
domingo, 9 de enero de 2011
LAS VARIACIONES BRADSHAW (RACHEL CUSK)

jueves, 6 de enero de 2011
POBRE GEORGE (PAULA FOX)
“La gente se amolda a sus posibilidades –dijo la señora Palladino-. Eso no es lo mismo que cambiar”
Pobre George
Paula Fox
Llevo poco más de tres meses en esto de la enseñanza secundaria y mantengo aún intacta la ilusión. Soy de natural optimista, también en lo que se refiere al futuro de nuestros bachilleres. Entiendo, sin embargo, que el de profesor puede ser un oficio de lo más frustrante. Créanme, la impermeabilidad de nuestros adolescentes puede llegar a desesperar al más paciente de los Jobs. Es entonces cuando, con suerte, un alumno con una sensibilidad especial, inteligente o, al menos, más intuitivo que el resto de sus compañeros, puede erigirse en tabla de salvación del docente. Pero... ¿y si no hay tal? ¿si esa inteligencia no es más que mera proyección de nuestros deseos? Entonces el panorama es de lo más desalentador y lo que debería y puede llegar a ser un trabajo estimulante se vuelve mera mecánica y rutina, como todo lo demás.
Tal es lo que le ha ocurrido a George, profesor de Literatura en una escuela privada de Nueva York y dedicado a sobrellevar una vida anodina en compañía de una mujer que nunca le ha gustado, atendiendo las intempestivas emergencias de su hermana mayor y asistiendo a fiestas de vecinos adocenados a los que, es natural, no soporta. La historia de George es la ya universal historia del burgués desencantado del extrarradio, llámese este Babbit –epónimo de uno de los tipos literarios más importantes del pasado siglo xx- o Harry ‘Conejo’ Armstrong.
Justo a tiempo aparece en su vida Ernest, díscolo adolescente, desahuciado por el sistema, que entretiene su tiempo allanando las fincas del barrio de George. En un impulso altruista, o no tanto, según se mire, este último sustituye la esperable llamada a la policía por la sorprendente oferta de ayudar al chico con sus estudios, para pasmo e incomprensión de todos sus conocidos. Lo que sigue no es, sin embargo, el relato amable y generoso de una salvación mutua, sino que Pobre George toma bien pronto un rumbo bien distinto, el del cinismo y el desengaño, que conducen a un catártico final, digno en lo formal de aparecer en todo manual de teoría literaria y rebosante de justicia poética. Así que, aunque probablemente no sea esta la mejor de las opciones para comenzar el año ni para estados carenciales, lean; cuando puedan y quieran, faltaría más, lean.
domingo, 2 de enero de 2011
EL PÁJARO ESPECTADOR (WALLACE STEGNER)
“Seguridad, dice Karen Blixen con desdén. A ella le fastidia oxidarse sin gruñir cuando lo que quiere es relumbrar por el uso. Finge que pensar su vida en palabras, eso que la ha convertido en una figura internacional, tiene menos sustancia que la vida de acción que vivió en otros tiempos. En todo caso, al final volvió a casa. Incluso en ella persisten los ecos de la tortuga y el caracol; acarrea la seguridad sobre sus espaldas. La seguridad es un deseo humano... legítimo -¿no es así?- y el hogar, dice el viejo hombre sabio Robert Frost, es el lugar donde, cuando uno llega, es acogido.”
El pájaro espectador
Wallace Stegner
Con la salvedad, quizá, de Cicerón, si es que como tal puede ser considerado, nunca he disfrutado de la lectura de los clásicos del estoicismo. De hecho, recuerdo el estudio de Séneca como una de las tareas más pesadas de mis años de estudiante de Filología Clásica. Y ello, pese a que me identifico con buena parte de su ideario; o precisamente por ello, pues, como a la hermana huraña de aquella brillante comedia francesa, tampoco a mí me gustan demasiado las personas que tienen los mismos defectos que yo. Sin embargo, no es poco lo que disfruto leyendo a Wallace Stegner.
Digo “sin embargo” y digo bien, porque no hay duda de que su narrativa es la de un estoico. Para empezar, en El pájaro espectador, novela que aquí me trae hoy, se cita de modo explícito a Marco Aurelio, Epicteto y al propio Cicerón. Para seguir, sus narradores son hombres maduros o ancianos que soportan con más o menos resignación –después de todo, Séneca también fue un viejo con terrible salud de hierro- la herrumbe del propio cuerpo, simple carcasa del alma. Todo muy estoico, sí señor. Pero donde Séneca, Marco Aurelio y Epicteto se me atragantan, Stegner, a un tiempo sombrío y luminoso, intelectual y sincero, severo y sentido, se alza con brillantez.
