jueves, 30 de diciembre de 2010

TRES DÍAS EN CASA DE MI MADRE (FRANÇOIS WEYERGANS)

Le falta a la edición de Funambulista de Tres días en casa de mi madre una última revisión que la hubiera librado de unas cuantas erratas, expresiones agramaticales, algún que otro error de traducción (cassette podrá, sin duda, significar “cajita”, pero no cuando su contenido es una grabación musical, digo yo) y ciertas incoherencias como que Jenofonte sea unas veces Jenofonte y otras Xenophon. Esta última revisión bien podría haberla hecho, además, el encargado de redactar el texto de la contraportada, para el que
“esta novela... tiene como eje la hospitalización de la madre del narrador... y la posibilidad de que no sobreviva al accidente. Todos los hijos acuden al hospital, entre ellos el protagonista y alter ego del autor, que se instala tres días en casa de su madre y decide echar la vista atrás. Se pone entonces a imaginar y a contar su vida (real e imaginada) en una digresión infinita, sabrosísima e inolvidable.”

Tal es el resumen que se nos ofrece, cuando, en realidad, el supuesto eje de la novela no llega hasta sus últimas cinco páginas, convirtiendo de paso el texto de la contraportada en un spoiler. Ciertamente sería excusable este último –no tiene esta novela la estructura clásica de planteamiento-nudo-desenlace; de hecho, casi no tiene estructura- si no fuera engañoso y, por tanto, innecesario. Así pues, una relectura no le habría venido nada mal a nadie en Funambulista.

En opinión de quien desde aquí les habla, Tres días en casa de mi madre es, en realidad, como también lo era Franz y François, un conjunto, a un tiempo brillante y cargante, de reflexiones metaliterarias que, aunque divertidas e inteligentes, parecen surgidas de la improvisación y la verborrea característica de cierta tradición representada por esas inteligentes comedias francesas y de Woody Allen cuyos inteligentes protagonistas hablan, hablan y hablan, mientras, rodeados de libros, escuchan a Bach y paladean un buen vino.

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