lunes, 14 de abril de 2014

TREN A PAKISTÁN (KHUSHWANT SINGH)



Casi al final de Tren a Pakistán, razona Iqbal, inerte intelectual, que contra el Mal y el Caos no suele resultar efectivo un manguerazo de moralidad ni el anónimo sacrificio individual y resulta, en cambio, más útil unirse a la confusión y asegurar la supervivencia. Como refutación de tal asunción, sensata, cínica o cobarde, júzguenlo Vds., funciona el magnífico acto final del otro héroe de esta historia, el ladrón pendenciero Jugga. Y hasta aquí puedo leer... No voy a estropearles el final de esta estupenda novela del recientemente fallecido Khuswant Singh, ambientada en 1947 en una aldea fronteriza del Punjab, justo después de que la pérfida Albión renunciara a su “joya de la corona” y de que la rapiña y condescendencia de los amos ingleses diera paso a la intolerancia religiosa, cuando el Indostán se separó en el Pakistán musulmán, de un lado, y la proteica India, de otro. Sí señalaré, no obstante, que esta historia es una muestra más de que el final de un mal no supone necesariamente un bien y subrayaré, asimismo, que es un perfecto ejemplo de novela bien trabada, con personajes auténticos y bien definidos, magníficas descripciones ambientales, una trama bien armada, emoción y, pese a la ignorancia, brutalidad y violencia recreadas -no en vano, hay lugar en ella para el asesinato y un par de trenes de la muerte-, ironía y humor a raudales. La madre patria obligaba. ¿O no? En cualquier caso, Vds. lean.


domingo, 16 de marzo de 2014

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL (NUCCIO ORDINE)



Se lo decía ya en otro formato hace no demasiado tiempo. Todo estudiante de Humanidades que se precie se verá obligado a contestar, antes o después, a la, al parecer, inevitable pregunta de “para qué”. En estos tiempos de pragmatismo extremo en que todo el mundo parece moverse por el mantra de la inmediatez y el dichoso emprendimiento, aquellos que nos movemos en los márgenes de la “inutilidad”, vivimos de modo perpetuo en el filo de la navaja, no ya de la incomprensión y del desdén, sino de la misma extinción. Lean, si no me creen, el texto de la inminente lomce y comprueben el papel residual que concede, como migajas en el mantel, a materias como Música, Educación Plástica, Filosofía y, por supuesto, Latín y Griego. Peor aún, en el borrador de Real Decreto que se publicó hace unos meses, se incluyen supuestas justificaciones de tales materias que, en el mejor de los casos, provocan la carcajada y, en el peor, vergüenza ajena. Y es que, por más que nos empeñemos, la Historia de la Filosofía, amigos míos, poco o nada tiene que ver con el emprendimiento pero, al igual que el estudio de las lenguas clásicas, estructura la mente y satisface la curiosidad intelectual. Entre otras cosas. A mí me basta. Lástima que a los tecnócratas del Ministerio y las Consejerías que en el mundo están no.

Así las cosas, la lectura de un ensayo como La utilidad de lo inútil de Nuccio Ordine (Acantilado, 2013), así como la del ensayo de Abraham Flexner que incluye como apéndice, proporcionan el alivio que ofrece una cara amiga y cómplice entre desconocidos hostiles y ofrecen, sobre todo, una batería de argumentos y anécdotas relevadoras en defensa de la investigación básica, las disciplinas humanísticas y artísticas. Para que se hagan una idea, cuenta, por ejemplo, cómo ya en los siglos iv-iii a. C., Euclides, el célebre matemático, tuvo que sufrir que un alumno le preguntara para qué servían sus teoremas. Euclides, al parecer, llamó a un esclavo y le ordenó que le diera una moneda a tan insolente alumno, ya que, al parecer, “este necesitaba obtener un beneficio de lo que aprendía”. Ahí queda eso. Llevamos ya un par de milenios en las trincheras, así que Vds. pertréchense bien y lean, lean a Nuccio Ordine. Yo, entre tanto, iré preparando la cartera.


viernes, 7 de marzo de 2014

EL REGRESO DE TITMUSS (JOHN MORTIMER)



Hace ya unos cuantos años que llegan a las librerías buenas noticias en forma de las coloridas y cuidadas ediciones de Libros del Asteroide. Gracias a ellos hemos podido disfrutar en castellano del genial Robertson Davies, el soberbio Wallace Stegner, la ácida Ann Beattie, entre otros, y, desde el año pasado, John Mortimer. Precisamente este último es el autor de El regreso de Titmuss, que trae de vuelta a algunos de los pintorescos pobladores del Rapstone de Un Paraíso inalcanzable, sobre la que aquí les hablamos hace algún tiempo.


