martes, 6 de octubre de 2009

LA CIENCIA ESPAÑOLA NO NECESITA TIJERAS

Desde la aldea irreductible se nos viene animando a todos estas últimas semanas a adherirnos a la iniciativa "La ciencia española no necesita tijeras". Como no me parece de recibo que el partido en el Gobierno haya decidido recortar la inversión en I+D -Investigación y Desarrollo, para más señas- después de haber repetido hasta la saciedad hasta hace no demasiado tiempo que la de I+D es precisamente la fórmula para salir de la tan traída y llevada crisis, aquí estoy con mi pequeño grano de arena.

Sin embargo, no quisiera mostrar mis cartas -que, como verán, son en realidad de otros- sin antes precisar ciertas cosas. Entiendo Ciencia en sentido relajado -sensu lato, que dirían los latinos- como "conocimiento, saber y erudición" y no como "conjunto de conocimientos relativos a las ciencias exactas, fisicoquímicas y naturales" y en oposición a Letras. Digo esto porque la prensa se ha llenado estos días de declaraciones de científicos de bata blanca que desde sus laboratorios clamaban -con toda la razón del mundo, desde luego- contra el inminente recorte y el consiguiente desastre pero nadie parece haberse acordado de que no sólo en los laboratorios se cultiva la ciencia, sino que también hay investigadores en bibliotecas, archivos y museos. Y los que nos dedicamos a los saberes humanísticos hace ya mucho que trabajamos olvidados por las Instituciones públicas. Para nosotros, I+D suele ser igual a N+O por el mero hecho de dedicarnos a la investigación básica, encima de Letras.

Dicho lo cual, dejo aquí unas cuantas perlas de gente con muchísmo más talento que yo que tuvo la suerte de poder dedicar su tiempo a dejar constancia del mismo y de verlo reconocido:

"Mira, no hay éxito sin esfuerzo"

Electra, Sófocles

"Hacía años que me interesaba ese proyecto. Encarnaba una grandiosidad y un heroísmo pasados de moda, no servía para fines militares ni comerciales inmediatos y estaba movido por un sencillo y noble impulso: saber y entender más."

Amor perdurable, Ian McEwan

"Y cuando, por mucha reverencia con que lo hagamos, hemos matado una palabra, también hemos hasta donde nos ha sido posible, emborronado en nuestro intelecto eso que la palabra designaba en su origen. Los hombres no continúan pensando por mucho tiempo en aquello que ya no saben cómo decir."

De este y otros mundos, C. S. Lewis

"No hay modo alguno de mantenerse informado que no exija un esfuerzo, tanto si nos referimos a lo que sucede en el mundo, como a la física, a la liga nacional de béisbol o a cualquier otro asunto. La comprensión de las cosas no es gratuita."

Sobre democracia y educación, Noam Chomsky

"La seguridad no es lo primero. La Bondad, la Verdad y la Belleza están por delante. Seguidme."

La plenitud de la Srta. Brodie, Muriel Spark

"Rabelais era maravillosamente culto porque el saber le divertía y ésa es, a mi juicio, la mejor justificación del estudio. No la única, pero sí la mejor."

Ángeles rebeldes, Robertson Davies

"Y los que, como yo, se sienten oscuramente motivados por la convicción de que la existencia no vale la pena si no la convertimos en un viraje decisivo, estamos destinados a las letras, la filosofía, la poesía, la pintura, los juegos infantiles de la humanidad que tuvieron que abandonarse en los comienzos de la era científica. A medida que se vaya acercando el final, se recurrirá a las humanidades para elegir el papel pintado de la cripta."

Mueren más por desamor, Saul Bellow

"El progreso debería basarse en los principios, mientras que nuestro moderno progreso se basa sobre todo en los precedentes."

Lo que está mal en el mundo, G. K. Chesterton

"Es absolutamente necesario que los hombres lleguen a preservar algo más que lo que les sirve para hacer suelas de zapatos, o máquinas de coser, que dejen un margen, una reserva, donde puedan refugiarse de vez en cuando. Sólo entonces se podrá empezar a hablar de una civilización. Una civilización únicamente utilitaria llegará siempre hasta el final, es decir, hasta los campos de trabajos forzados. Debemos dejar un margen."

Las raíces del cielo, Romain Gary

"A la pregunta del valor práctico que tiene el saber que los neutrinos poseen masa, el doctor Dieter von Reichstag del Instituto Mains de Heidelberg reconoció que, aparte de no tener la más mínima idea, lo que realmente lo asombraba era que en un planeta de menor importancia (la tierra) que gira alrededor de un astro de tamaño medio, una especie se hubiera desarrollado tanto como para plantear esa pregunta."