Puede que no despierte El pájaro espectador, más gótica y europea, las mismas emociones que la vitalista y americana En lugar seguro, pero se halla estrechamente emparentada con ella. Es más, las palabras “en lugar seguro” se repiten como una fórmula homérica a lo largo de toda la novela y uno de sus conflictos motores es la necesaria y difícil elección entre la Felicidad y la Seguridad, muchas veces en sentidos opuestos en la encrucijada de la vida. Como botón de muestra, ahí tienen el brillante párrafo sobre la baronesa Blixen que abre esta entrada, o bien este otro:
“Y me obliga a recordar qué poco cambia la vida: cómo, sin sucesos dramáticos ni resoluciones elevadas, sin tragedias, incluso sin pathos, un hombre razonablemente dotado y razonablemente bienintencionado puede cruzar la gran cocina del mundo de un extremo a otro y llegar hambriento a la puerta trasera.”
(ibidem)
Poco más tengo que decir, salvo desearles que, como yo, abran el nuevo año con buenas lecturas y, por supuesto, invitarles a que lean, lean a Wallace Stegner.
jueves, 30 de diciembre de 2010
TRES DÍAS EN CASA DE MI MADRE (FRANÇOIS WEYERGANS)
“esta novela... tiene como eje la hospitalización de la madre del narrador... y la posibilidad de que no sobreviva al accidente. Todos los hijos acuden al hospital, entre ellos el protagonista y alter ego del autor, que se instala tres días en casa de su madre y decide echar la vista atrás. Se pone entonces a imaginar y a contar su vida (real e imaginada) en una digresión infinita, sabrosísima e inolvidable.”
Tal es el resumen que se nos ofrece, cuando, en realidad, el supuesto eje de la novela no llega hasta sus últimas cinco páginas, convirtiendo de paso el texto de la contraportada en un spoiler. Ciertamente sería excusable este último –no tiene esta novela la estructura clásica de planteamiento-nudo-desenlace; de hecho, casi no tiene estructura- si no fuera engañoso y, por tanto, innecesario. Así pues, una relectura no le habría venido nada mal a nadie en Funambulista.
En opinión de quien desde aquí les habla, Tres días en casa de mi madre es, en realidad, como también lo era Franz y François, un conjunto, a un tiempo brillante y cargante, de reflexiones metaliterarias que, aunque divertidas e inteligentes, parecen surgidas de la improvisación y la verborrea característica de cierta tradición representada por esas inteligentes comedias francesas y de Woody Allen cuyos inteligentes protagonistas hablan, hablan y hablan, mientras, rodeados de libros, escuchan a Bach y paladean un buen vino.
martes, 28 de diciembre de 2010
EL CEMENTERIO DE PRAGA (UMBERTO ECO)
No se preocupen Vds. No tengo intención alguna de torturarles, como a mis antiguos alumnos, con los entresijos de la teoría laringal. Tampoco es este el lugar para denunciar ciertos excesos cometidos por esta corriente. Si hoy he comenzado por la genialidad de Saussure, es porque ilustra a la perfección la tan humana tendencia de proyectar orden y concierto allí donde, en principio, no lo hay; o no tiene por qué haberlo; y porque, como les decía el otro día, de ella se aprovecha el capitán Simonini, antihéroe de la nueva y muy publicitada novela de Eco. Es este Simonini un maestro falsario que se vende al mejor postor para pergeñar aquello que se le demande, ya se trate de documentos en contra o a favor de los garibaldinos, de panfletos que solivianten los ánimos en los tiempos de la Comuna francesa o, sobre todo, de propaganda antimasónica y antisemita. Si nuestro antihéroe tiene éxito es porque ha sabido ver en la suma de muchas conjuras y conspiraciones particulares –he aquí el desorden- un esquema universal –y aquí el orden-. Basta, pues, con rellenar los huecos con la información adecuada y pertinente en cada caso –fill in the gaps, que dirían los ingleses- para obtener el producto deseado.
Y el gran proyecto vital de este Simonini, único personaje ficticio de la novela de Eco, no son sino Los protocolos de Sión, a un tiempo inspirados por, e inspiradores de, la violenta corriente de antisemitismo que azotó el mundo a fines del siglo xix y que terminó desembocando en el holocausto judío en la primera mitad del xx. No entraré tampoco aquí en la absurda y ficticia polémica suscitada por quienes han querido detectar cierta ambigüedad en el antisemitismo del volumen y achacarle a Eco las opiniones de su odioso personaje. Lo único que diré es que no hay tal. Simonini es antisemita y misógino hasta decir basta. De las opiniones de Eco no tenemos información alguna, ni necesidad de tenerla, dicho sea de paso. Lo único que nos debería importar es que El cementerio de Praga es una novela bien trabada y documentada, quizá un punto abigarrada, que, como toda la obra de Eco, engancha y entretiene, sí, pero también termina por hacerse un tanto cargante.