El tiempo ha pasado y aquel niño relamido, chivato y antipático que hizo carrera en el partido conservador durante el thatcherismo más férreo y que se convirtió en el sorprendente beneficiario del testamento del párroco socialista del pueblo, se halla mejor que bien situado en el Ministerio de Territorio, Urbanismo y Fomento. Como maniobra para atraer a Jenny Sidonia, futurible esposa, adquiere la mansión de Rapstone Manor. Los especuladores, sin embargo, esperan su momento para convertir la mansión, el pueblo y su salvaje reserva natural en un adocenado parque temático rodeado de parkings y centros comerciales. Lo que sigue, claro está, es el conflicto de intereses entre la tradición y las raíces, por un lado, y las neoliberales convicciones políticas, por otro; no muy acusado, eso sí, pues El regreso de Titmuss es, ante todo, una comedia, donde el otrora repelente Titmuss casi llega a caernos simpático y donde todos acaban consiguiendo, más o menos, aquello que se merecen. 

En el camino vuelve a brillar Mortimer como un gran pintor de caracteres, a los que trata a un tiempo con afecto y sin piedad y ello redunda, faltaría más, en diversión a raudales para el lector. De hecho, a quien desde aquí les habla poco más le queda por decir salvo el no por consabido menos entusiasta ¡lean, lean!


 



domingo, 16 de febrero de 2014

EL HIJO DEL DESCONOCIDO (ALAN HOLLINGHURST)



Se lo reconocía el otro día a un compañero de biblioteca, con el que catalogo cada vez menos y me río cada vez más: “Tengo debilidad por el Bildungsroman”. Y como novela de formación se presenta El hijo del desconocido de Alan Hollinghurst, cuyo primer capítulo, mil veces leído pero no por ello tópico, se ocupa de la fascinación y atracción que el carismático Cecil Valance ejerce sobre un tanto apocado George Sawle y su hermana Daphne.
Sin embargo, justo cuando una se prepara para leer acerca de los desengaños y decepciones que la vida ha de depararle al joven George, el foco alumbra a Daphne unos años después, a quien se nos presenta como novia-viuda retrospectiva del voluble Cecil y esposa de su tiránico hermano menor, con quien tiene ya dos hijos: Corinna y Wilfred. Un nuevo salto temporal nos lleva a conocer a Paul, anodino empleado de banca, a quien un absurdo accidente lleva a desarrollar una obsesión un tanto enfermiza por Cecil Valance, de quien una década después se erige en biógrafo tan desastrado como audaz. Novio temporal del citado Paul es el brillante Peter Rowe, que se gana la vida como profesor de música en un internado sito en Corley Court, antigua residencia de los Valance, y toca el piano con Corinna.
Si se han perdido, no se preocupen. Varias han sido las veces en que quien desde aquí les habla ha tenido que pararse y trazar un árbol genealógico que guiara la lectura. Y no hay aquí crítica alguna. El hijo del desconocido puede, en efecto, frustrar las expectativas como novela de formación -aunque como tal podría leerse la trayectoria de Paul- pero sus saltos en el tiempo, que acaban por abarcar todo el siglo xx y parte del xxi, y sus cambios de foco hacen avanzar la trama y mantienen en vilo al lector, deseoso de saber quién era el destinatario real del poema que, bajo el título de “Dos Acres”, Cecil escribe al comienzo de la novela. No es fácil dado el arco temporal y el amplio elenco del drama. Si una historia de tal calado viene además acompañada de una prosa redonda y sobria, una no puede dejar de celebrar El hijo del desconocido como una magnífica novela y de recomendarles, faltaría más, que lean, lean...