Acción de Gracias, Richard Ford

"Se dice que Oxford es la morada de las causas perdidas; si el amor al saber por el saber mismo es una causa perdida en el resto del mundo, encarguémonos de que, al menos, encuentre aquí su lugar permanente."

Los secretos de Oxford, Dorothy L. Sayers

Todo lo cual viene a decir, en el fondo, aquello de:

Omnia disce, videbis postea nihil esse superfluum

["Apréndelo todo; verás después que nada es inútil"]

Hugo de San Víctor

Pues eso, que a buen entendedor...

sábado, 3 de octubre de 2009

LA HIJA DEL OPTIMISTA (EUDORA WELTY)

"Ahora, el pasado ya no puede ayudarme ni hacerme daño, no más que mi padre en su ataúd. El pasado es como él, insensible, y jamás podrá despertar. Es el recuerdo lo que actúa como un sonámbulo. Regresará con sus heridas abiertas desde cualquier rincón del mundo, como Phil, llamándonos por nuestros nombres y exigiéndonos esas lágrimas a las que tienen derecho. El recuerdo no será nunca insensible. Al recuerdo sí se le pueden infligir heridas, una y otra vez. En ello puede residir su victoria final. Pero del mismo modo que el recuerdo es vulnerable en el presente, también vive en nosotros, y mientras vive, y mientras tengamos fuerzas, podremos honrarlo y darle el trato que merece."

La hija del optimista

Eudora Welty

Nunca me ha gustado demasiado Séneca con su terrible salud de hierro y su amargado estoicismo, siempre insistiendo en la necesidad de prepararse para la muerte. Sí coincido con él, sin embargo, en que el viaje como tal está sobrevalorado. Como algo antes dijo Horacio, caelum non animum mutant qui trans mare currunt; o, lo que es lo mismo, "cambian de cielo, no de ánimo, los que se apresuran en cruzar el mar." Cuando de literatura se trata, hay quien ha defendido la necesidad de viajar, de conocer mundo, como condición sin la cual no es posible escribir algo que valga la pena. Yo no lo veo así. La Literatura con mayúsculas no se alimenta necesariamente de grandes hazañas y aventuras, de lugares exóticos y tiempos remotos, sino que muy bien puede nutrirse de lo familiar y lo cotidiano. De sobra saben Vds. lo que valoramos por aquí a autores como J. D. Salinger, Richard Ford o, se me ocurre ahora, Anne Tyler, siempre atentos a ese detalle que, pese a su aparente banalidad y familiaridad, es capaz de emocionar o incluso de causar extrañeza.

Pues bien, Eudora Welty, una de las más grandes autoras del tan traído y llevado gótico sureño, es otro de los referentes destacados de ese selecto club de artistas de lo pequeño y conocido. Vivió la mayor parte de su vida en Jackson y en ese Mississippi rural, a un tiempo deprimido y exuberante, vulgar y maravilloso, ambientó colecciones de cuentos como Las manzanas de oro o novelas como Boda en el delta.

La hija del optimista, galardonada con el Pulitzer en 1973, se mueve también en la esfera de lo familiar. Más bien debería decir que su tema es el de la familia, la que se nos impone desde fuera y la que en mayor o en menor medida tenemos la posibilidad de elegir: maridos, mujeres y, por supuesto, amigos. Pero lo que para uno es elección, para otro no es sino violenta imposición, como muy bien sabe la Laurel McKelva de esta historia, que, recién llegada de Chicago a Nueva Orleans para hacerse cargo de su moribundo y pronto fallecido padre, choca con la nueva esposa de este, la egoísta, superficial, zafia y déspota Fay. Sola durante dos días en la antigua casa familiar, que, como en los cuentos infantiles, pronto reclamará en propiedad su madrasta Fay, Laurel rinde tributo a los recuerdos familiares y da rienda suelta a miedos hace tiempo relegados pero nunca del todo superados: a los pájaros, a la soledad, al desarraigo, al olvido.

