domingo, 8 de marzo de 2009

ME VOY CON VOSOTROS PARA SIEMPRE (FRED CHAPPELL)

“-¿Recuerdas que te conté la historia de la Ilíada? Bueno, pues Homero no pudo haber sido soldado porque estaba ciego. Por eso llegó a saber tantas cosas. Si hubiera sido soldado, no habría podido contar la historia. Y si el tío Zeno hubiera trabajado alguna vez, si se hubiera relacionado alguna vez con alguien, a lo mejor no podría contar sus historias.”

Recuerdo muy bien cómo contaba mi padre la historia de la Ilíada. Encontró una foto de Betty Grable en una revista y la colocó sobre la repisa de la chimenea junto al reloj dorado de péndulo, y me dijo que Betty Grable era Helena de Troya y que había sido raptada por un guaperas con el pelo engominado llamado Paris. ¿Íbamos a tolerar eso? Claro que no. Y entonces organizamos una batida y navegamos por el mar del color del vino para rescatarla. Y luego se echaba sobre el sofá desfondado para representar a Aquiles retirado en su tienda, furioso por culpa de la hermosa esclava cautiva llamada Briseida. Y me guiñaba el ojo. “Las mujeres siempre causan problemas.” Y el relato terminaba diez minutos después, con mi padre dando tres vueltas a la sala arrastrando un cojín polvoriento que era el cadáver derrotado de Héctor.

Me voy con vosotros para siempre

Fred Chappell

Son muchas las ficciones cuyo motor narrativo es el recuerdo. Y entre ellas existe una amplia tradición versada en la remembranza nostálgica de la infancia como Paraíso perdido. Me voy con vosotros para siempre de Fred Chappell (Libros del Asteroide, 2008) se incardina de pleno en esa tradición, algunos de cuyos hitos son Mark Twain, Eudora Welty, Harper Lee o William Saroyan, por ejemplo. El de los tres primeros, además, es un paraíso sureño y, sobre todo, rural, de campo, escenario mucho más adecuado para las inocentes travesuras de un crío que la peligrosa ciudad.

La novela de Chapell se sitúa en un remoto pueblecito de Carolina del Norte en una época difícil de precisar si no fuera por un par de referencias a la II Guerra Mundial. El único tiempo relevante es el de la infancia de Jess, un tiempo que, como el de casi todas las infancias, parece detenido y regirse tan sólo por las maravillosas rutinas de su vida en la granja con sus padres, su abuela materna, el jonalero Johnson Gibbs y un sinfín de peculiares parientes, cada uno más excéntrico que el anterior.

De hecho, es precisamente el paso de cada uno de esos parientes por la granja lo que estructura la novela, que podría más bien considerarse una sucesión de piezas independientes en las que, eso sí, Jess, su padre y Johnson Gibbs son una presencia constante -o casi-; como en la Boda en el delta de Eudora Welty o los relatos del primer Capote.

Sin embargo, esta agradable novela de Chappell carece de los contrastes de los anteriores. Ni una pizca de crudeza se escapa de sus páginas y hasta episodios dramáticos como el de la partida de Johnson Gibbs o el episodio del anciano borracho que alquila barcas de pesca se resienten de un exceso de lirismo nostálgico acentuado por la indudable belleza de su prosa. Le falta a Me voy con vosotros para siempre un poco de... ¿cómo llamarlo? Nervio, quizás.

Esa relativa falta de energía y de trabazón se compensa, eso sí, con magníficas caracterizaciones y episodios que alcanzan gran altura, como el de “Los narradores de historias” en el que se incluyen los pasajes que abren y cierran esta reseña y que se erige en toda una poética de la ficción que algunos compartimos punto por punto:

“-Ya te tengo. No conozco ni a Willie Hammer ni a Lacey Joe Blackman ni a Setback Williams ni a toda esa gente de la que has hablado, pero da la casualidad de que conozco a Buford Rhodes. Lo contraté una vez para que pintara la casa. Sé dónde vive, en medio de Iron Duff, y me conozco el camino que lleva a su casa. Y eso es lo que voy a hacer, tío Zeno, comprobar tu historia.”

