga el título- al convertir Carlin cada sonrisa, cada gesto espontáneo, cada chiste, cada anécdota de ese venerable anciano en parte de una estrategia para –una vez más- convertir el rugby en el engrudo que rellene las grietas de más de medio siglo. Todo el mundo, hasta los más grandes estadistas que en el mundo son y han sido, debería tener derecho a relajarse y a la charla insustancial de vez en cuando. Pero ahí va un botón de muestra para que vean a qué me refiero:
“Era una historia especialmente ligera e insustancial dada la solemnidad del entorno, un despacho en el que, como había dicho Mandela en una entrevista unos días antes, “se fraguaron los planes más diabólicos”. Pero la historia de los pollos robados fue útil porque ayudó a crear precisamente el tipo de intimidad y complicidad que el presidente quería establecer con el joven. Al contarle lo que era una especie de confidencia privada, una historia que Pienaar no podía leer en los periódicos, Mandela encontró una forma de llegar al corazón del abrumado capitán del equipo de rugby, de hacerle sentir como si estuviera en compañía de su tío abuelo favorito. Pienaar no podía saberlo entonces pero, para Mandela, ganarse su confianza –y, a través de el, conquistar al resto del equipo Springbok- era un objetivo importante. Porque lo que Mandela había deducido, con ese estilo medio instintivo y medio calculador que tenía, era que la Copa del Mundo podía ayudar a afrontar el gran reto de la unificación nacional que aún quedaba por hacer.”
El factor humano
John Carlin
Así, una y otra vez, de manera que una llega a plantearse si Carlin no estará intentando autoconvencerse a cada momento de que su tesis es cierta. Como dice la locución latina, excusatio non petita, accusatio manifesta. O eso o creyó que los potenciales lectores de su libro eran de natural obtuso, en cuyo caso debería haber tenido mayor cuidado y reprimir la tendencia a lanzar, uno tras otro, nombres que no se sabe muy bien qué papel desempeñan en esta historia así como también el irritante vicio de avanzar y retroceder continuamente en el tiempo. En fin, un desastre. Y eso que yo quería creer y ampliar la lista de grandes momentos que el deporte nos ha deparado.
viernes, 15 de mayo de 2009
INTERREGNO (III)
“Una vez, siendo yo adolescente, mi padre me dijo: “Si temes, no vaciles. Métete en dificultades si ése es el curso honesto a seguir.” Era una hipótesis referida al arte del coraje que me vi obligado a refinar considerablemente en las guerras burocráticas, donde la carta que había que jugar era la paciencia. Pero también sabía que cuando el miedo se volvía paralizante había que esforzarse por hacer ese movimiento o dejar que el alma pagase las consecuencias. Cuando uno topaba con un fantasma, el curso honesto era claro: había que seguirlo.”El fantasma de Harlot
Norman Mailer
La reseña en cuestión es la de En lugar seguro de Wallace Stegner y aparece firmada por una servidora, tal cual se publicó en su día. ¿Tal cual? No del todo. Minime! que diría el narrador de las hazañas de los irreductibles galos de Uderzo y Goscinny. Aparece bajo la desconcertante nota de "matrimonio y familia", precedida de una vergonzante glosa en la que se justifica mi entusiasmo ante la novela de Stegner y premura a la hora de recomendarla por haber descubierto en ella una especie de fuente inagotable de valores humanos como el amor, la amistad, el sacrificio... frente al confort material; valores, por cierto, que no sé con qué autoridad tienden a reclamar como propios y en exclusividad ciertos sectores del catolicismo más ferviente, aunque esa es otra cuestión.
Y como ilustración de la glosa y la reseña no comparece ya la sobria imagen de la señal de Vermont que yo seleccioné en su día, sino dos pastiches indescriptibles que muestran a sendas parejas felices y sonrientes a más no poder; una de recién casados y la otra acompañada por un pelotón de vástagos -he contado 13 pero cualquiera sabe- más rubios y con dientes más blancos aun que sus padres, si cabe -y como suele suceder, ¡sí! sí cabe-. Aquí mismo pueden contemplar el desastre.