No ocurren grandes cosas en esta descarnada y triste pero también lírica y hermosa historia familiar y, sin embargo, La hija del optimista es una gran novela, plagada de pequeños momentos inolvidables que conducen a Laurel, su protagonista, a una absoluta y alentadora certeza. Es la imaginación, la pasión y el amor, por las personas y por las cosas, lo que al final hace que una vida haya sido digna de su nombre.





miércoles, 23 de septiembre de 2009

EL DÍA DE SAN CRISPÍN

No he dejado de leer, aunque apenas tenga tiempo para comentarlo por aquí. Quizá pueda hablarles pronto de El juicio del Doctor Johnson de G. K. Chesterton o del desconcertante Libro de Daniel de E. L. Doctorow. En un par de semanas, quizá. De momento les diré que en un par de días me juego la renovación de mi contrato en la facultad -aunque sólo por unos meses- y que, aunque el viernes es 25 de septiembre y no 19 de noviembre, he recurrido al buen Shakespeare y a una de las cumbres de la historia de la oratoria en busca de inspiración para mi particular Día de San Crispín. Los rivales no me superan en número ni necesariamente en recursos pero nunca está de más leer -o escuchar- una arenga como esta. Más aún si de fondo suenan el viento y los tambores de Patrick Doyle:
WESTMORELAND.- ¡Oh, si tuviéramos aquí siquiera diez mil ingleses como estos, de los que hoy permanecen inactivos en Inglaterra!
REY ENRIQUE.- ¿Quién expresa ese deseo? ¿Mi primo Westmoreland? No, mi simpático primo; si estamos destinados a morir, nuestro país no tiene necesidad de perder más hombres de los que somos; y si deseamos vivir, cuantos menos seamos, más grande será para cada uno la parte de honor. ¡Voluntad de Dios! No desees un hombre más, te lo ruego. ¡Por Júpiter! No soy avaro de oro y me inquieta poco que se viva a mis expensas; siento poco que otros usen mis vestuarios; estas cosas externas no se cuentan entre mis anhelos; pero si codiciar el honor es un pecado, soy el alma más pecadora que existe. No, a fe, primo mío, no deseéis un hombre más de Inglaterra. ¡Paz de Dios! No querría, por la mejor de las esperanzas, exponerme a perder un honor tan grande que un hombre más podría quizá compartir conmigo. ¡Oh, no ansíes un hombre más! Proclama antes, a través de mi ejército, Westmoreland, que puede retirarse el que no vaya con corazón a esta lucha; se le dará su pasaporte y se pondrán en su bolsa unos escudos para el viaje; no querríamos morir en compañía de un hombre que temiera morir como compañero nuestro. Este día es el de la fiesta de San Crispín; el que sobreviva a este día volverá sano y salvo a sus lares, se izará sobre las puntas de los pies cuando se mencione esta fecha, y se crecerá por encima de sí mismo ante el nombre de San Crispín. El que sobreviva a este día y llegue a la vejez, cada año, en la víspera de esta fiesta, invitará a sus amigos y les dirá: "Mañana es San Crispín." Entonces se subirá las mangas, y al mostrar sus cicatrices, dirá: "He recibido estas heridas el día de San Crispín." Los ancianos olvidan; empero el que lo haya olvidado todo, se acordará todavía con satisfacción de las proezas que llevó a cabo en aquel día. Y entonces nuestros nombres serán tan familiares en sus bocas como los nombres de sus parientes: el rey Harry, Bedford, Exeter, Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester serán resucitados por su recuerdo viviente y saludable con copas rebosantes. Esta historia la enseñará el buen hombre a su hijo, y desde este día hasta el fin del mundo la fiesta de San Crispín y Crispiniano nunca llegará sin que a ella vaya asociado nuestro recuerdo, el recuerdo de nuestro pequeño ejército, de nuestro feliz pequeño ejército, de nuestro bando de hermanos; porque el que vierte hoy su sangre conmigo será mi hermano; por muy vil que sea, esta jornada ennoblecerá su condición, y los caballeros que permanecen ahora en el lecho en Inglaterra se considerarán como malditos por no haberse hallado aquí, y tendrán su nobleza en bajo precio cuando escuchen hablar a uno de los que han combatido con nosotros el día de San Crispín."
Enrique V
William Shakespeare

viernes, 11 de septiembre de 2009

THE GROVES OF ACADEME (MARY MCCARTHY)

Ya he dicho por aquí en más de una ocasión que, según creo, Mary McCarthy es una de las grandes novelistas americanas del pasado siglo. Pájaros de América, El grupo, Una vida encantada y Caníbales y misioneros son todas ellas novelas brillantes, profundas, serias y divertidas, a un tiempo cómicas y trágicas y, es cierto, un tanto intelectuales. Pues bien, he querido entretener los escasos ratos muertos de estos más que atareados primeros días de septiembre con la lectura de The groves of Academe, de la citada McCarthy, dedicada a las intrigas palaciegas que tanto abundan por los departamentos universitarios que en el mundo son y están. Un poco de sátira universitaria siempre viene bien para comenzar el curso, creo.