El viejo no se alteró al oír aquello. ¿Por qué iba a alterarse? A nosotros nos daba igual que la historia fuera cierta y al tío Zeno no había nada en esta vida que le importase un pimiento. Pero la idea de que pudiera localizar a Buford Rhodes y hablar con él parecía llenar de jubilosa satisfacción a mi padre.

(ibidem)



martes, 3 de marzo de 2009

GENTLEMEN OF THE ROAD (MICHAEL CHABON) O UNA DE AVENTURA

“Given a choice, I very much prefer to stay home, where I may safely encounter adventure in the pages of a book, or seek it out, as I have here, at the keyboard, in the friendly wilderness of my computer screen.”

Michael Chabon, “Afterword” in Gentlemen of the road

Michael Chabon no es sólo un gran escritor. Es un autor divertidísimo. Y no me refiero sólo al humor, que maneja a las mil maravillas, como cualquiera que haya leído Chicos prodigiosos (Anagrama, 1995) puede atestiguar. Me refiero, sobre todo, a la maestría con la que consigue mantener el suspense en sus tramas, ya se trate de una historia clásica de detectives como The Final Solution (Fourth State, 2005), de una peculiar y magnífica revisión de la novela negra como es El sindicato de policía yiddish (Mondadori, 2008) o de su monumental Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Mondadori, 2002), en la que un par de chavales judíos combaten contra Hitler desde Brooklyn y a su particular manera, claro está.

Pero además de divertido es un tipo un tanto nostálgico, como apreciarán de inmediato si leen la ya mencionada Kavalier y Clay, todo un homenaje a la Edad de Oro del cómic, o más representativas aún, Los misterios de Pittsburgh (Mondadori, 1988), su opera prima, en la que Art Bechstein rememora todo un verano de descubrimientos, y Summerland (Hyperion Books for Children, 2002), una novela fantástica protagonizada por un equipo infantil de béisbol de lo más heterogéneo.

Sí, Chabon le da -y muy bien- a todos los palos. O en ello está, al menos. Por eso no choca demasiado que su última novela, publicada por entregas en el New York Times Magazine hará cosa de dos años, lleve por título Gentlemen of the Road, esté ambientada en el lejano Imperio de Khazaria en el siglo X de nuestra era y sea todo un homenaje a las más clásicas historias de aventuras, de esas que a todos nos gustaba leer de críos, ya vinieran firmadas por Walter Scott, Karl May, J. F. Cooper o cualquier otro.

Esos Gentlemen of the road no son otros que Zelikman y Amran, pálido, reservado, ingenioso y competente cirujano el uno; gigante africano, leal, valiente y aventurero el otro. Pero hete aquí que esta inverosímil pareja de amigos que se gana la vida simulando peleas, se encuentra por pura casualidad al cuidado de Filaq, un muchacho un tanto impertinente, que al tiempo que intenta escapar de una muerte segura a manos de su malvado tío Buljan, asesino de toda su familia e ilegítimo bek de Khazaria, clama venganza contra este y reivindica su legítimo derecho a ocupar el “trono”. Así que en parte aventureros, en parte soldados de fortuna, en parte responsables de Filaq y encariñados con él, se ven inmersos en una aventura donde hay lugar para luchas con hachas gigantescas y afilados bisturíes, razzias bárbaras, inspiradas arengas, retornos inesperados, traición, lealtad inquebrantable, alguna que otra coincidencia, indomables corceles, disfraces imposibles, hermosos sombreros y elefantes con mucha, mucha memoria.