Me dirá quizá alguno de Vds. que estoy exagerando. No lo creo. Es de sobra sabido por los lingüistas que la pragmática y su adorado dios, el Contexto, llegan adonde no son capaces de llegar las ecuaciones lógicas y matemáticas del estructuralismo. Vamos, que el "dónde se dice" importa -¡y mucho!- en la comunicación. El responsable del "rapto" de mi reseña no sólo ha hecho una lectura interesada y sesgada de la misma -la novela de Stegner ni la habrá leído seguramente- sino que la ha desquiciado al hacerla aparecer junto a artículos titulados "la sociedad contra el aborto", "algunas orientaciones sobre la ilicitud de la reproducción humana artificial", "to clone or no to clone", "ser concebido o ser producido", "la trivilización del sexo", "el bostezo, la sonrisa o el hipo de un bebé", "la indigestión laicista", "mujeres jóvenes, preparadas y en casa" -¡por favor!-, "sobre el llamado matrimonio homosexual" y un largo etc.
Cuando escribí sobre En lugar seguro de Stegner pretendía hablar de literatura. Nada más. Saben Vds. que no suelo tratar de otras cuestiones en este lugar donde, como Holden Cauldfield por Manhattan, intento pasar mis "vacaciones" del mejor modo posible. Y si no lo hago yo, no veo por qué nadie tiene que servirse de mis palabras para hacerlo y, lo que es peor, sin preguntar primero; mucho menos la Asociación Arguments con la que nunca he tenido ni tendré nada que ver. Pues no es que le importe a nadie por aquí ni por allí... pero no estoy bautizada, soy atea, creo en el laicismo más absoluto del estado, en la libertad individual de cada cual para elegir cómo y con quién vivir la propia vida y, cómo no, a leer lo que me venga en gana y comentarlo con amigos y lectores casuales en las procelosas aguas de la blogosfera sin verme de repente un día en un puerto como ese, adonde nunca pretendí ni quise llegar.
viernes, 26 de diciembre de 2008
LA INTERPRETACIÓN DEL ASESINATO (JED RUBENFELD): ¿MALA...? NO, PEOR
He dedicado los primeros días de las vacaciones navideñas a la lectura de La interpretación del asesinato de Jed Rubenfeld, que el año pasado fue bastante leída y recibió, al parecer, entusiastas críticas en el ámbito anglosajón. En ella parte el debutante Rubenfeld del viaje que en agosto de 1909, y junto a sus seguidores Jung y Ferenczi, realizó Freud a los Estados Unidos de América y desarrolla a continuación una historia de inquietantes y terribles crímenes que el narrador de la historia, Stratham Younger -o no; luego volveré sobre esto- intentará resolver psicoanalizando a una de las víctimas, la joven y seductora Nora Acton.
A simple vista la t
rama prometía suspense y entretenimiento fácil pero desde ya digo que si por algo destaca esta novela es por lo mala que es; mala con avaricia. Para empezar, los personajes se multiplican sin orden ni concierto y sin que muchos de ellos cumplan papel alguno en el desarrollo de la trama; tan sólo le restan espacio a aquellos que habrían merecido una mayor dedicación de parte del autor: el de Freud, sin ir más lejos. Las tramas se superponen y se interrumpen unas a otras sin ningún tipo de ilación entre ellas y sin que las secundarias sirvan al desarrollo de la principal. En esta última además el autor juega continuamente al despiste, como en las malas películas de suspense, y multiplica los giros de la historia -cada vez más rocambolescos- para acabar con un final imposible en que se descubren pasadizos secretos, agresiones fingidas, pruebas manipuladas, inversos complejos de Edipo, pederastia, sádicos locos huidos de manicomios de mínima seguridad y, cómo no, una sociedad secreta autodenominada el Triunvirato. Y en esa multiplicidad de tramas hay lugar también para discursos varios con vueltas y revueltas sobre el To be or not to be de Hamlet, envidias intelectuales, o policías y psiquiatras protagonizando en el Hudson una escena al más puro estilo de Silvester Stallone -en Daylight para más señas-.El autor cambia continuamente el punto de vista sin que ello parezca fruto de una decisión consciente y si bien parece que la narración corre a cargo de Stratham Younger, uno de los protagonistas, este es sustituido en no pocas ocasiones por un narrador omnisciente que saber lo sabrá todo, pero decir dice más bien poco -y mal- y se hace del todo insoportable y sabihondo con sus intentos de dejarnos en suspense cada vez que cambia el foco de su atención. Todos los capítulos se cierran con algo del estilo de “si el policía apostado a la entrada principal hubiera mirado entonces hacia el parque, habría visto al hombre que en aquel momento saltaba la verja...” Y por si todo esto fuera poco, todo ello viene envuelto en una prosa vulgar y prefabricada con lindezas como las que siguen:
1. “Sólo un gentil puede llevar el psicoanálisis a la tierra prometida. Tenemos que lograr que Jung no ceje en su defensa de die Sache. Todas nuestras esperanzas dependen de él.
