domingo, 23 de agosto de 2009

EL MAHABHARATA CONTADO POR UNA NIÑA (SAMHITA ARNI)


Todavía recuerdo a la perfección mi primer examen como estudiante de Filología Clásica. Fue una prueba oral de lectura de la Ilíada y la Odisea de Homero y la Teogonía y los Trabajos y días de Hesíodo. Cada uno de nosotros debía demostrar que había leído y asimilado estos textos en una conversación individual con la todavía hoy temida profesora de griego, que tan pronto preguntaba por algún detalle concreto -inevitable en las pruebas de lectura- como por cuestiones más personales de opinión o interpretación. Pasé la prueba sin problemas hablando sobre la Dolonía, los personajes femeninos de la Ilíada, su perspectiva, los funerales de Patroclo, la terrible muerte de Héctor, los peligros arrostrados por Odiseo, la emasculación de Urano o la misoginia de Hesíodo. Dos veces, sin embargo, me encontré en ligeros problemas. En primer lugar, fui incapaz de decir con qué tentaban las sirenas a Odiseo. Por si se encuentran alguna vez en una coyuntura parecida, la respuesta correcta es que las sirenas le ofrecieron al héroe el conocimiento de todas las cosas del mundo. Y después se me ocurrió decir que la Ilíada al mismo tiempo que majestuosa y solemne, inmensa y sublime, era también inocente. Ella no estuvo del todo de acuerdo; sobre todo, creo, porque lo interpretó como algo negativo. Nada más lejos de mi intención.

Saben Vds. que la literatura griega -entiéndase "literatura" en sentido relajado, por favor- nace con los poemas homéricos, que son resultado de siglos y siglos de tradición oral y popular, a la que Homero -o quienquiera o quienesquiera que fuese; no vamos a entrar aquí en tan peliaguda cuestión- dio forma para obtener la Ilíada y la Odisea. La génesis determina necesariamente el contenido. Así como las Argonáuticas de Apolonio de Rodas o la Eneida de Virgilio son "épica de escritorio" -y en parte se resienten de ello-, los poemas homéricos, como el Cantar de Roldán o nuestro Cantar del Mío Cid, son producto de una tradición popular y, como tales, más frescos e inocentes, menos sofisticados. Y esto se aprecia mucho mejor en la Ilíada que en la Odisea, quizá porque se sirve de materiales más remotos en el tiempo. Lo que ahora y entonces quise decir -aunque no tuviera mucho éxito- es que la inocencia de la Ilíada no le resta grandeza, sino que contribuye a ella.

¿A qué todo esto? Pues a que he dedicado estos días a la lectura del Mahabhārata contado por una niña. La niña es Samhita Arni y con sólo 12 años fue capaz de escribir e ilustrar una maravillosa versión del poema épico más extenso de la literatura universal, el Mahabhārata, que, vaya por delante, no he leído, aunque debería hacerlo. Como la Ilíada, el Mahabhārata resulta de la suma de materiales de épocas y procedencias diversas y relata una guerra remota. Si la Ilíada trata de la cólera de Aquiles acontecida en el décimo año de la Guerra de Troya, el Mahabhārata está dedicado a la guerra que enfrentó a los Pándava y los malvados Káurava por el control de un reino al Norte de la India. Si el héroe por excelencia de la Ilíada es Aquiles, el del Mahabhārata es Árjuna y si los dioses del Olimpo hicieron y deshicieron a su antojo a favor o en contra de Ilión, también el aparato divino interviene en la trama del Mahabhārata. No en vano, Krishna, el auriga y mejor amigo de Árjuna, es una encarnación humana del dios Vishnu y los héroes enfrentados en combates individuales se lanzan astras o armas obtenidas de este o aquel dios. Los parecidos con la Ilíada son muchos: la solidez de los héroes, su obcecación, su rotundidad, su violencia y brutalidad -y me refiero tanto a los héroes héroes como a los héroes villanos-... y su inocencia. En esta versión del Mahabhārata he vuelto a disfrutar de la inocencia e ingenuidad de la épica. No sé si tal ingenuidad es propia de la versión original que, según la tradición, le dictó Vyasa al dios elefante Ganesha o se debe al filtro de una niña de doce años. De momento, me da igual. Lo que me importa es que estos días lo he pasado tan bien como cuando hace ya once años descubrí a Homero por primera vez. O casi.