El héroe de la que aquí nos ocupa no es otro que Henry Mulcahy, un profesor de literatura inglesa que no termina de encajar del todo en el progresista college de Jocelyn y que en pleno delirio McCarthysta acaba de recibir la noticia de que su contrato no será renovado. Lo que sigue, por supuesto, es la cruzada emprendida por "Hen" para demostrar la injusticia contra él cometida. Alumnos y profesores se unen a él en un más que heterogéneo "maquis" -llamémoslo así- donde, como suele suceder, los motivos no siempre son nobles y los revolucionarios no siempre son héroes. Es más, ¿de verdad es "Hen" digno del sacrificio de sus compañeros? Ver veremos. El tiempo, como se suele decir, pone a cada uno en su sitio y las cosas casi nunca son lo que parecen a primera vista. O sí.

Pese a lo prometedor de la materia prima, sin embargo, The groves of Academe, que por cierto toma su título del verso de Horacio atque inter silvas academi quaerere verum ("y buscar la verdad entre los bosques de Academo"), no termina de despegar. Es cierto que yo llevo un par de semanas sin estar del todo a lo que celebro. Como "Hen", también yo me estoy jugando un contrato. Y es cierto también que el inglés de McCarthy se me ha atragantado en esta ocasión un tanto. Pero no lo es menos, o eso creo, que The groves of Academe no acaba de consolidarse como comedia ni como sátira; que en el ecuador de la novela McCarthy parece perder interés en la figura del héroe, precisamente cuando ya lo ha convertido en antihéroe y más interesante pasaba a ser, y lo abandona en favor de otros miembros del claustro; y que lo que debería ser una novela divertida termina por resultar un tanto pesada y repetitiva.


sábado, 29 de agosto de 2009

LOS RESTOS DEL DÍA (KAZUO ISHIGURO)

“Orgullo y reserva no son las únicas cualidades que cuentan; quizá no sean siquiera las mejores. Pero si resulta que son las virtudes peculiares de alguien, esa persona se desmoronará si deja que se deterioren”.

El buen soldado

Ford Madox Ford

Hace un tiempo y en otro lugar traté de los "enfermos corteses" a propósito de On Chesil Beach de Ian McEwan. Me refería entonces con tal etiqueta a esas personas a las que aterra la pública exhibición de cualquier cosa remotamente parecida a lo que hemos dado en llamar emociones, sentimientos... o, incluso y sin ir tan lejos, de cualquier cosa que caiga en el ámbito de lo personal. Y decía también entonces que el paroxismo de la cortesía tenía la cara del Anthony Hopkins de Lo que queda del día, adaptación cinematográfica de la novela Los restos del día de Kazuo Ishiguro que, por fin, he leído. No en vano el mayordomo Stevens, protagonista absoluto de la novela, define la dignidad que tanto le obsesiona como "no desnudarse en público".

Insisto. La voz del narrador mayordomo Stevens es una de las más peculiares que uno puede "escuchar". Es tímido, extremadamente reservado, de todo menos espontáneo, clasista y snob a su manera y, sobre todo, poco fiable; no para su señor -de hecho es leal hasta el absurdo-, sino para nosotros, sus lectores. Stevens es un perfecto ejemplo de lo que los manuales de Teoría de literatura denominan "narrador infidente", si bien no deberíamos tenérselo demasiado en cuenta. Si Stevens nos miente es porque se miente a sí mismo, que puede que no sea un buen modo de vivir, de acuerdo, pero sí de salir adelante y preferible a la terrible constatación de que uno se equivocó irremediablemente al elegir vivir la vida como lo hizo.

domingo, 23 de agosto de 2009

EL MAHABHARATA CONTADO POR UNA NIÑA (SAMHITA ARNI)


