Casi
al final de Tren a Pakistán, razona Iqbal,
inerte intelectual, que contra el Mal y el Caos no suele resultar efectivo un
manguerazo de moralidad ni el anónimo sacrificio individual y resulta, en
cambio, más útil unirse a la confusión y asegurar la supervivencia. Como refutación
de tal asunción, sensata, cínica o cobarde, júzguenlo Vds., funciona el magnífico
acto final del otro héroe de esta historia, el ladrón pendenciero Jugga. Y
hasta aquí puedo leer... No voy a estropearles el final de esta estupenda
novela del recientemente fallecido Khuswant Singh, ambientada en 1947 en una
aldea fronteriza del Punjab, justo después de que la pérfida Albión renunciara
a su “joya de la corona” y de que la rapiña y condescendencia de los amos
ingleses diera paso a la intolerancia religiosa, cuando el Indostán se separó
en el Pakistán musulmán, de un lado, y la proteica India, de otro. Sí señalaré,
no obstante, que esta historia es una muestra más de que el final de un mal no
supone necesariamente un bien y subrayaré, asimismo, que es un perfecto ejemplo
de novela bien trabada, con personajes auténticos y bien definidos, magníficas
descripciones ambientales, una trama bien armada, emoción y, pese a la
ignorancia, brutalidad y violencia recreadas -no en vano, hay lugar en ella
para el asesinato y un par de trenes de la muerte-, ironía y humor a raudales.
La madre patria obligaba. ¿O no? En cualquier caso, Vds. lean.
lunes, 14 de abril de 2014
domingo, 16 de marzo de 2014
LA UTILIDAD DE LO INÚTIL (NUCCIO ORDINE)
Se
lo decía ya en otro formato hace no demasiado tiempo. Todo estudiante de
Humanidades que se precie se verá obligado a contestar, antes o después, a la,
al parecer, inevitable pregunta de “para qué”. En estos tiempos de pragmatismo
extremo en que todo el mundo parece moverse por el mantra de la inmediatez y el
dichoso emprendimiento, aquellos que nos movemos en los márgenes de la “inutilidad”,
vivimos de modo perpetuo en el filo de la navaja, no ya de la incomprensión y del
desdén, sino de la misma extinción. Lean, si no me creen, el texto de la
inminente lomce y comprueben el
papel residual que concede, como migajas en el mantel, a materias como Música, Educación
Plástica, Filosofía y, por supuesto, Latín y Griego. Peor aún, en el borrador
de Real Decreto que se publicó hace unos meses, se incluyen supuestas
justificaciones de tales materias que, en el mejor de los casos, provocan la
carcajada y, en el peor, vergüenza ajena. Y es que, por más que nos empeñemos, la
Historia de la Filosofía, amigos míos, poco o nada tiene que ver con el
emprendimiento pero, al igual que el estudio de las lenguas clásicas,
estructura la mente y satisface la curiosidad intelectual. Entre otras cosas. A
mí me basta. Lástima que a los tecnócratas del Ministerio y las Consejerías que
en el mundo están no.
Así
las cosas, la lectura de un ensayo como La
utilidad de lo inútil de Nuccio Ordine (Acantilado, 2013), así como la del
ensayo de Abraham Flexner que incluye como apéndice, proporcionan el alivio que
ofrece una cara amiga y cómplice entre desconocidos hostiles y ofrecen, sobre
todo, una batería de argumentos y anécdotas relevadoras en defensa de la
investigación básica, las disciplinas humanísticas y artísticas. Para que se
hagan una idea, cuenta, por ejemplo, cómo ya en los siglos iv-iii a. C., Euclides, el célebre
matemático, tuvo que sufrir que un alumno le preguntara para qué servían sus
teoremas. Euclides, al parecer, llamó a un esclavo y le ordenó que le diera una
moneda a tan insolente alumno, ya que, al parecer, “este necesitaba obtener un
beneficio de lo que aprendía”. Ahí queda eso. Llevamos ya un par de milenios en
las trincheras, así que Vds. pertréchense bien y lean, lean a Nuccio Ordine.
Yo, entre tanto, iré preparando la cartera.