No nos engañemos. No es una historia épica. Ni lo pretende. Tan sólo es una sencilla historia sin pretensiones con algún que otro problema de continuidad y un par de resbalones en la moralina pero, eso sí, encantadora y divertidísima. Y ello viene envuelto además en una cuidadísima y sugerente edición (Ballantine Books) que incluye capitales y grecas coloreadas, bonitas ilustraciones a página completa de Giari Gianni -con un gazapo, por cierto-, un más que lúcido epílogo del propio autor y una cubierta perfecta -con camisa y sin camisa- donde, por una vez y sin que sirva de precedente, las “críticas” de la contraportada tienen toda la razón del mundo:

“Michael Chabon is, simply, the coolest writer in America.”




martes, 24 de febrero de 2009

LA VIRGEN EN EL JARDÍN (A. S. BYATT)

Hablaba por aquí hace ya un par de semanas de Lo que arraiga en el hueso de Robertson Davies como un ejemplo de novela en apariencia intelectual pero de hecho llena de vida y energía, de alma. Pues bien, he dedicado el cada vez menor tiempo libre de estas últimas semanas a leer La virgen en el jardín de A. S. Byatt y el contraste no puede ser mayor. Es cierto que, como Davies, se sirve Byatt para la construcción de la trama de abundantes ingredientes eruditos, pero hasta ahí alcanza la semejanza. Donde aquel divertía y conmovía, sorprendía y encantaba, esta aburre y cansa, deja indiferente. Pero mejor vayamos por partes.

La novela comprende unos pocos meses anteriores y posteriores a la coronación de Isabel II en el verano de 1953. Para celebrar tal ocasión un filántropo de Yorkshire ha decidido patrocinar la representación de una rancia y anacrónica obra teatral en verso de Alexander Wedderburn, dedicada a otra Isabel, Isabel I. Tiene un papel destacado en el elenco la insufrible Frederica Potter, adolescente sabihonda, brillante y obstinada, enamorada del mencionado Alexander, que también es objeto de los desvelos de la mayor de las Potter, Stephanie, que sorprendentemente y para la terrible cólera de su padre, el temible Bill Potter, acepta la proposición de matrimonio de Daniel Orton, un orondo, peculiar -por ateo- y enérgico vicario. El pequeño del clan, Marcus, es un adolescente timorato y huidizo, asmático y debilucho, que merced a su increíble talento matemático y a una peculiar capacidad de comprensión espacial, se convierte en el conejillo de indias de un experimento entre físico, místico y alquímico de un desquiciado profesor de física, Lucas Simmonds, de tendencias homosexuales soterradas.

Esta es básicamente la trama que ocupa las excesivas 642 páginas de
La Virgen en el jardín. ¿Y por el medio? Mucho teatro isabelino y pentámetro yámbico, mucho Shakespeare, Spenser, Donne y T. H. Lawrence, algo de Ovidio, Racine y Coleridge, mucha música de las esferas, muchos haces de luces convergentes y campos magnéticos de fuerzas ancestrales en el patio de la escuela.

Y hete aquí que lo que en Davies serviría a la trama y encajaría en ella como la maquinaria de un reloj suizo, aquí chirría y no consigue hacer despegar sino que más bien lastra una historia que tras más de 200 páginas aún no se sabe muy bien hacia dónde va; lo que no impide que el lector adivine a distancia cuál será el final de cada uno de los personajes de esta historia. Pues Alexander, Frederica, Stephanie & co. muy bien podrían haber protagonizado una de esas novelas de ambiente académico de David Lodge o, por qué no, de Zadie Smith, en las que el héroe fracasa una y otra vez para deleite de todos, que sabemos que acabará triunfando de una manera insospechada para él.