miércoles, 19 de agosto de 2009

OTRA DE COSAS BIEN DICHAS

Lo que aquí sigue, amigos míos, lo dijo el casi siempre certero e inteligente C. S. Lewis en Cautivado por la Alegría (1955), mucho antes de que amenazaran en el horizonte infelices "hallazgos" como la Logse y sucedáneos o los tan traídos y llevados Plan de Bolonia y Espacio Europeo de Educación Superior. No sé a Vds. pero a mí me parece que tiene toda la razón del mundo:

"En aquellos días un chico que se dedicara a lo clásico oficialmente no estudiaba casi nada que no fuera clásico. Creo que era bueno; el mejor servicio que podríamos hacer a la educación de hoy sería enseñar menos materias. Nadie tiene tiempo para hacer bien antes de cumplir los veinte más que unas pocas cosas, y cuando obligamos a un chico a ser mediocre en una docena de materias, destruimos sus posibilidades, quizás para toda la vida."

sábado, 15 de agosto de 2009

GALÁPAGOS (KURT VONNEGUT)

"No era del todo una comedia, ni tampoco un asunto supuestamente serio"
Galápagos
Kurt Vonnegut

No ando muy sobrada de tiempo últimamente y estos días parecen acumulárseme las actividades, ya de ocio, ya de trabajo, pero no sería de recibo que no dedicara al menos unas líneas a glosar los muchísimos aciertos de una de las novelas leídas durante la semana pasada en ese vergel llamado Madeira: Galápagos de Kurt Vonnegut.

En esa magnífica colección de perlas que el genial hoosier reunió en Un hombre sin patria poco antes de su muerte son varias las alusiones al modo en que la euforia termodinámica del hombre ha conseguido cargarse el planeta Tierra en menos de dos siglos y a la irrefutable constatación de que al hombre no le gustaba estar aquí. No extraña, así pues, la línea argumental de Galápagos (1985), en la que Vonnegut narra la quasi destrucción de la Humanidad y su salvación in extremis por obra del Azar y de una singular y heterogénea partida de personajes enrolados en el "Crucero del siglo para el Conocimiento de la Naturaleza". Es precisamente el naufragio en las Galápagos de dicho crucero -significativamente llamado Bahía de Darwin- el que propiciará la supervivencia de la Humanidad, si bien a su manera. Pues las peculiaridades genéticas de ese grupo que el Azar se ha encargado de reunir, las condiciones ambientales de las islas y la Ley de Selección Natural, tal y como la formuló Darwin tras el viaje del Beagle, determinarán enormemente esa nueva Humanidad y la librarán en un millón de años de la que el narrador fantasma identifica con su mayor tara: nuestro cerebro.

"Ningún ser humano podía atribuirse él solo el mérito de haber creado ese cohete, que iba a funcionar con tanta perfección. Era el logro colectivo de todos los que habían concentrado los voluminosos cerebros en el problema de cómo capturar y comprimir la difusa violencia de que es capaz la naturaleza, y arrojarla en paquetes relativamente pequeños sobre el enemigo."

(ibidem)

El buen Vonnegut no se anduvo nunca con rodeos ni complejos. Y esta obra es una estupenda muestra de la originalidad, acidez, lucidez, humor y sorprendente ternura con los que diseccionó al Hombre, en cuya bondad, pese a todo, debió creer hasta el final; como el gran humanista que, sin duda, fue. Uno de los últimos.


domingo, 2 de agosto de 2009

SHANGRI-LA: DERIVAS Y FICCIONES APARTE

De nuevo acaba de llegar a puerto Shangri-La y lo ha hecho en esta ocasión cargada de reflexiones sobre una de las mejores literaturas posibles, la norteamericana, encarnada en las magníficas novelas y relatos de Richard Ford. Apenas he tenido tiempo de echar un vistazo al más que jugoso contenido de la bodega, donde, por cierto, se guarda un breve pero cariñoso retrato nuestro de ese antihéroe americano por excelencia que es Frank Bascombe (p. 227).