Lo que Freud dijo en alemán significa la causa. No sé por qué empleó esas palabras Freud, en lugar de las inglesas. Durante varios minutos nadie habló. Empezamos a desayunar. Brill, sin embargo, no comió nada. Se mordía las uñas. Di por supuesto que la conversación sobre Jung había terminado, pero volvía a equivocarme.”
2. “A las diez de aquel viernes por la mañana, un mayordomo recibió el correo de Banwell en el vestíbulo. En un sobre se veía la bonita y curvilínea letra de Nora Acton. Estaba dirigida a la señora Clara Banwell. Por desgracia para Nora, George Banwell estaba aún en casa. Por fortuna, el mayordomo tenía por costumbre llevarle el correo a la señora Banwell en primer lugar, y es lo que hizo aquella mañana. Por desgracia, Clara aún tenía en la mano la carta de Nora cuando entró en el dormitorio su marido.”
Creo que los ejemplos hablan por sí mismos. No me resisto, sin embargo, a comentarlos. El pobre Sigmund no sabrá por qué le han hecho decir die Sache en lugar de la Causa pero a mí se me ocurre una explicación más que plausible y es que el señor Rubenfeld ha querido dejar patente que es un tipo documentado que ha estudiado a base de bien para escribir esta novela. De hecho, insiste sobre su labor de documentación en la pretenciosa nota final, dedicada a separar ficción y realidad y en la que con falsa modestia da las gracias a sus hijas por haber detectado “errores que nadie más supo ver (ya desde la primera página)”. Estoy segura de que así fue, así como de que se dejaron unos cuantos más, quizás por miedo a provocar un drama familiar y a herir la autoestima de su padre. Por cierto que el propio Rubenfeld invita a sus lectores a dejar constancia en la web de la novela de cuantos errores aprecien.
En cuanto a la segunda perla, o Rubenfeld se cree un tipo divertidísimo o no relee lo que escribe, o quizás un poco de cada. Uno de tantos.
Leía ayer en el prólogo de Constantino Bértolo a La cena de los notables (Periférica) que en su opinión lo que vertebra el hecho literario es la responsabilidad, ya se trate de la del autor, del lector, del crítico o del editor. Estoy de acuerdo. Y aunque autor y editor no han cumplido con la suya, yo intentaré cumplir con la mía. Así que por primera vez, no lean, no lean, por favor.
jueves, 23 de octubre de 2008
POR SUS OBRAS LOS CONOCERÉIS
Para seguir, el “Querido personaje” con el que Andrés Neuman mejoró el Babelia del pasado sábado, 18 de octubre. Su columna comienza bien:
“Que la presencia del yo en la escritura dependa del empleo de la primera persona me parece una de las mayores simplificaciones que han campado por los desiertos del debate literario. La dicotomía entre primera y tercera persona es falsa: cualquier personaje imaginario puede esconder a un álter ego, igual que un monólogo íntimo puede basarse en artificios ficcionales.”
Y aún termina mejor:
“No hay nada más sincero que un personaje que nos cuenta quiénes somos.”
En el mismo número del Babelia la inefable Joyce Carol Oates presenta la autobiografía como “memoria semificcionalizada” siguiendo la misma línea del prolífico genio de Newark –y de nuevo me refiero a Roth, por supuesto-.