Por desgracia para ellos, les ha tocado protagonizar, en cambio, la novela de Byatt que, ante todo, se resiente de su exagerada extensión, un exceso de pretensiones y una falta de humor sorprendente para ser inglesa. Así que... pasemos a otra cosa.




lunes, 9 de febrero de 2009

LO QUE ARRAIGA EN EL HUESO (ROBERTSON DAVIES)

"¿Qué se va a vender? ¿Una gran obra del pasado? ¿Se deseaba por sí misma una obra verdaderamente hermosa o por el valor adquirido que le daba el paso de cuatro siglos?"
Lo que arraiga en el hueso
Robertson Davies

Hablábamos por aquí la semana pasada de la gastada y bizantina querella entre antiguos y modernos, con la que, por cierto, inicia W. H. Auden su magnífico ensayo "Los griegos y nosotros", incluido en Prólogos y epílogos (Península 2003), que ningún estudiante de Humanidades ni tecnócrata fariseo debería perderse. Hablábamos de la querella entre antiguos y modernos, digo, y casualmente dicha querella ocupa no pocas páginas de la recién publicada Lo que arraiga en el hueso de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 2009), segunda entrega de la Trilogía de Cornish. La oposición antiguo frente a moderno, clásico frente a contemporáneo, no se aplica aquí, sin embargo, a la letra escrita, sino a la pintura. Y el enfrentamiento no se produce en el ámbito público y académico -al menos, no hasta muy avanzada la novela- sino en el espíritu del talentoso Francis Cornish, que, atormentado por su incapacidad de expresarse en el lenguaje y estilo de su tiempo, las vanguardias del siglo XX, se ve "relegado" a la condición de artesano; eso sí, todo un maestro -y hasta aquí puedo leer...-.

Pero me temo que, para variar, he corrido demasiado. Los lectores de la magnífica y divertidísima Ángeles rebeldes habrán reconocido ya el nombre del protagonista, Francis Cornish, filántropo canadiense recién fallecido al comienzo de la trilogía. Si entonces los tres albaceas luchaban por hacerse con un manuscrito inédito del genial Rabelais, ahora la trama se sitúa unos meses después. El bueno del padre Darcourt ha estado investigando con la intención de escribir la biografía de su amigo Cornish pero nada es lo que ha averiguado sobre su infancia y formación. Y ello supone un grave problema, no sólo por el afán de exhaustividad del bonachón profesor de griego, sino porque, como se insiste a lo largo de toda la novela, "lo que arraiga en el hueso no se desprende de la carne". Y la infancia de Frank Cornish en el remoto pueblo canadiense de Blairlogie (Ontario, Canadá) fue de todo menos convencional. Descuidado por sus padres, fue criado por sus benevolentes abuelos, enviado a las más brutales escuelas rurales, formado por mandato de su padre en el protestantismo pero reconvertido al catolicismo más ferviente por su beata tía abuela Mary Ben, mimado por la cocinera, iniciado en el dibujo por obra y gracia de un embalsamador e impresionado y conmovido por una figura omnipresente, la del "Loco", una figura estrechamente emparentada con el Paul Dempster de la Trilogía de Deptford.

Por cierto que no es este el único vínculo entre Lo que arraiga... y la mentada trilogía. No me refiero aquí al pequeño "cameo" de un viejo conocido, sino a algo más profundo y abstracto, a algo que podríamos llamar el tono. Es cierto que como en Ángeles rebeldes son innumerables los ingredientes eruditos combinados y ensamblados con pasmosa naturalidad en la trama pero es que además la historia y todos y cada uno de sus actores -desde el propio Cornish hasta el último figurante- parecen tener vida propia más allá del negro sobre blanco. Tienen alma. Y ello no es tarea fácil en una novela cuyos narradores son un daimon y el ángel de la biografía, Zadkiel el menor, y que dedica no poco espacio a disputas teológicas, a técnicas de restauración y a tratar, por volver al comienzo, de la frágil frontera entre el arte y la artesanía por un lado y el engaño por otro, de las veleidades de las modas y la crítica, la honraded y falsedad de los artistas y el farisaísmo de los políticos; en una novela que a primera vista podría parecer intelectual. Todo ello lo riega Robertson Davies con abundante ironía -ironía sin más e ironía dramática- para obtener como resultado una novela clásica en su construcción y brillante en su ejecución, todo un Clásico; otro más que añadir en el haber de Robertson Davies.
Así que ya saben... lean, lean.