Lo que sí he leído con atención es el lúcido, perspicaz y, en fin, magnífico artículo que Juan Miguel Ariño dedica a desentrañar y explicitar las grandes virtudes de lo mejor de esa narrativa que a tantos nos ha enamorado: "Richard Ford y la literatura norteamericana" (p. 233). Me refiero, por supuesto, a Melville, Twain, Fitzgerald, Salinger, Roth, Bellow, Franzen, Chabon y tantos otros, entre los que con la luz propia de los grandes brilla Richard Ford; el Richard Ford, sobre todo, que, insisto, tuvo el valor de dedicarle más de 1700 páginas a un hombre tranquilo como Frank Bascombe.

Si Vds. son listos, harán lo mismo y tras acceder aquí mismo a la bodega, leerán también el artículo y, sobra decirlo, El periodista deportivo, El Día de la Independencia y Acción de Gracias del mejor Ford de los posibles.



miércoles, 29 de julio de 2009

CUENTOS REUNIDOS (SHERWOOD ANDERSON)

"Sunstreak llegó en primer lugar, claro, y pulverizó el récord mundial de la milla. Aunque nunca vea nada más, al menos habré visto aquello".

"Quiero saber por qué"

Cuentos reunidos, Sherwood Anderson

Cuenta Richard Ford en el prólogo de la magnífica Antología del cuento norteamericano (Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, 2002) que escribió su primer cuento a los 19 años justo después de leer "Quiero saber por qué" de Sherwood Anderson. El anecdotario literario anglosajón relata que este mismo cuento impresionó poderosamente al mismo Hemingway y que fue al conocer a Anderson cuando un joven llamado William Faulkner decidió hacerse escritor. Faulkner, Hemingway, Ford. Ahí es nada. Sobran las palabras. Y, sin embargo, poco es lo que suele decirse sobre aquel hombre de Ohio al que el periódico de su pueblo despidió con una escueta nota que rezaba tal que así: "Muere Sherwood Anderson, antiguo industrial de Elyria". Lo peor, sin embargo, no es que no triunfara en vida, sino que todavía hoy siga sin reconocerse como es de justicia el talento de un autor capaz de joyas como algunas de las que Lumen ha incluido en la antología recientemente editada (abril de 2009) que aquí me ocupa hoy. Me refiero, sobre todo, al ya citado "Quiero saber por qué", al "Soy un idiota" o a "El hombre que se convirtió en mujer", los tres ambientados en las carreras de caballos, o mejor, en el backstage de las mismas.

Los protagonistas de estos relatos son muchachos de pueblo, sencillos, humildes, que duermen en establos, pasan el rato con amigos como ellos y se ganan la vida cuidando de un caballo al que siguen de carrera en carrera y al que miman como si de su novia se tratase. Los personajes de Anderson viven por y para "su" caballo, en torno al cual gira todo lo que de veras consideran importante en la vida. Su pasión es envidiable, por más que el caos y la brutalidad circundantes acaben por lo general golpeándolos con fuerza, frustrando sus ilusiones y, en suma, poniendo fin a su inocencia.

Dice Ford en el ya mentado prólogo que los relatos de Anderson plasman a la perfección la insuficiencia de la vida. Es cierto. Una quisiera que todo en la vida fuera bienestar, placidez, pasión, revelación... y, sin embargo, mucho -siempre demasiado- es lo que hay que soportar de dolor, angustia, indolencia y brutalidad. Claro que si todo fueran luces y momentos de epifanía como los experimentados ocasionalmente por los "héroes" de Anderson, ¿cómo podríamos reconocer su valor? Las luces sólo lo son por oposición a las sombras. Lo excelente y lo singular sólo puede definirse por contraste y oposición con lo vulgar. El genio de Sherwood Anderson consiste precisamente en reunir en relatos concisos y, al menos en apariencia, poco sofisticados -es llamativa la, por supuesto, buscada dispersión de sus narradores- lo mejor y lo peor de los habitantes del Medio Oeste y también de todos nosotros.