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La utilidad de lo inútil,
Nuccio Ordine
viernes, 7 de marzo de 2014
EL REGRESO DE TITMUSS (JOHN MORTIMER)
Hace
ya unos cuantos años que llegan a las librerías buenas noticias en forma de las
coloridas y cuidadas ediciones de Libros del Asteroide. Gracias a ellos hemos
podido disfrutar en castellano del genial Robertson Davies, el soberbio Wallace
Stegner, la ácida Ann Beattie, entre otros, y, desde el año pasado, John Mortimer.
Precisamente este último es el autor de El
regreso de Titmuss, que trae de vuelta a algunos de los pintorescos
pobladores del Rapstone de Un Paraíso
inalcanzable, sobre la que aquí les hablamos hace algún tiempo.
El
tiempo ha pasado y aquel niño relamido, chivato y antipático que hizo carrera
en el partido conservador durante el thatcherismo más férreo y que se convirtió
en el sorprendente beneficiario del testamento del párroco socialista del
pueblo, se halla mejor que bien situado en el Ministerio de Territorio,
Urbanismo y Fomento. Como maniobra para atraer a Jenny Sidonia, futurible
esposa, adquiere la mansión de Rapstone Manor. Los especuladores, sin embargo,
esperan su momento para convertir la mansión, el pueblo y su salvaje reserva
natural en un adocenado parque temático rodeado de parkings y centros
comerciales. Lo que sigue, claro está, es el conflicto de intereses entre la
tradición y las raíces, por un lado, y las neoliberales convicciones políticas,
por otro; no muy acusado, eso sí, pues El
regreso de Titmuss es, ante todo, una comedia, donde el otrora repelente
Titmuss casi llega a caernos simpático y donde todos acaban consiguiendo, más o
menos, aquello que se merecen.
En
el camino vuelve a brillar Mortimer como un gran pintor de caracteres, a los
que trata a un tiempo con afecto y sin piedad y ello redunda, faltaría más, en
diversión a raudales para el lector. De hecho, a quien desde aquí les habla poco
más le queda por decir salvo el no por consabido menos entusiasta ¡lean, lean!
domingo, 16 de febrero de 2014
EL HIJO DEL DESCONOCIDO (ALAN HOLLINGHURST)
Se lo reconocía el otro
día a un compañero de biblioteca, con el que catalogo cada vez menos y me río
cada vez más: “Tengo debilidad por el Bildungsroman”.
Y como novela de formación se presenta El
hijo del desconocido de Alan Hollinghurst, cuyo primer capítulo, mil veces
leído pero no por ello tópico, se ocupa de la fascinación y atracción que el
carismático Cecil Valance ejerce sobre un tanto apocado George Sawle y su
hermana Daphne.
Sin embargo, justo
cuando una se prepara para leer acerca de los desengaños y decepciones que la
vida ha de depararle al joven George, el foco alumbra a Daphne unos años
después, a quien se nos presenta como novia-viuda retrospectiva del voluble
Cecil y esposa de su tiránico hermano menor, con quien tiene ya dos hijos:
Corinna y Wilfred. Un nuevo salto temporal nos lleva a conocer a Paul, anodino empleado
de banca, a quien un absurdo accidente lleva a desarrollar una obsesión un tanto
enfermiza por Cecil Valance, de quien una década después se erige en biógrafo
tan desastrado como audaz. Novio temporal del citado Paul es el brillante Peter
Rowe, que se gana la vida como profesor de música en un internado sito en
Corley Court, antigua residencia de los Valance, y toca el piano con Corinna.
Si se han perdido, no se
preocupen. Varias han sido las veces en que quien desde aquí les habla ha
tenido que pararse y trazar un árbol genealógico que guiara la lectura. Y no
hay aquí crítica alguna. El hijo del
desconocido puede, en efecto, frustrar las expectativas como novela de
formación -aunque como tal podría leerse la trayectoria de Paul- pero sus
saltos en el tiempo, que acaban por abarcar todo el siglo xx y parte del xxi, y sus cambios de foco hacen avanzar la trama y
mantienen en vilo al lector, deseoso de saber quién era el destinatario real
del poema que, bajo el título de “Dos Acres”, Cecil escribe al comienzo de la
novela. No es fácil dado el arco temporal y el amplio elenco del drama. Si una historia
de tal calado viene además acompañada de una prosa redonda y sobria, una no
puede dejar de celebrar El hijo del
desconocido como una magnífica novela y de recomendarles, faltaría más, que
lean, lean...
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Alan Hollinghurst,
El hijo del desconocido,
narrativa inglesa
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