sábado, 31 de enero de 2009

A PROPÓSITO DE LECTURAS DE MÍ MISMO DEL MAESTRO ROTH

Hoy he escrito para refutar una vez más la tan bárbara generalización de que muy poco o incluso ¡nada! de lo escrito a partir de 1900 merece ser leído, que en los últimos meses he escuchado en distintos y sorprendentes lugares. He escrito a propósito de la reciente muerte de Updike, de las anteriores de Bellow y Vonnegut y del genio que con ellos se va perdiendo. Lo he hecho porque frente a los que afirman la vacuidad del siglo XX en lo que a las Letras se refiere, es mucho lo que podría decir de las incontables horas que en la última década he dedicado a leer a Baroja, Borges, Chesterton, Kipling, Céline, Stefan Zweig, Thomas Mann, Virginia Woolf, Evelyn Waugh, Nancy Mitford, Henry James, Glenway Wescott, Scott Fitgerald, Mary McCarthy, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Truman Capote, Robertson Davies, J. D. Salinger, Saul Bellow, Philip Roth, Kurt Vonnegut, John Updike, DonDeLillo, Richard Ford o, por qué no, Crowley, Chabon, Lethem, McEwan o Ishiguro, entre otros. He escrito que ese tiempo no ha sido vacuo, ni banal, ni vulgar, ni aburrido, sino al revés... y he añadido una nómina extensísima de adjetivos del espectro contrario. Pero luego he releído lo que he escrito y me ha parecido obvio y pretencioso. Y he considerado más oportuno darle la palabra al Señor Roth, para que lo diga tan bien y tan claro como él sabe hacerlo y, de hecho, lo hace en sus Lecturas de mí mismo, que Vds. no deberían perderse. Así que... que hable el Maestro:

“Mire, el arte también es vida. La soledad es vida, la meditación es vida, el fingimiento es vida, la suposición es vida, la contemplación es vida, el lenguaje es vida. ¿Hay menos vida en dar vueltas a las frases que en fabricar automóviles? ¿Hay menos vida en leer Al faro que en ordeñar una vaca o lanzar una granada de mano? El aislamiento de una vocación literaria, el aislamiento que supone mucho más que sentarse a solas en una habitación durante la mayor parte de tu existencia consciente, tiene tanto que ver con la vida como la acumulación de sensaciones, o de empresas multinacionales ahí fuera, en el enorme tumulto. Me parece que en gran medida gracias al arte tengo una posibilidad de ir por lo menos al meollo de mi propia vida.”

Lecturas de mí mismo

Philip Roth


domingo, 18 de enero de 2009

EL SITIO DE KRISHNAPUR (J. G. FARRELL)

“Me acuerdo que una tarde en que hacía demasiado calor para trabajar en serio, uno de nuestros jefes, el Dr. Klee, nos dijo que había una lengua hablada en la India muy semejante al griego y al latín, al germánico y al ruso. Creímos que era una broma, justificada por el calor, pero cuando vimos cómo se alineaban sobre el encerado negro las formas paralelas de nombres de número, de pronombres y verbos sánscritos, griegos y latinos, nos sentimos en presencia de hechos ante los que nos debíamos inclinar. Todas nuestras ideas sobre Adán, Eva y el Paraíso, sobre la torre de Babel, sobre Sem, Cam y Jafet bailaban en torno a nosotros un baile alocado, en el que participaban Homero, Virgilio y el viejo Eneas. Nuestra tarea fue recoger los fragmentos, construir un nuevo mundo, rehacer sobre nuevas bases la historia de la Humanidad.”