Así que, por favor, lean. Lean y descubran de qué maravillas fue capaz aquel "antiguo industrial de Elyria".

domingo, 19 de julio de 2009

LOS DÍAS CONTADOS (MIKLÓS BÁNFFY)

"A ojos del infinito todo orgullo no es más que polvo y arena."
Lev Tolstoi

Hace ya casi tres años que me metí en esto de la blogosfera y la verdad es que sigue divirtiéndome tanto como el primer día. Para empezar, viene mejor que bien para aclarar las ideas después de cada lectura. Y, para seguir, gracias a este lugar y a mi tejado anterior he conocido a unos cuantos amigos que espero no me tachen de pedante o, aun peor, de cursi, si digo que me han convertido en mejor lectora. El caso es que el pasado mes de junio y durante la Feria del Libro de Madrid una de las habituales de este lugar -no sé quién exactamente, aunque tengo mis sospechas- visitó la caseta de Libros del Asteroide y de charla con Luis Miguel Solano le comentó que había sabido de algunos de los títulos de su catálogo por este lugar. Y el Sr. Solano, haciendo gala una vez más de ese cuidado exquisito por el detalle y por sus lectores me escribió para agradecerme la atención prestada desde aquí a sus títulos y para ofrecerme uno de los últimos de su catálogo, Los días contados de Miklós Bánffy.

Es de justicia, así pues, que dedique hoy esta entrada a glosar esta gran y ambiciosa novela que, pese a estar escrita en 1934, muy bien podría remontarse unas cuantas décadas más atrás. Ambientada en los primeros años del XX,
Los días contados es la crónica del final del Imperio Austro-Húngaro y de una manera de gobernar, de pensar y, en suma, de vivir a la que dio carpetazo la Gran Guerra, como muy bien augura Thomas Mann al final de La montaña mágica al despedir a "nuestro hijo mimado de la vida", Hans Castorp. Por cierto que esta mención al Meister alemán no es casual, pues leyendo a Bánffy, una reconoce lo mejor de una tradición literaria, la centroeuropea, liderada por el propio Mann y encarnada por otros como Stefan Zweig: los escenarios aristocráticos, la rigidez de las convenciones, los lances de honor, los amores torturados e imposibles, el spleen, el ritmo pausado, la prodigalidad de las descripciones, cierta morosidad de la trama...

Dicha trama reposa en las figuras de Bálint Abády, joven conde, que acaba de regresar a Hungría para asumir nuevas responsabilidades en el Parlamento; su primo László Gyeróffy, músico en ciernes y eterno desarraigado; y Adrienne Miloth, vieja amiga y enamorada del conde Bálint, infelizmente casada y atormentada por su brutal marido. Mientras Bálint y Adrienne luchan en vano por consumar u olvidar su pasión, según el caso, el buen László se deja llevar por los placeres mundanos y engañosos del triunfo social y es absorbido en una vorágine de alcohol y juego. Y entre tanto, como telón de fondo, la mecha nacionalista prende en Hungría y desafía a la autoridad austríaca, numerosas voces claman por el sufragio universal, los rumanos reclaman el derecho a la autodeterminación -¿por qué este término parece aquí fuera de lugar?-, el ejército imperial toma el Parlamento por la fuerza, etc.

Toda una forma de vida se viene abajo, como ya he dicho. El título de
Los días contados no puede ser, pues, más significativo y programático. También otros autores como Evelyn Waugh o, aun mejor, Nancy Mitford, fueron cronistas de la extinción, pero donde estos privilegiaron el humor y la ironía, Bánffy, como buen centroeuropeo, adopta otra perspectiva más seria, melancólica y rotundamente fatalista, en la que el Destino hace y deshace como "el mejor de los dramaturgos".