Todavía recuerdo a la perfección mi primer examen como estudiante de Filología Clásica. Fue una prueba oral de lectura de la Ilíada y la Odisea de Homero y la Teogonía y los Trabajos y días de Hesíodo. Cada uno de nosotros debía demostrar que había leído y asimilado estos textos en una conversación individual con la todavía hoy temida profesora de griego, que tan pronto preguntaba por algún detalle concreto -inevitable en las pruebas de lectura- como por cuestiones más personales de opinión o interpretación. Pasé la prueba sin problemas hablando sobre la Dolonía, los personajes femeninos de la Ilíada, su perspectiva, los funerales de Patroclo, la terrible muerte de Héctor, los peligros arrostrados por Odiseo, la emasculación de Urano o la misoginia de Hesíodo. Dos veces, sin embargo, me encontré en ligeros problemas. En primer lugar, fui incapaz de decir con qué tentaban las sirenas a Odiseo. Por si se encuentran alguna vez en una coyuntura parecida, la respuesta correcta es que las sirenas le ofrecieron al héroe el conocimiento de todas las cosas del mundo. Y después se me ocurrió decir que la Ilíada al mismo tiempo que majestuosa y solemne, inmensa y sublime, era también inocente. Ella no estuvo del todo de acuerdo; sobre todo, creo, porque lo interpretó como algo negativo. Nada más lejos de mi intención.

Saben Vds. que la literatura griega -entiéndase "literatura" en sentido relajado, por favor- nace con los poemas homéricos, que son resultado de siglos y siglos de tradición oral y popular, a la que Homero -o quienquiera o quienesquiera que fuese; no vamos a entrar aquí en tan peliaguda cuestión- dio forma para obtener la Ilíada y la Odisea. La génesis determina necesariamente el contenido. Así como las Argonáuticas de Apolonio de Rodas o la Eneida de Virgilio son "épica de escritorio" -y en parte se resienten de ello-, los poemas homéricos, como el Cantar de Roldán o nuestro Cantar del Mío Cid, son producto de una tradición popular y, como tales, más frescos e inocentes, menos sofisticados. Y esto se aprecia mucho mejor en la Ilíada que en la Odisea, quizá porque se sirve de materiales más remotos en el tiempo. Lo que ahora y entonces quise decir -aunque no tuviera mucho éxito- es que la inocencia de la Ilíada no le resta grandeza, sino que contribuye a ella.

¿A qué todo esto? Pues a que he dedicado estos días a la lectura del Mahabhārata contado por una niña. La niña es Samhita Arni y con sólo 12 años fue capaz de escribir e ilustrar una maravillosa versión del poema épico más extenso de la literatura universal, el Mahabhārata, que, vaya por delante, no he leído, aunque debería hacerlo. Como la Ilíada, el Mahabhārata resulta de la suma de materiales de épocas y procedencias diversas y relata una guerra remota. Si la Ilíada trata de la cólera de Aquiles acontecida en el décimo año de la Guerra de Troya, el Mahabhārata está dedicado a la guerra que enfrentó a los Pándava y los malvados Káurava por el control de un reino al Norte de la India. Si el héroe por excelencia de la Ilíada es Aquiles, el del Mahabhārata es Árjuna y si los dioses del Olimpo hicieron y deshicieron a su antojo a favor o en contra de Ilión, también el aparato divino interviene en la trama del Mahabhārata. No en vano, Krishna, el auriga y mejor amigo de Árjuna, es una encarnación humana del dios Vishnu y los héroes enfrentados en combates individuales se lanzan astras o armas obtenidas de este o aquel dios. Los parecidos con la Ilíada son muchos: la solidez de los héroes, su obcecación, su rotundidad, su violencia y brutalidad -y me refiero tanto a los héroes héroes como a los héroes villanos-... y su inocencia. En esta versión del Mahabhārata he vuelto a disfrutar de la inocencia e ingenuidad de la épica. No sé si tal ingenuidad es propia de la versión original que, según la tradición, le dictó Vyasa al dios elefante Ganesha o se debe al filtro de una niña de doce años. De momento, me da igual. Lo que me importa es que estos días lo he pasado tan bien como cuando hace ya once años descubrí a Homero por primera vez. O casi.



miércoles, 19 de agosto de 2009

OTRA DE COSAS BIEN DICHAS

Lo que aquí sigue, amigos míos, lo dijo el casi siempre certero e inteligente C. S. Lewis en Cautivado por la Alegría (1955), mucho antes de que amenazaran en el horizonte infelices "hallazgos" como la Logse y sucedáneos o los tan traídos y llevados Plan de Bolonia y Espacio Europeo de Educación Superior. No sé a Vds. pero a mí me parece que tiene toda la razón del mundo:

"En aquellos días un chico que se dedicara a lo clásico oficialmente no estudiaba casi nada que no fuera clásico. Creo que era bueno; el mejor servicio que podríamos hacer a la educación de hoy sería enseñar menos materias. Nadie tiene tiempo para hacer bien antes de cumplir los veinte más que unas pocas cosas, y cuando obligamos a un chico a ser mediocre en una docena de materias, destruimos sus posibilidades, quizás para toda la vida."