M. Müller, apud J. Mansion, Esquisse d’une Histoire de la Langue Sanscrite, Paris, 1931
Hace ya unos cuantos meses que leí el Esbozo de una historia de la lengua sánscrita de Joseph Mansion (1931) más arriba citado para preparar una de las asignaturas que imparto de manera eventual, el Indio Antiguo. Por cierto que no sé cuánto tiempo más se enseñará esta asignatura en la Universidad de Oviedo -y esto, me temo, vale también para el latín y el griego- vistos los planes del Principado de Asturias y, lo que es peor, de la propia Universidad y su Vicerrectorado de Nuevas Titulaciones para los estudios que no suman más de 25 alumnos por curso -una vez más, ¡“benditos” sean el EEES y el Plan de Bolonia!-. Destaca del interesantísimo tratado de Mansion el tono colonialista que desprenden muchas de sus páginas, plagadas de anécdotas de porteadores indios y expedicionarios ingleses y de colonos que alivian los rigores de la estación seca aventurando innovadoras -y acertadas- teorías sobre el parentesco entre las lenguas clásicas y el sánscrito.

Es en ese mismo ambiente de romántico y elegante, a la par que déspota, voraz y condescendiente colonialismo inglés en el que se ambienta El sitio de Krishnapur de J. G. Farrell (1973), señalada por la crítica como una de las cinco mejores novelas galardonadas con el Booker. Más en concreto, El sitio de Krishnapur se desarrolla en 1856 durante la rebelión de los así llamados cipayos, soldados indígenas del ejército británico. Dicha rebelión estuvo motivada por los reiterados abusos de los británicos para con sus tradiciones religiosas y de casta, las labores de conversión de los misioneros cristianos y la obligación de participar en guerras ajenas a la India. El detonante final, sin embargo, fue la distribución por parte de la Compañía de las Indias Orientales de los nuevos fusiles Enfield. La carga de dichos fusiles obligaba a los cipayos a morder cartuchos engrasados, según se rumoreaba, con grasa de cerdo y vaca. Desde nuestro punto de vista podría parecer una reacción exagerada pero el hinduísmo reposa en la integración en lo religioso de todos los actos de la vida. El contacto de un europeo con una bolsa de arroz, por ejemplo, obligaba al porteador a deshacerse de dicho fardo, ya impuro.


He hablado hasta ahora de cipayos e hindúes, aunque los protagonistas absolutos de la novela de Farrell son los ingleses, que se ven obligados a refugiarse en la Residencia de Krishnapur ante el asedio cipayo. Y entre los ingleses, dos figuras son caracterizadas con especial maestría por Farrell: Mr. Hopkins, el Recaudador, entusiasta del progreso científico y la civilización, y Fleury, joven poeta, romántico y decadente. Ellos son los verdaderos protagonistas de una novela coral donde brillan con luz propia numerosos secundarios como el Padre, empeñado en entender las penalidades del asedio como un castigo divino y, en consecuencia, como prueba de la existencia de Dios; el Dr. Dunstaple, que ha iniciado una campaña contra los novedosos -y hoy sabemos que acertados- métodos del Dr. McNab; sus hijos Harry, oficial aventurero y Louis, bella y recatada; Lucy, que una vez perdida su honra busca un motivo para seguir viviendo; el Magistrado, ateo, cínico y entusiasta de la Frenología y del poder absoluto de la Razón; Hari, el hijo del maharajá, convencido de la superioridad inglesa y algunos más.

Los cipayos, en cambio, no son más que una masa informe -por lo indefinido; no me malinterpreten- y amenazante situada a las puertas de Krishnapur y la excusa narrativa de la que Farrell se sirve para llevar a extremos inconcebibles y un punto de no retorno -o casi- a ese grupo de frívolos, condescendientes, hipócritas y vanidosos, a los que, con todo, no deja de tratar con cariño.

Decía más arriba que El sitio de Krishnapur de Farrell ha sido considerada como uno de los mejores Booker de todos los tiempos y no es de extrañar, no sólo por su innegable calidad, sino porque si algo se puede decir de ella es que, se mire por donde se mire, es a todas luces inglesa. Que ¿cuáles son las cualidades que definen lo que podría llamarse “el estilo inglés”? La elegancia, la fina ironía, el ingenio... y un punto de distancia y frialdad.

sábado, 3 de enero de 2009

LA CENA DE LOS NOTABLES (CONSTANTINO BÉRTOLO)

“El tribuno que no existe, mientras llega al ágora, piensa que con estas condiciones objetivas poco espacio parece quedar para el criterio y las libertades individuales del crítico. Poco, muy poco, pero sin duda el suficiente para que unos pierdan su dignidad y otros la defiendan y mantengan. Y nos recuerda que frente al pesimismo de la razón permanece el non serviam de la voluntad. Se trata de organizarla.”