Poco más me queda por decir, salvo que lean y disfruten y, por supuesto, que gracias: a Luis Miguel Solano en particular y Libros del Asteroide en general, a la lectora anónima que propició el regalo, y a todos Vds. por seguir viniendo por aquí.



domingo, 12 de julio de 2009

OMEGA EL DESCONOCIDO REVISITED (JONATHAN LETHEM)

"Sí. Has estado aquí antes por mucho que quieras fingir lo contrario. Estas formas te resultan muy familiares. De hecho, si no supieras que no es así, sospecharías que las habías generado desde tu interior. Pero echar las culpas a la víctima no sirve para nada. Es mejor empujar a las formas que te atormentan de regreso a los bordes de esta pequeña franja de terreno que es tu casa hoy en día. Al fin y al cabo, si esta va a ser tu compañía, mejor estar solo. Lo malo es que las formas en los límites de tu mundo tienen sus propias prioridades. Incluso pudiera ser que creyeran que están soñando contigo y no al revés."

Omega el desconocido

Jonatham Lethem

A comienzos de los años '70 del pasado siglo Marvel publicó diez números, tan sólo diez, de un nuevo cómic protagonizado por un adolescente huérfano superdotado recién llegado a Hell's Kitchen y un hermético alienígena. Omega el Desconocido, que así se llamaba la nueva serie, obra de Steve Gerber, Mary Skrenes y Jim Mooney, recibió pronto el carpetazo de Marvel. No encajaba con el espíritu popular de la marca, ni siquiera tras el añadido con calzador de héroes más populares y típicos.

Para el momento del final de la serie, el primer número de Omega ya había pulsado "todos los botones" de Jonatham Lethem, por entonces adolescente. Así que cuando hace unos pocos años Marvel invitó al autor de las magníficas Huérfanos de Brooklyn o La fortaleza de la soledad -que Vds. no deberían perderse, por cierto- "a plasmar en el papel su amor por el medio", Lethem no dudó en homenajear a Omega demostrando una vez más, por un lado, que las lecturas de la infancia y adolescencia nos determinan como pocas; por otro, que la nostalgia es uno de los más potentes motores narrativos que en el mundo están.

Lo que ofrecen Lethem & co. no es, sin embargo, una secuela del Omega original, sino una revisión del mismo, fiel al espíritu del número inaugural y libre de las imposiciones que lo "contaminaron" en su día, pero también una historia nueva y con entidad propia:

"Una vez se ha satisfecho el respeto al texto original, se abre un mundo nuevo que es adecuado a aquel, repleto de referencias e incluso apropiaciones, pero completo por sí mismo e ignorante de cualquier tipo de continuidad"

dice Celes J. López en el prólogo de la edición española.

Y lo que ofrecen Lethem & co. es la historia de Titus Alexander Island, un misterioso adolescente de catorce años, huérfano, inteligente y extremadamente racional pero poco ducho en eso que los psicólogos han dado en llamar "relaciones interpersonales", carne de cañón para los matones de su nuevo instituto. Y no sólo para ellos, pues lo que, sobre todo, hace singular a Alex es que es el objetivo de un sinfín de robots, que lo persiguen para matarlo y que se expanden geométricamente merced a una sofisticada biotecnología sufragada y distribuida por una cadena de comida rápida. ¿Extraño? Pues aún hay más. En su particular aventura contará con la ayuda de un alienígena de pertinaz silencio con el que se haya extrañamente vinculado, Omega, no un superhéroe al uso, sino un ser tan frágil como resistente; como Alex.

Todo esto y mucho más nos es relatado por un narrador omnisciente encarnado en escultura y autoproclamado "yonki narrativo" en una de las abundantes rupturas de la ilusión poética que interrumpen la historia para regalarnos hermosas reflexiones como la que abre esta entrada o perlas concentradas de sabiduría como la que sigue:

"Un estado básico. Vives en los desastres creados por otros. Pero ser aseado importa."

Omega, el desconocido, que tiene la cualidad misteriosa, inquietante, sugerente y ambigua de los sueños, es una hermosa historia sobre los peligros de la alienación y de ciertos avances de la ciencia frente a la individualidad y la originalidad de cada cual, además de ser, por supuesto, más que divertida.