domingo, 18 de enero de 2015

ASESINATO EN LA VÍA APIA (STEVEN SAYLOR)



Corre el año 52 a. C. cuando Clodio, agitador populista, muere asesinado en la Vía Apia. Todo parece apuntar a Milón, representante de un orden más tradicional y enemigo acérrimo del difunto, con el que este último se encontró de manera fortuita, o no, poco antes de su fallecimiento. El caos devora Roma. Mientras las facciones de Clodio incendian el Foro y claman venganza, Milón se refugia en el talento de Cicerón, el más grande orador de todos los tiempos, que compone en su defensa una de las más bellas muestras de oratoria forense. Sin embargo y por desgracia para Milón, la ejecución en el tribunal no está a la altura del texto y los asistentes al proceso contemplan, por vez primera, a un Cicerón balbuceante y dubitativo superado por la situación. Milón es condenado y desterrado a Marsella. Cicerón, herido en su orgullo, rehace el discurso. Cuenta el anecdotario clásico que, cuando Milón leyó en Marsella la versión corregida del Pro Milone, señaló que de haber sido ese el discurso pronunciado en el juicio, no estaría él entonces comiendo marisco en Marsella.
Tales son las circunstancias históricas que Steven Saylor, creador de Gordiano “el Sabueso”, eligió para ambientar Asesinato en la Vía Apia, un título más de la serie Roma sub rosa que, créanme, mucho tuvo que ver en que una servidora acabara ejerciendo esta profesión tan exótica: profesora de latín. En este título, como en Sangre Romana, El brazo de la justicia o El enigma de Catilina, el célebre detective, que nada tiene que envidiarle a su “pariente” Marco Didio Falco de Lindsey Davis, se convierte en protagonista de los acontecimientos más arriba narrados y, al tiempo que investiga por encargo de la viuda, Clodia, Pompeyo o Cicerón, compone un relato en primera persona más que entretenido y ayuda a que el lector, casi sin darse cuenta, se forme una idea cabal y más que ajustada de la locura que, sin duda, fue el último siglo de la República.
Lean, lean.


viernes, 9 de enero de 2015

LAS LUMINARIAS Y EL ENSAYO GENERAL (ELEANOR CATTON)



El pasado mes de noviembre recibí de los amigos de Qué Leer el encargo de criticar Las luminarias de Eleanor Catton, flamante Booker de 2013. Las circunstancias hicieron después que la crítica se volviera perfil y, como soy de natural maniático, sumé al encargo inicial la lectura de El ensayo general, opera prima de la autora.
Lo que sigue a continuación es una colección de argumentos, mejor o peor hilvanados, ustedes dirán, que dejan claro, o eso creo, que los madrugones y desvelos del mes de diciembre merecieron la pena; y pretenden convencerles, por supuesto, de que lean ya, de una vez, sin demora, Las luminarias de Catton. Corran.

Este perfil se ha publicado en el número 205 de Qué leer

domingo, 4 de enero de 2015

DE VIDAS AJENAS (EMMANUEL CARRÈRE)



Casi al final de De vidas ajenas informa Carrère, su autor, de la cronología de la redacción y de cómo entre la forja inicial, la documentación y la redacción final transcurrieron unos seis años, en los que compaginó esta narración con otro proyecto y con la alegría de la paternidad. Cuenta también que un día recordó los traumáticos acontecimientos vividos en Sri-Lanka, donde fue testigo del gran tsunami de 2004, y poco después comenzó a repasar las notas tomadas sobre la muerte de su cuñada y, de algún modo, como por azar, ambas historias de muerte trabaron relación y pasaron a formar parte del mismo libro.
Lo explicita Carrère y quizá se le pueda aplicar aquí la máxima latina de excusatio non petita... pues parece ser consciente de lo deslavazado de una narración donde lo mismo hay lugar para la muerte de una niña de cuatro años arrastrada por la gigantesca ola, como para la agonía por metástasis de una mujer en la treintena, su cuñada, madre de tres niñas pequeñas, y para los logros en un tribunal de primera instancia de un juez que, por pretencioso y arrogante, acaba por resultar antipático, por más que una se vea obligada a reconocer sus méritos.
La estructura circular y el evidente paralelismo trazado entre la muerte en el ámbito público, de un lado, y en la esfera privada, de otro, no acaba de dar cohesión a una historia que debería haber sido, según lo veo yo, la de la muerte de su cuñada y, sí, también, la de su camaradería con Etiénne y sus logros en los tribunales. De hecho, y por raro que pueda parecer, son las páginas dedicadas a la jurisprudencia las que más he disfrutado de esta narración a la que, eso sí, por supuesto, hay que reconocerle su agilidad y ese toque de sofisticación tan, tan francés, pero que, quizá por lo heterogéneo de los materiales que la conforman, pasa también de la exposición brutal -la agonía de Juliette no es apta para todos los públicos- al sentimentalismo.