La cena de los notables

Constantino Bértolo

Pónganse a cubierto, porque vuelan los cuchillos por encima de los manteles del mundillo literario. El primer Qué Leer del 2009 se abre con un artículo de Javier Marías en el que este se explaya sobre los riesgos y represalias que han de arrostrar los escritores a cuenta de aquello que escriben. No da nombres pero no son necesarios. El Babelia de hoy sábado 3 de enero contiene una breve nota de Jordi Gracia dedicada conjuntamente a Una Venus mutilada. La crítica literaria en la España actual de Germán Gullón, que pone de vuelta y media, y a La cena de los notables de Constantino Bértolo, que recomienda tan sólo por comparación con la anterior. “Ya que el ensayo de Gullón es tan malo... habrá que leer el de Bértolo”, se desprende de su crítica. El propio Bértolo no se queda atrás en la referida La cena de los notables, concretamente en el capítulo titulado “La muerte del crítico”, en el que da cuenta del “despido” sufrido en 2004 de parte del Babelia y El País por su amigo Ignacio Echevarría, como consecuencia de la dura crítica que este había hecho de una novela de Atxaga, publicada por Alfaguara -del mismo grupo que El País-.

Pero hemos empezado por el final y La cena de los notables es en realidad un conjunto de interesantes -aunque muchas no las comparta- reflexiones sobre la escritura y, sobre todo, la lectura y la crítica, tres vertientes de un acto, el literario, vertebrado en torno a la noción de responsabilidad. ¿De quién? La responsabilidad de quien escribe, con el tácito acuerdo de la comunidad, sirviéndose de ese patrimonio común que es la lengua de todos; la responsabilidad de quien lee, que ofrece su silencio y su atención a quien escribe; y, por último, la responsabilidad del crítico, convertido ya hoy en publicista, pero que sería en origen el encargado de velar por lo adecuado o beneficioso para la comunidad -no necesariamente desde un punto de vista moral- de la edición de un texto determinado.

Bértolo traza lo que llama una geología de la lectura, en la que cabe hablar de 1. lo textual; 2. lo autobiográfico; 3. lo metaliterario; 4. lo ideológico. En la lectura ideal, cuya posibilidad él mismo se cuestiona, estos cuatro componentes se combinarán con la intensidad adecuada y se evitarán lecturas sesgadas, parciales y, sobre todo, inmaduras, como las que resultan de un exceso de proyección del yo sobre lo leído -la lectura adolescente-.

Digamos para empezar que soy más que escéptica cuando de aplicar tan cartesianas plantillas al arte se trata, pues, mal que nos pese, el arte sí tiene algo de inefable. Por más que racionalicemos e inventariemos los logros artísticos de una obra, si esta de verdad conmueve e impresiona, suele ser en virtud de algo que está más allá de la razón y apela a lo visceral y primario, como el otro día discutíamos por aquí unos cuantos amigos y yo a propósito de En lugar seguro de Stegner -de la que, por cierto, dice Fresán en su reseña para el Qué leer que no sabe muy bien qué decir sin degradar su grandeza-. ¿Por qué digo esto? Porque no veo modo de que el lector calcule la intensidad o atención que debe prestar a cada componente.

Y creo, para seguir, que Bértolo se excede en sus críticas para con la llamada lectura adolescente. Por supuesto que la identificación con lo leído no lo es todo en el disfrute de la obra literaria, pero es muchísimo; casi todo, de hecho. ¿No hemos oído hasta la saciedad que el poder de los clásicos se halla en su vocación de universalidad? ¿Que el bueno de Edipo produce tanta empatía en el lector o espectador de hoy en día como lo debió hacer en el del siglo V a. C? ¿Y qué es la empatía sino una forma de identificación? ¿Por qué renunciar a uno de los mayores placeres que la literatura puede proporcionar?