Así que hoy me han chirriado aún más, si cabe –y sí, sí cabe- muchas de las cosas escuchadas en el encuentro que Margaret Atwood, galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, ha protagonizado en la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Oviedo. Y no fue “la Margaret Atwood”, como por accidente se refirió a ella el Rector en la presentación de la presentación, la responsable de las tonterías allí dichas, aunque me pareció un tanto forzada su insistencia en ganarse al público a base de bromas como “¿Es demasiado extremista afirmar que la mujer es un ser humano?”. No, los responsables de los dislates fueron las profesoras y doctorandas que con ella compartieron estrado, algunos de los pocos asistentes que tuvieron la oportunidad de participar en el coloquio y los intérpretes –“lector veroz” y “repagar” fueron algunas de las perlas de las que tomé nota- encargados de la traducción simultánea.
El retorcido, malintencionado y agramatical por contrario a la economía lingüística “queridas colegas y colegas masculinos” con que abrió el acto la entrevistadora principal, profesora de Filología Inglesa y responsable del programa sobre Estudios de género de nuestra Universidad, no auguraba nada bueno y se convirtió en presagio de lo que estaba por venir. Y será verdad que la feminidad es una constante de la obra de Atwood, pero no la única. De hecho, si por algo destacaban las tres piezas que leyó la autora –“Asesinato en la oscuridad”, “La tienda de campaña” y un ingenioso monólogo de Gertrudis, madre de Hamlet- es por la metaficción, piedra angular de la narrativa contemporánea más actual. Sin embargo, buena parte de los presentes insistieron en preguntar sobre lo femenino: “¿Hay esperanza para las mujeres como género?”. En fin... La Atwood, todo hay que decirlo, mantuvo el tipo y respondió muy sensatamente rechazando la generalización, afirmando la individualidad de las mujeres y preguntando a su vez “¿esperanza de qué? ¿a qué estado de cosas quiere Vd. llegar?”.
Y es que además de por su parcialidad, que conculca, por cierto, la vocación universal del arte en general y de la obra literaria en particular, la mayoría de las intervenciones pecaron de intelectualismo y de un abuso de abstracción e interpretación. Otras, en cambio, caían en el tópico –“¿Qué consejo le daría al escritor novel?”- y la obviedad: “¿Han influido su biografía y su bagaje de lecturas en su obra? Y si es así, ¿cuál es el hecho de su biografía que más la ha marcado como escritora?” Una vez más, en fin... Como la propia Atwood contestó muy sensatamente, nadie, salvo el mayor de los egotistas, es capaz de hacerse esa pregunta ante un espejo.
Con todo, la novelista comenzó su intervención con un breve recorrido por su biografía, desde su nacimiento en la muy muy grande Canadá –tan grande, dijo, que se pueden dibujar las islas británicas en uno de sus lagos-, donde la naturaleza es hostil y los errores se pagan con la muerte –hasta dio consejos sobre descenso de aguas rápidas y protocolos a seguir en caso de que uno tenga la desgracia de quedar atrapado con el coche en las densas nieves norteñas- hasta su primera firma de libros en la sección de tienda de ropa interior masculina de unos Grandes Almacenes.
Si de alguna manera esos orígenes condicionan su obra, afirmó la autora, es porque le enseñaron a ser práctica y pragmática. Ese pragmatismo se hallaba tras su brillante denuncia de la irrealidad de la banca, pura convención humana basada en algo tan relativo como la confianza. Uno de los mejores momentos del encuentro, de hecho, fue el del símil que estableció entre la banca mundial y la escena del Peter Pan de Barrie en la que se insta a los niños a aplaudir y a aplaudir si creen en las hadas, para que estas sigan existiendo.
Y ese mismo pragmatismo, añado yo ahora recuperando de nuevo al Roth de Los hechos, es el principio de “todo suceso auténticamente imaginario”, que “empieza por abajo, en los hechos, en lo específico, no en lo filosófico ni en lo ideológico ni en lo abstracto”. Las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis surgieron de la imagen de un fauno –el futuro Sr. Tumnus- merendando un bocadillo de sardinas al abrigo de un acogedor fuego y el mismo Harold Pinter afirmaba que sus personajes, simbolizaran lo que simbolizaran, nunca nacían como representaciones alegóricas sino de un contexto concreto y particular.
Así las cosas, poco puede aportar a la lectura de la obra el interrogatorio directo del lector al autor. Me he dedicado hasta aquí a cuestionar las preguntas que se le formularon a Margaret Atwood y alguien me podrá preguntar con malicia qué le hubiera preguntado yo. La respuesta es nada. Absolutamente nada.