viernes, 26 de diciembre de 2014

LET ME BE FRANK WITH YOU (RICHARD FORD)



Señoras y señores, lectores todos, preparen la mejor de sus sonrisas porque el bueno de Frank Bascombe está de vuelta. Cuando creíamos que no volveríamos a tener noticias de ese devoto de las pequeñas rutinas, de uno de los inertes más interesantes del negro sobre blanco, en suma, de nuestro “hombre tranquilo” preferido, Richard Ford aparece con una nueva entrega de lo más crepuscular. El autor abandona, eso sí, el formato novela y para esta coda final -en apariencia, al menos- adopta la forma del relato breve, de modo más que coherente con el espíritu de su personaje, cuyas entregas anteriores se componían, en el fondo, de una suma de pequeños momentos. Las cuatro piezas que integran esta colección intitulada Let Me Be Frank With You tienen lugar en los días previos a la Navidad de 2012, cómo no, en Haddam (Connecticut), que el huracán Sandy se ha llevado por delante un par de meses antes.
Frank Bascombe tiene casi siete décadas a sus espaldas, hace ya unos años que abandonó el oficio de agente inmobiliario, muchos más que dejó de ejercer como periodista deportivo y entretiene su tiempo leyendo a Naipaul para ciegos, recibiendo en el aeropuerto a soldados vueltos de Oriente Medio y evitando, a toda costa, resfriados o caídas que puedan acabar con él. Sigue siendo, pues, un tipo tranquilo, empeñado en vivir del modo más plácido y agradable posible, pese a que la enfermedad y la muerte se hayan hecho fuertes a su alrededor. Su antigua casa en la playa puede haber desaparecido del mapa al tiempo que su actual residencia se convertía en escenario de un terrible crimen del pasado, su ex mujer puede luchar contra los efectos del Parkinson en una residencia cercana y un antiguo conocido puede confesar una traición mientras agoniza de cáncer. Frank intenta sobrellevar cada día del modo más agradable posible. No es poco con 69 años, la muerte de un hijo, un divorcio, un cáncer de próstata, un disparo y demás traumas como bagaje vital.
Es cierto que algunos pasajes pueden hacerse morosos y repetitivos y que la impresión final está bastante lejos de la que dejaban las dos primeras novelas de la saga o, más recientemente, la magistral Canadá, pero igualmente es un placer volver a leer sobre uno de los más grandes personajes que la narrativa de las barras y estrellas ha alumbrado en las últimas tres décadas.
Lean, lean.

domingo, 14 de diciembre de 2014

MATEMOS AL TÍO (ROHAN O’GRADY)



En un tiempo en que la literatura infantil y juvenil parece gobernada por la tiranía de lo políticamente correcto y la moralina gruesa y superficial, una no puede sino celebrar la publicación en castellano de Matemos al tío de Rohan O’Grady (1963), que los amigos de Impedimenta han tenido el acierto de editar con la portada original del tan siniestro como elegante Edward Gorey. Y es un acierto no solo por la belleza evidente de la ilustración, sino porque la historia misma a la que precede tiene un toque perverso y macabro, por más que sus protagonistas, Barnaby y Christie, sean dos encantadores y traviesos niños rubios recién llegados a una paradisíaca isla canadiense a pasar el verano. O’Grady pertenece, sin duda, a una época en que el “buenismo” y los excesos de la pseudo-pedagogía hoy reinante no suponían amenaza alguna para el planteamiento de un conflicto clásico. Y ello, por supuesto, redunda en beneficio de esta historia en que dos críos de armas tomar se enfrentan a la amenaza de muerte encarnada por el siniestro y licantrópico Tío de Barnaby, así como a la soledad que implica la incomprensión de toda una comunidad que ve en aquel a un pobre viudo desconsolado. Hay en Matemos al Tío siniestras sesiones de hipnosis, felinos sin piedad, robos de escopetas, cremación de ositos de peluche y otros crímenes nefandos. Si a esto añadimos unos personajes singulares y extravagantes como los que solo ofrecen los pueblos pequeños, humor a raudales y merendolas dignas de figurar en las cestas de mimbre de los célebres Cinco de Blyton, el resultado no puede ser más apetecible y jugoso, un título que nadie, niño o adulto, debería perderse. Lean, lean.