Tampoco considero mucho más útil que su geología de la lectura la conclusión a la que llega respecto al tan traído y llevado pacto de ficción. Por supuesto que el pacto de ficción no consiste en la suspensión absoluta del juicio -¿alguien lo ha definido así alguna vez?-. Se trata de leer, no de dormir, por favor. Pero tampoco creo que, como él señala, se trate de recordar que lo que se lee es ficción. No sé... ¿por qué romper el hechizo? Más bien se trata, según creo, de que por el mismo hecho de estar contenida entre las páginas de un libro que se nos presenta como novela, damos por buena, por ejemplo, la contagiosa ceguera blanca de Saramago, aunque fuera de las tapas del Ensayo sobre la ceguera la sepamos -¡y esperemos que así sea!- imposible desde el punto de vista biológico. Como el mismo Bértolo señala posteriormente, se trata de adaptar el juicio al contexto literario en que debe actuar. Eso sí.

Y ya que hablamos de ejemplos, tampoco creo que la génesis de la narración se halle en la necesidad de ejemplificar lo que se quiere dar a conocer. La narración, la buena al menos, parte de lo concreto. Así lo defendieron, entre otros, C. S. Lewis y el recientemente fallecido Harold Pinter, por más que luego sus obras se prestaran fácilmente a interpretaciones simbólicas. La postura de Bértolo supone que los autores parten de abstracciones que intentan actualizar posteriormente. En mi opinión, en cambio, de tal génesis lo que surgen son pesadas alegorías de azucarada moralina. Y el ejemplo que a Bértolo se le ocurre no es otro que Don Juan Manuel y su colección de exempla, El Conde Lucanor. Representativo, ¿no?

He utilizado más arriba la expresión “un libro que se nos presenta como novela”. ¿Qué es lo que convierte en novela a un texto? Según creía yo hasta ahora, la adecuación a unos moldes concretos, a unos criterios preestablecidos y consolidados por la tradición previa. Para Bértolo, en cambio, un texto no se convierte en novela hasta que su autor no firma un contrato editorial para su publicación. Aquí mismo pueden leerlo:

“¿Qué ha pasado a partir de este momento? Pues que Fulanito de Tal se ha convertido -y no por un acto de magia- en productor de novelas, mientras que Fulanito de Cual permanece como simple productor de textos.”

Podría decirse quizás que por el hecho de que el texto de Fulanito de Tal va a ser publicado y leído por otros dicho texto puede considerarse literario -siempre que haya nacido con voluntad estética, claro-, puesto que el lector es un actor imprescindible del acto literario, pero el texto era novela tanto antes como después de la firma con la editorial. Y la novela, por cierto, sigue siendo un texto, a saber, una producción lingüística fijada.

Y ya para terminar, diré que así como Bértolo se ha esforzado en describir al lector ideal y ha dicho que su responsabilidad consiste en prestar su silencio e interés a lo que el autor le ofrece, en mi opinión la responsabilidad última del lector es la de ser crítico con lo que lee. El buen lector ha de ser también crítico. De hecho, no creo que la figura del crítico hubiera debido comparecer en pie de igualdad con la del autor y el lector en este ensayo. ¿Qué diferencia a los críticos de muchos otros lectores anónimos, tan preparados como ellos -a veces mejor- para juzgar un texto? Tan sólo el megáfono que los medios les conceden. Y la blogosfera está en condiciones de alterar tal estado de cosas, no del todo, pero sí en parte. De hecho, no descubro nada nuevo al decir que ya hay muchos lectores que para informarse sobre posibles lecturas recurren a “esta región ocultamente furibunda” -y me refiero, por supuesto, a blogs y foros culturales en general- antes que a los suplementos y revistas literarias al uso. Por más que le pese a Javier Marías.