P.S. Soy consciente de que en los últimos meses hemos visto sacudidos nuestros en otro tiempo firmes cimientos ortográficos pero alguien en Lumen debería tomar nota de que 1. la tilde diacrítica de “sólo” ha desaparecido; 2. nunca apareció cuando “solo” equivalía a “en soledad”. Es hora ya de que sus ediciones empiecen a corresponder en lo formal al precio por el que se venden.
domingo, 19 de diciembre de 2010
INTERREGNO (X)
1. para empezar, que la última novela del semiótico de la Universidad de Bolonia o, al menos, el modus operandi de su antihéroe Simonini, reposa en una concepción estructuralista de la Historia; la misma que hace unos días formuló inconscientemente mi más brillante alumno a propósito de los orígenes legendarios de Roma. Todo lo cual me lleva a confirmar una vez más la muy humana necesidad de proyectar orden y estructura sobre el caos y que, frente a lo que nos quieran hacer creer, hay esperanza -¡y mucha!- para nuestros alumnos de Secundaria.
2. para acabar, que C. S. Lewis empieza a hacerse acreedor en este lugar de una sección similar a las ya existentes para los buenos de Kurt Vonnegut y Michael Chabon. Lean, si no, las palabras del maestro oxoniense citadas por Rocío García en su artículo “Para leer y ser feliz” del Babelia de ayer, dedicado, cómo no, ¡es Navidad!, a la literatura infantil y juvenil:
“No hay libro que merezca la pena leer a los diez años que no sea digno de leerse a los cincuenta.”
Ante tamaña verdad, una no puede sino retirarse y aplaudir.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
EL VERANO DEL PEQUEÑO SAN JOHN (JOHN CROWLEY)
Aunque ello le valiera la etiqueta de “autor facilón”, tenía más razón que un santo el bueno de Vonnegut cuando decía aquello de que “el lector está haciendo algo bastante difícil para él” y de que “la razón de ser de tu párrafo es que sus ojos [los del lector] no se cansen demasiado [...] para que, sin conocerlo, puedas llegar al lector facilitándole el trabajo”. Como muy bien saben Vds., en mi poética particular me inclino antes por la austeridad estilística que por el barroquismo. Me gusta la prosa que no llama la atención sobre sí misma. Hago, no obstante, alguna que otra excepción y hace ya unos cuantos años que canto por aquí las excelencias de ese autor atípico y tan poco de nuestro tiempo que es John Crowley. No son pocos los adjetivos que se le pueden aplicar a su prosa: preciosista, críptica, condensada, poética... pero nunca fácil. De hecho, leer a Crowley puede resultar agotador, aunque la experiencia merece la pena. Casi siempre. Lo había hecho hasta ahora –merecer la pena, digo- pero he pasado parte de estas dos últimas semanas peleándome con El verano del pequeño San John -¿por qué no San Juan, por cierto?- y no he obtenido recompensa alguna. El problema no es tanto el lirismo y el manierismo –esta va por ti, abuelo- reconcentrado del conjunto, que también, sino que se priva al lector de todo marco referencial y no hay por dónde atacar esta historia de fantasía y ciencia ficción ambientada en un mundo postapocalíptico –creo- que combina motivos extraídos del folklore nativo americano con otros de tipo hagiográfico. Algo parecido sucede en pasajes relativamente extensos de Aegypto y de Pequeño, Grande, es cierto, pero había en estas una segunda o tercera línea argumental que servía de contrapunto y dotaba al conjunto de perspectiva, proporcionándole de paso al lector un asidero. En esta ocasión, sin embargo, Crowley parece haberse olvidado de que, cuando uno plantea una historia, ha de establecer, de manera tácita, por supuesto, unas cláusulas por las que se rige el tan traído y llevado pacto de ficción. Y como el lector no recibe ningún tipo de orientación –la única, un tanto vaga, no llega hasta la página 40-, no sabe qué hacer con esa farragosa sucesión de éxtasis místicos que experimenta Junco que Habla, de los del habla con Verdad, en su camino a la Santidad, sea ello lo que fuere. Así que... mejor pasamos a otra cosa.


